Conmovida por el trabajo de las artesanas de Santiago del Estero, Carolina Pavetto creó Mantara, una empresa de alfombras naturales que hoy tiene dimensión.
Hace unos años, Carolina Pavetto, rosarina, viajó a Santiago del Estero. Le bastó con conocer las condiciones en que las artesanas trabajaban y vivían para involucrarse. Creó una empresa que ya lleva más de 25.000 metros cuadrados de alfombra tejidos bajo los conceptos de la economía circular y el comercio justo. Y, además, dona el 5 por ciento de sus ganancias en horas pro bono compartiendo las técnicas con quienes más las necesitan.
Como integrante fundadora de Mantara, Pavetto está muy atenta a cada parte del proceso, desde la esquila de la oveja hasta la promoción y la venta, pero sobre todo a mejorar las condiciones de cada persona que participa en la empresa. En diálogo con PRESENTE, la emprendedora profundiza en lo que significa dedicar su vida a enaltecer el trabajo de otros.
¿Cómo nació Mantara?
Mantara nació en 2015. Después de estudiar, me casé con 22 años, tuve tres hijos y en un viaje en el 2012 a un campo de Santiago del Estero tuve el primer encuentro con artesanas de esa provincia. Esa artesanía me llamó la atención. Mi papá coleccionaba artesanías, entre otras cosas. De Santiago me conmovió muchísimo la forma de vida, el clima y las mujeres trabajando en esas condiciones adversas. Entonces empecé a construir ese deseo de ayudar comprando. Las artesanas trabajaban en forma individual. Si vos vas por la ruta 34 o por la ruta 9 hasta Jujuy, ves los telares colgados en la orilla de la ruta. Ellas ofrecen lo que hacen en su casa. Con esos artesanos ya no trabajo. Hoy hay una empresa donde las artesanas que forman parte tienen su sueldo. También hay gente que trabaja en forma indirecta porque quiere, haciendo piezas cada tanto, entonces se respeta.
¿Cómo surgió entonces la idea de armar una empresa?
Nunca en mi cabeza hubo en esa primera visita un emprendimiento. Sentí que algo me generó a nivel corazón. Yo venía de la muerte de un hermano en 2006. En esas introspecciones uno sale de sus lugares de comodidad y empieza a ver otras cosas que a lo mejor antes tenía al lado y no veía. Empecé a comprar piezas y a pensar cómo podía ayudar de otra forma, porque ya había acumulado cantidad de piezas pequeñas que hacían o yo encargaba de determinado color y las ponía en casa en alguna habitación. Comencé a venderlas y a ver cómo hacer para que estas piezas realmente fueran valoradas como arte. Entonces, me puse a estudiar Diplomatura en Políticas Culturales Públicas, Arte Textil, todo on-line. Empecé a meterme en el universo del textil, no solo de la Argentina, sino del mundo. Cada vez me atrapaba más, y les propuse otros colores que veía que el mercado pedía. Salían piezas con otra impronta, de corrientes más contemporáneas, para ofrecerlas en lugares de diseño. Algunas piezas las conservaba. El producto comenzaba a hacer ruido porque generaba ventas, y volvía a hacer otras piezas. Hasta que me pregunté cómo podía mostrar esas piezas con las artesanas en un museo. Todas cosas locas, porque Mantara recién tenía meses. La primera propuesta se la hice al director del museo de la ciudad donde vivo, que es Gálvez, provincia de Santa Fe. Me contestó que no. Yo le respondí “Pero no me estás entendiendo”. A la semana, la directora del Museo de Arte Decorativo de Rosario me convocó. Y en agosto de 2015 me invitó a hacer una muestra de arte textil. Yo le dije que sí, pero le pedí una condición: que estuvieran parte de las artesanas y que se hiciera un taller de hilado y telar, que se llevó a cabo. La muestra duró dos o tres meses, y hubo tres artesanas presentes. Una ya no está, Berna. Fue muy conmovedora esa muestra, y abrió las puertas a todo. Hubo un antes y un después en Mantara.
¿El grupo de artesanas fue creciendo con el tiempo?
Sí, yo fui visitando otras provincias: hoy trabajo con artesanos de Salta, de Jujuy, de Catamarca, de La Rioja. Se fue agrandando. Cada provincia tiene una forma distinta de trabajar el textil. Si bien podríamos decir que la técnica es la misma, los paisajes son distintos, entonces ellos le colocan la impronta del lugar. El color es muy importante. Lo que cada provincia ve también lo refleja en el tejido, tanto la flora como la fauna. Una problemática muy fuerte era la falta de materia prima, la lana de oveja. Entonces, en pandemia me contacté con productores ovinos de mi zona. A la mayoría les compro la lana para donársela a las artesanas. Generalmente la lana se suele vender, no donar. Nosotros donamos 25.000 kilos de lana anuales. Y también se fueron uniendo los transportistas que iban con los camiones vacíos al norte y volvían con los camiones llenos. Ahora van con los camiones con lana y vuelven con el producto final.
“Trabajamos con alrededor de 120 artesanas de Salta, de Jujuy, de Catamarca, de La Rioja, y cada provincia tiene una forma distinta de trabajar el textil”
Eso también lo gestionaste vos.
Todo, sí, metiéndome en los campos, presentándome. Lo mismo que hice con las artesanas lo hice con los productores. Lo único que los productores no trabajan solo con nosotros. Sí quizás los esquiladores. En cada proceso, siempre buscamos gente que esté certificada. Los esquiladores que trabajan para Mantara son todos certificados. La esquila se llama Tally-Hi, donde el esquilador toma posturas para cuidar al animal. Hay que ser muy cuidadoso con cada proceso de un tejido, comenzando por la lana, la oveja, uno tiene que cuidar que el esquilador esté certificado y que el productor también trabaje con cierta certificación. Uno va mejorando cada vez, y eso también influye en la certificación B. Y los transportistas también, deben estar inscriptos.
¿Cómo se compone el equipo de Mantara en Santa Fe?
El departamento San Jerónimo es donde están los productores ovinos, los esquiladores, mis fotógrafos y mis tres hijos, que participan en todo. Es una empresa familiar: he podido delegar, porque antes yo iba religiosamente a cada esquila. También está mi asistente y una persona que hace los audiovisuales, permanentes. Y después las redes y la web son manejadas por gente de Buenos Aires.
¿Cómo son los productos?
Hay piezas a medida. Hay gente que las utiliza como alfombras o las cuelga. Se venden por pieza por el tiempo que demandan. En realidad, uno atrae al cliente por esa obra de arte que se exhibió tanto en museos de Londres, Nueva York, París, Milán este año. Eso es lo que para mí conquista la vista. Y después el cliente te puede comprar una pieza de esas, pero cuando va a una alfombra va a una pieza más minimalista. Las alfombras son gigantescas. Hay piezas enormes de 8 x 8 metros.
¿Siempre se usa lana de oveja?
Algunas piezas, por ejemplo, los ponchos, que son salteños, pueden ser ponchos de llama. O las mantas. Pero el 90 por ciento de las piezas son de lana de oveja.
¿Los tintes son naturales?
Sí, en su mayoría. Los verdes vienen de la yerba, del ancoche, que es un elemento del monte santiagueño. Los color arena, los marrones, los rosados, todo eso son plantas del monte.

¿Trabajan además con fundaciones?
Sí, todas las alfombras van en bolsas de desechos textiles de la construcción en seco realizadas por fundaciones. El proyecto se llama Retazos Salta y trabaja con la Fundación de Equinoterapia del Azul, donde hay personas con discapacidad que cortan los desechos, y Los Hilos de Juanita, que emplea a mujeres víctimas de violencia de género.
¿Cómo fue el proceso de certificación como empresa B?
La certificación como empresa B me empezó a llamar la atención en 2020, en pandemia. Teníamos todo para hacerlo, entonces contraté una consultora, Impacto 35. La consultoría es bastante costosa y te lleva un año. Tenés que dar tu “fino”, llenar muchas planillas, abrir todos tus números al sistema B: tu casa, los talleres, los empleados que trabajan, cómo trabajan, todo tiene que ser no solo fotografiado, sino filmado. Debo mostrar videos donde estoy utilizando tintes naturales, cómo queda el producto. Es muy engorroso. Por ejemplo, contábamos que se juntaba el agua de lluvia: había que ir los días de lluvia y mostrar que se la colocaba en el aljibe, también los paneles solares que se utilizaban, los camiones cargando la lana. Por eso hay registro de todo. Cuanto más sustentable sos, más puntaje obtenés y más es el impacto. El mayor puntaje que construimos fue la parte social, donde demostrás que realmente estás dando oportunidades a mujeres en situación de vulnerabilidad. Es una familia Mantara. Las artesanas son de localidades rurales. Lo que pasa es que hay un Estado ausente en esas provincias y yo no puedo ser ajena a esa realidad. Estamos hablando de 120 artesanas, y más con un promedio de entre once y siete hijos cada familia. Algunas localidades no tienen agua. Y las distancias… Por eso digo: la caridad empieza por casa. A la vuelta de la esquina seguramente tenés a alguien que necesita de tu ayuda. Tampoco me gusta la palabra “ayuda”, pero colaborar sí, porque colaborar para engrandecer la vida de otras personas engrandece tu vida. Cuando das valor a lo que otra persona sabe hacer y la podés ayudar a que lo haga mejor, eso vuelve. No hay forma de que no vuelva. En mi cabeza están todo el tiempo y a cada minuto el esquilador, el puestero, el camionero. Hay muchas realidades de gente en situación vulnerable. Entonces vas ayudando, generando ingresos y eso vuelve. No por nada este año tuvimos la posibilidad de exponer en Milán y Nueva York. Son cosas que aparecen y no solo porque estamos presentando un producto de alta calidad y haciendo las cosas bien en todo el proceso productivo, sino porque se está pensando en el otro.
“No voy a parar hasta que la comunidad tenga agua. Sé que en algún momento se va a dar eso. Estoy tocando puertas”
¿Cuál es la historia que más te marcó?
La artesana que más me marcó ya no está y es Bernardina de Jesús Paz Silva. Yo me sentaba a charlar con ella en su cuarto. Es muy difícil que una artesana te abra su cuarto. Murió con 89 años, en el 2020. Cuando algo no sale en el equipo todas nos encomendamos a Berna y le entregamos la situación. Ella era de Santiago del Estero. Hoy yo trabajo con los hijos y con los nietos, y hay una colección que lleva su nombre. La segunda vez que fui a Nueva York la homenajeé en el Consulado con una pieza que ella había hecho cuando tenía quince años. Se la compré a sus nietos. Esa pieza no se vende. La coloqué en la vidriera del Consulado, a metros de la Quinta Avenida, y le recé a su foto. Ella tenía once hijos, doce en realidad, porque crio a un nieto que ella llamaba hijo. A Berna la sentía como mi abuela, que había fallecido en el 2006, en el mismo año en el que falleció mi hermano. La muerte de Berna para mí fue muy dura. Siento que nos acompaña siempre y no voy a parar hasta que la comunidad tenga agua. Sé que en algún momento se va a dar eso. Estoy tocando puertas.
Mencionaste Milán, Nueva York. ¿En qué momento la marca adquirió dimensión internacional?
La primera muestra fue en 2015, en 2016 hubo colaboraciones con diseñadores importantes como [Cristián] Mohaded, que hoy hizo una colección para Louis Vuitton. Todos los años se hacía algo. Eso fue generando. Vos pensá que estoy a 500 kilómetros de Buenos Aires y en una localidad de 22.000 habitantes. La pandemia la aproveché a full. Estudié todo lo que había que estudiar. Hice todo lo que había para hacer. Armé alianzas con la competencia para la compra de materia prima. Y ahí empecé a mostrar en redes todo lo que yo ya había hecho en museos. Mantara comenzó a ser muy visible, a estar al nivel de la competencia de Buenos Aires. Invertí en certificar B, así que en 2022 me postulé en la Agencia Argentina de Inversiones y en Comercio Internacional. Fui al London Design Festival, una curaduría me seleccionó, expusimos en la residencia del embajador en Londres. Eso fue también un antes y un después. Ya teníamos la chapa de haber expuesto en Londres y en el Museo de Arte Decorativo, de haber hecho Casa FOA y trabajado con diseñadores importantes. Al año siguiente nos pusieron el Sello de Buen Diseño, entonces queríamos más. Nos postulamos a Nueva York en el Consulado. Yo siempre invertí mucho en fotografía. Tenemos un fotógrafo que nos acompaña siempre, Juan Colombo. Y después nos fuimos haciendo más visibles y teníamos que tener más espalda. Y cuando certificamos B, más espalda todavía. Nosotros este año recertificamos B, entonces el cónsul de Milán nos propuso exponer. Obvio que sí, todo para adelante. Y después si llegás y ves que la situación se complica, empezás a golpear puertas a ver si te pueden dar una mano. Siempre alguien alguna mano te da, pero las manos son mínimas. Para los viajes al exterior tenés que hablar de un número interesante. Siempre aparece algo. Por eso, si podés viajar, hacelo: no te va a generar las ventas en el momento, pero esa muestra que vos hagas en Nueva York hoy hará que a lo mejor el día de mañana te compre una persona importante. Empezás a aparecer en notas. Hice una alfombra para Pampita. Fui a su casa con mi hijo y me invitó a tomar el té. Y atrás de ella vino Juana Viale, y le hicimos dos alfombras. Después Alan Faena me llamó el día de mi cumpleaños y le vendimos cantidad de alfombras. Hace poco llegaron las últimas alfombras que le vendí.
¿Qué proyectos tenés para este año?
Siempre abrir nuevos mercados. En mi cabeza está el agua para las artesanas, que es prioridad absoluta. Hubo ofertas de ciertas cosas, algunas dije que no, porque no puedo con todo. Hasta que no se abran las postulaciones de la Agencia Argentina de Inversiones y que vea… No sé qué vendrá ahora.










