El empresario de origen coreano Dante Choi se crio en un hogar humilde y fundó la empresa Goldmund S.A., una de las líderes en el rubro de electrodomésticos. También ayuda a la comunidad de Hurlingham y promueve iniciativas culturales y artísticas.

La historia de Do Sen Choi es digna de una novela o una película. Nació en Seúl, Corea del Sur, y llegó a la Argentina a sus 12 años con su familia en busca de una vida mejor. Pasó su adolescencia en Fuerte Apache como inmigrante ilegal, y ya de adulto, rebautizado con el nombre Dante, se convirtió en un empresario exitoso en los rubros de climatización, heladeras y electrodomésticos al frente de su empresa Goldmund S.A., que fabrica casi medio millón de unidades por año. Tiene una planta de 15.000 metros cuadrados en Hurlingham con 200 empleados a la que sumará este año otra de 18.000 metros cuadrados en Ezeiza para 150 operarios más. También, un pequeño edificio propio de oficinas en Palermo, donde recibió a PRESENTE acompañado por su Responsable de Recursos Humanos, Jimena Rozan, quien aportó la información específica sobre RSE. La entrevista coincidió con la novedad de que uno de sus productos, el “eTermo” de Peabody –su marca insignia–, fue galardonado con el prestigioso premio internacional Red Dot, que se otorga cada año en la ciudad de Essen, Alemania. Un triunfo a la industria y al talento argentino, pero sobre todo a un emprendedor visionario y resiliente.

 

Es fácil imaginarse cómo se siente con esta distinción que acaban de ganar…

Aclaro que son dos premios, porque el eTermo fue el ganador en dos rubros: Electrodomésticos e Innovación. Por supuesto, estamos muy orgullosos porque es un logro de un diseño y una empresa cien por ciento argentinos, y lo mejor es que ganamos con un producto concebido especialmente para nuestro mercado que incluye todo el ritual del mate, porque reúne las funciones de una pava eléctrica y un termo, y a su vez trae incorporados una bombilla y un mate: todo en uno. De hecho, así fue como lo presentamos: como algo que nos identifica culturalmente a los argentinos. A partir de ahora, asumimos el compromiso de que todos nuestros productos tienen que mantener la vara bien alta: deben calificar como para estar en las mejores tiendas de electrodomésticos del mundo, como el Harrods de Londres, pero al mismo tiempo tienen que responder a las necesidades específicas de nuestro país y estar al alcance del bolsillo de nuestra gente. El eTermo cumple con todo eso.

¿Cómo se crea un electrodoméstico con todos estos atributos?

Yo fundé Goldmund a mis 38 años, y si entonces me hubiesen preguntado qué es un buen producto, habría contestado que es un medio para obtener un beneficio económico. Pero más tarde comprendí que lo que vendo debe tener un valor agregado para el usuario, porque un electrodoméstico vale por la experiencia de uso que aporta. Quiero decir que alguien compra una cafetera y lo hace imaginando los desayunos que va a compartir con la familia, o una batidora pensando en las tortas que va a preparar con ella. Como dice Warren Buffett: el precio es lo que se paga y el valor es lo que se recibe. También entendí que un producto debe expresar la identidad colectiva de la empresa que lo produce y de la sociedad en la que está enraizado.

Hagamos un poco de historia: ¿cómo fue su camino hasta llegar a este momento?

En 1977 llegué con mi familia desde Corea del Sur, que entonces era un país sumamente pobre, muy distinto de lo que es ahora. La primera vez que vi la 9 de Julio y el Obelisco me pareció que estábamos en un lugar increíble. A pesar de que vivíamos todos en una sola habitación en Fuerte Apache, mi padre decía que habíamos llegado a la tierra prometida: veía que la gente tiraba el pan del día anterior y no lo podía creer. Argentina era un país con un muy buen estándar de vida y desarrollo cultural, incluso tenía varios ganadores del premio Nobel. Sin embargo, después empezó a decaer al mismo tiempo que Corea del Sur empezó a desarrollarse, como ya sabemos, y hoy tiene incluso grandes empresas globales en nuestro propio rubro, como LG.

¿Cuál fue su primer trabajo?

A los 12 años, en nuestra escala previa antes de llegar a la Argentina, fui mantero en el mercado número 4 en Asunción del Paraguay. No teníamos qué comer y salí a vender ropa sin saber castellano. Me dijeron solamente que cuando me preguntaran cuánto costaba, dijera “Esto cuesta 100, esto 200 y esto 300”. Después, ya instalados en lo que hoy es Fuerte Apache, como teníamos cerca la fábrica de bicicletas Fiorenza, nos dieron para armar las ruedas y colocarles los rayos, que es una tarea muy difícil. Esto lo hacía toda la familia, estábamos horas y horas. No podíamos hacer otra cosa, porque éramos inmigrantes ilegales, y lo fuimos hasta que llegó la democracia.

¿Cuándo se convirtió en un empresario industrial?

Fue después de haber trabajado 15 años en Daewoo, una compañía coreana que cerró a fines de los 90, cuando quebró su casa matriz. Allí empecé como traductor de coreano y llegué a ser Gerente Comercial. Después, en 2004, armé mi propia compañía, Goldmund, y entre otras cosas compré la marca Peabody de heladeras. Mi idea era importar, pero me hice industrial porque en ese entonces me convenía económicamente, básicamente porque desde hace años existe un monopolio de los fletes en el mundo que mantiene los precios a niveles siderales, y por lo tanto importar cuesta una fortuna. Así que el 60 por ciento de los productos los fabricamos nosotros: calefactores eléctricos, ventiladores o pequeños electrodomésticos como planchas, licuadoras y hornos eléctricos. También mandamos a hacer algunos productos al exterior, aunque con nuestros propios diseños y matricerías; y, por supuesto, los motores y componentes electrónicos tenemos que traerlos de China.

¿Es cierto que quebró muchas veces y siempre resurgió? ¿Cómo lo logró?

Sí, es cierto. Me pasó de todo. Me pusieron trabas en la aduana para retirar mercaderías o insumos. Se me inundó una fábrica y tuve que llegar en bote a salvar lo que se podía… No sé cómo resurgí. Simplemente, uno tiene familia y entonces no se puede parar: hay que seguir y seguir sin bajar los brazos.

¿Cómo abordan en Goldmund la responsabilidad social empresarial?

En primer lugar, nos interesa aclarar que en nuestro caso las acciones de RSE no son en absoluto algo para mostrar ni mucho menos una estrategia de marketing, sino que desde un primer momento lo hicimos de un modo absolutamente genuino y, valga la redundancia, responsable. Lo empezamos a aplicar pensando en nuestras obligaciones hacia toda la gente que trabaja con nosotros, y por eso empezó como acciones hacia el interior de la empresa, dirigidas en principio a mejorar la situación del personal y el ambiente de trabajo, y a darles una mejor calidad de vida tanto en el ámbito laboral como afuera, en su vida familiar. En concreto, solemos dar préstamos personales para acompañar situaciones particulares, como alguna emergencia habitacional o de salud, tanto propia como de un familiar, y en algunos casos como ayuda para progresar, ya sea mudarse a una vivienda más grande o tener un auto. También nos ha ocurrido, por ejemplo, que un operario tenga a un miembro de su familia en una situación difícil de salud, y en esos casos permitimos que se tome los días que necesite sin especular con si corresponde pagárselos o no. Todas estas acciones son muy valoradas en nuestra compañía y forman parte de nuestra esencia.

¿Tienen también acciones de RSE hacia afuera de la empresa?

Sí, por supuesto. Entendemos que la RSE tiene que trascender más allá de la fábrica, porque no vivimos en una burbuja, sino en el marco de una sociedad, que en nuestro caso concreto es la comunidad de Hurlingham. Por eso, hemos hecho donaciones de nuestros vitroconvectores [calefactores] a escuelas, o de respiradores artificiales –que nosotros no fabricamos– al Hospital Municipal en medio de la pandemia. También solemos organizar visitas a nuestra planta para estudiantes de Ingeniería y Diseño de la Universidad de Hurlingham, en las que pueden conversar con nuestros profesionales. Otras de nuestras acciones están ligadas a la cultura y el arte: damos apoyo a proyectos artísticos financiándolos a través de los programas oficiales de mecenazgo; por lo general para ayudar a representar obras de teatro o formar una orquesta. Siempre procuramos buscar a artistas que realmente lo necesiten, porque no cuentan con contactos a los cuales acudir. Así fue como colaboramos mucho tiempo con Música para el Alma, una agrupación musical que toca para pacientes internados con cáncer, y además hicimos donaciones a los hospitales donde tocan. También organizamos exposiciones de fotografía y artes plásticas, e incluso lanzamos desde el año pasado el Concurso Internacional de Fotografía de Peabody, al que convocan también nuestras filiales en Uruguay, Paraguay y Bolivia. Nos enviaron trabajos de 46 países, con los que realizamos una exposición que ahora vamos a hacer itinerante. La intención es repetirlo todos los años. Además, vamos a organizar un concurso bianual de diseño industrial, como el que hicimos hace unos años y del cual surgió justamente el eTermo. Otra cosa que solemos hacer son colaboraciones puntuales ante situaciones de emergencia, como lo fue hace poco la donación de una máquina compactadora para una cooperativa de cartoneros en la Villa Itatí, en Quilmes, que perdió la que tenían a causa de un incendio. Nos enteramos porque allí hay una monja coreana, Cecilia Li, con la que tenemos contacto.

¿Y acciones de sustentabilidad o cuidado ambiental?

Es algo que también nos interesa cuidar. Desde hace un tiempo, todas las cajas de nuestros productos son reciclables porque reemplazamos el telgopor de todo nuestro packaging por cartón reciclado, y empezamos hace un tiempo con la separación de residuos en el servicio técnico, pero con la idea de extenderlo a toda la empresa.

En el hall de la empresa hay un gran cuadro con la imagen de un cucharón y aquí en su oficina también está exhibida la misma imagen… ¿qué significa?

Es una suerte de homenaje a mi padre, ya fallecido. Fue la persona que me inspiró y que me inculcó los principios que debería haber aplicado mucho antes, algo que lamentablemente no hice. Él era de Corea del Norte, donde todos trabajaban la tierra porque no existía ninguna industria. Cuando el régimen comunista hizo la reforma agraria, le quitaron todos sus bienes, y cuando estalló la guerra contra Corea del Sur, en 1950, lo reclutaron como soldado; entonces, como él era anticomunista, desertó y se entregó a los estadounidenses, que igual lo tuvieron encerrado dos años en un campo de prisioneros. Allí, un día encontró tirado en el suelo un pedazo de chapa de acero inoxidable y se preguntó qué podía hacer con eso, hasta que se le ocurrió fabricar un cucharón. Cortó la chapa con una tijera, le hizo la matriz con una madera, la golpeó con un martillo para darle la forma cóncava y lijó su superficie con una piedra para que no fuera cortante. Y jamás se separó de él, incluso lo trajo a Argentina. De hecho, todavía lo tenemos y lo usamos. ¿Qué significa ese cucharón para mí? Por un lado, es el símbolo de la esperanza de alguien en una situación límite, a quien varias veces en su vida le habían sacado todo lo que tenía, pero fue capaz de fabricar un cucharón, aunque sabía que no tenía con qué utilizarlo porque en el lugar donde estaba nunca iba a poder cocinar. O sea que era un símbolo de la esperanza de poder salir alguna vez de allí. Por eso lo tengo exhibido en la entrada para que todos lo vean. Hace un tiempo me di cuenta de que es una imagen en la que están contenidos todos los principios que mi padre me inculcó. Yo, como empresario, entiendo que ese cucharón es un producto que reúne una serie de virtudes: es sustentable, sencillo, fácil de fabricar y con una altísima calidad y durabilidad… ¡Lo tenemos hace 70 años! Todos los días lo miro y me pregunto si soy capaz de hacer un producto así, pero creo que todavía no pude lograrlo, y eso me inspira para seguir trabajando.