Hace 15 años, Carlos Díaz, un joven sociólogo, tentado por el desafío intelectual, se aventura al fascinante mundo de la edición de libros. El actual Director Editorial de Siglo XXI, nos habla sobre esta labor que lo ha llevado a editar a grandes autores, entre ellos, a Eduardo Galeano.

En cierta oportunidad, Jorge Luis Borges dijo: “De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono, de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: es una extensión de la memoria y de la imaginación”. Siempre me llamó la atención la imagen de un Borges ciego, rodeado de libros, resguardado por ellos y gozando de su compañía. Lo veo en esas fotografías y el hombre parece sentirlos incluso sin poder leerlos, quizás acariciándolos en el espacio oscuro. Cuando entré en el despacho de Carlos Díaz, el Director Editorial de Siglo XXI, me abordó una sensación similar. Una grata presencia volátil que me circunscribía en un hábitat de confort, en aquella extensión de la memoria y de la imaginación que describía Borges. Todo parecía responder a un sistema virtuoso en el que los lomos de cientos de libros formaban parte de una melodía estilística ejecutada por el editor, el librero, el sociólogo que nos recibía para darnos la entrevista, para entregarse a una charla de más de una hora en la que hablaríamos de su universo, de los 50 años de historia de Siglo XXI Editores en el mundo, de los 15 que lleva en la Argentina.

Pese a haber nacido en el seno de una familia de intelectuales, de ser hijo de un editor de renombre y de haber trabajado desde los 18 años como librero, siempre pensó que ejercería su profesión de sociólogo, pero el destino quiso que abrazara con ganas el oficio. Con solo 25 años, la casa matriz de Siglo XXI en México lo tentó a la aventura y le confió su reapertura en Buenos Aires. Editó a Eduardo Galeano, con quien mantuvo una relación de amistad y cariño, convirtió en hito el libro de matemática de Adrián Paenza y logró generar un catálogo de obras que incluyen las de Beatriz Sarlo, además de proyectar las de muchísimos autores jóvenes. En 2011, la Fundación El Libro le otorgó el premio al Editor del Año, y tres años más tarde, recibió el reconocimiento Estilo Emprendedor en Diseño y Comunicación que otorga la Facultad de Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo. PRESENTE tuvo la oportunidad de conversar con él sobre los gajes de este oficio tan rico.

 ¿Siempre quisiste dedicarte a la edición?

No. Desde los 18 y hasta los 24 años, trabajé en una librería muy sofisticada llamada “Gandhi”. Me fascinaba, era feliz. Gandhi era un sitio con una gran vida cultural: ciclos de cine europeo, música, el under estaba ahí. Estaba lleno de estímulos. Pasaban los intelectuales argentinos y latinoamericanos, incluidos los profesores de mi facultad. Muchos de mis compañeros de trabajo de aquella época hoy son traductores o filósofos. Era como una película, una experiencia increíble. Cuando me recibí de sociólogo, estaba a la espera de que me salieran grandiosos trabajos, pero fácticamente no llegaban nunca. Vivía solo y me resultaba muy difícil mantenerme con la actividad académica. Tengo un padre editor, muy reconocido, que desde hace años trabaja en la Editorial Planeta, por lo cual era un mundo que me era familiar. Pero este tipo de trabajo tiene mucho que ver con el oficio, no es como contar con un padre abogado y estar destinado a trabajar en su estudio. El ser editor implica un aprendizaje, un saber hacer, cierto olfato; y yo no tenía ninguna experiencia, nunca había trabajo en una editorial. Entonces, llegué a Siglo XXI por casualidad. En el año 2000, la gente de Siglo XXI de México quería reabrir en la Argentina, donde había estado presente hasta el golpe de Estado del 76, cuando cerró. Ellos recibieron recomendaciones de dos personas que apuntaban a mí.

¿Y así de fácil se dio la cosa?

Bueno, primero me encargaron un trabajo especial que me llevó seis meses e implicó mucha interacción, una especie de estudio de factibilidad para ver qué podían hacer en la Argentina. Les preparé un estudio con tres alternativas. Yo me inclinaba por la tercera, que era abrir una editorial. Les hice una estimación de los costos de cada una de ellas. Mi trabajo terminaba ahí, les entregué el informe y listo. Pero lo presenté, lo vieron, lo analizaron, me hicieron algunas preguntas, me pidieron que ampliara ciertas cosas y cuando ese proceso terminó me preguntaron si me interesaba hacerme cargo de la editorial.

Y te desmayaste del susto.

[Sonríe] Lo pensé mucho porque sabía que en un punto estaba sacrificando mi carrera académica. Si probaba dos o tres años en el mundo de la edición y fracasaba, me iba a resultar muy difícil reinsertarme en la vida académica, en esa instancia de formación es complicado, el tren pasaría. Pero sopesé la idea, me tentó, despertó curiosidad en mí. Creo que no me equivoqué.

Eras número puesto para fracasar en los negocios.

La verdad es que aquel era un proyecto que estaba condenado al fracaso. Yo tenía 25 años y no contaba con cultura empresarial. Para completar el panorama, cuando inauguramos la editorial, hicimos una fiesta de lanzamiento en el Centro Cultural Borges, justo un día después de que renunciara Chacho Álvarez a la vicepresidencia. Con lo cual era el principio del fin de aquella Argentina que explotó unos meses después… y nosotros estábamos lanzando un proyecto editorial.

¿Cómo armaste el equipo?

Empecé junto a una estudiante avanzada de Historia que tenía solo 23 años y que había trabajado conmigo en Gandhi. Convoqué como Gerente Comercial a un profesor de Historia de 40 años que venía del mundo editorial, imaginate que no tenía el perfil de un tiburón de las ventas, sino más bien culto. Así empezamos. Fuimos tres durante mucho tiempo, después contraté a una persona de prensa y ahí fue creciendo la editorial hasta el día de hoy, que ya somos 21 personas. El promedio de edad era de 30 años, ahora crecimos y lo subimos a 40.

¿Cómo desarrollaron el catálogo de la editorial?

Lo primero que hicimos fue armar nuestra red comercial con los libros que importábamos de México y España, y después ir alimentándola con los de producción argentina. A los doce meses de haber lanzado la editorial, explotó la crisis de diciembre de 2001. Tuvimos que cambiar por completo nuestro perfil, porque no podíamos importar un solo libro.

¿Los autores se acercaban o ustedes tomaban un tema y buscaban un autor para encargarle el trabajo?

En general, por el perfil que tenemos nosotros de autores, es gente que ya está trabajando en algo. La vida social para un editor es fundamental para estar al tanto de la producción de los autores.

¿Los autores suelen ser leales o cuando están descontentos se transforman en mercenarios viles?

Hay casos de mercenarios, que son para mí los autores despreciables. Yo no tengo de esos. Después están los que son fieles. Pero creo que es bueno que los autores elijan estar en la editorial, es lo más sano, que sientan que no hay un lugar mejor a donde irse. Si el tipo considera que estando en tu empresa sus obras no tienen buena edición, distribución o prensa, se va a ir.

¿Allí radica el éxito de una editorial, en la relación con los autores?

En parte, el crecimiento tiene que ver con eso, somos una editorial mediana muy profesional, muy seria, que en términos de competencia le damos pelea a cualquier editorial de las grandes. Yo no creo que ellos hagan un trabajo mejor, salvo con la billetera. Nosotros no entregamos anticipos por derecho de autor, preferimos pagarles por lo que vendimos, no podemos correr esos riesgos. El chiste del anticipo es que los autores se garantizan 10 mil ejemplares en venta cuando ellos piensan que van a vender entre siete y ocho, entonces, si después se venden solo mil, la editorial pierde mucho dinero.

¿Ese trato lo tenés con todos tus autores?

Y todos lo entienden. Lo hablamos abiertamente. Tenemos autores muy importantes en la editorial. En nuestro caso, hay algo también que nos juega a favor, y es el tamaño de Siglo XXI, toda la interlocución es conmigo. Ellos sienten que tiene un porqué todo lo que se está pactando. Un autor debe proyectar su carrera; si es inteligente, no piensa solo en una obra. Saben que en nosotros tienen a un editor que los va a cuidar. Ese es mi trabajo. Para los autores no hay nada mejor que un editor que conozca su obra y con el cual puedan dialogar para tomar buenas decisiones. Es maravilloso contar con alguien que te conozca y que pueda dialogar con vos.

¿Sos como esos profesores de tenis que además de mejorarte el revés te escuchan solícitos cuando les contás que tu mujer te tiene cansado o que tu jefe te presiona en el trabajo?

Algo así, pensá que se entabla una relación humana, de afecto, con gente a la cual querés mucho. Por ejemplo, por decirte alguien, Eduardo Galeano: un tipo al que yo adoraba, al que quise muchísimo. Era genial, uno de los mejores autores que he tenido. Otro es Adrián Paenza, una persona encantadora con la que entablamos una relación fantástica. A pesar de que dejó Siglo XXI (se fue a otra editorial después de trabajar muchos años con nosotros), seguimos teniendo una excelente relación personal, sincera y afectiva.

¿Qué virtudes debería tener un buen editor?

El tipo de editor que me gusta a mí debe conocer los distintos aspectos de la edición de un libro, que no es solamente la obra, su calidad, sino las condiciones comerciales en las que está publicando ese libro, las que le ofrece el autor, el papel en que lo va a hacer, la tapa, el título, la prensa del libro. Un editor es el que se involucra en todo el proceso, el que entiende qué es lo que pasa antes y después, no solamente en el momento de contratarlo y decir “es un gran libro”. La calidad es un tema excluyente pero no único a la hora de decidir las contrataciones de un libro.

¿Cómo les llegan las obras y quiénes las evalúan?

Nos llegan por todos lados, pero las que más valoramos son aquellas que pedimos nosotros a los autores. Para la evaluación tenemos un comité editorial con distintos perfiles, imaginate que nosotros publicamos libros de historia, de sociología, de derecho, de ciencias duras, entonces necesitamos especialistas en distintas aéreas. También contamos con gente que hace informes de lectura. Luego, hay un equipo grande de traductores, correctores, diagramadores, ilustradores y tapistas, entre otros.

¿En ese equipo opinan todos?

Yo confío mucho en el trabajo en equipo. Existe la idea de que un editor es un tipo solitario, un genio iluminado; estoy completamente en contra de esto, para mí un buen editor es uno que sabe armar una red de relaciones y un equipo de trabajo. En este caso yo soy la cara visible de la editorial, pero sin mi equipo me moriría. Es vital para mí. Son grandes compañeros. Una parte importante del grupo son las mujeres, me apoyo mucho en ellas, trabajamos muy bien, con un diálogo permanente. Eso lo ves en el trabajo final, porque son ideas enriquecidas. Es clarísimo.

¿Cómo motivás a ese equipo?

Haciéndolos partícipes del juego, mostrándoles los números, no teniéndolos en un cuartito escondido. Otras editoriales piensan que dar información es peligroso, que se puede filtrar, pero a mí no me importa si un editor le cuenta a otro cuántos libros vendimos. Yo prefiero que mis colaboradores participen en la discusión de los títulos, de las tapas y aporten ideas. Permito que cada uno crezca, se desarrolle y se expanda hacia donde le salga de manera natural. Entonces, intento sacar lo mejor de cada uno de ellos.

¿Cuántos ejemplares se deben vender de un libro para convertirlo en best seller en la Argentina?

Tenemos que ver qué quiere decir best seller. Para estar una semana en la lista, tal vez vendiendo en esa semana 4000 o 5000 ejemplares alcanza. Pero para ser un gran best seller hay que vender 30 mil, 40 mil o 50 mil ejemplares. No resulta sencillo llegar a esas cifras, pocos autores lo logran.

Parece cruel pensar que en un país con tantos millones de habitantes una cifra de 30 mil sea inalcanzable.

Hay que pensarlo en el contexto latinoamericano, si te comparás con Suecia te deprimís, pero es una estupidez porque no tenés nada que ver con Suecia. La Argentina es un país de lectores, en comparación con otros de América Latina, y tiene una red de librerías de calidad fantástica. Hay además un nivel de lectores sofisticados, eso explica la vitalidad y la calidad de nuestras editoriales, que tampoco las encontrás en otros lugares de América Latina. México, por ejemplo, es más o menos parecido en términos de edición, pero no de librerías y tampoco de lectores. Los libros de Siglo XXI se venden lo mismo acá en la Argentina que en México, pero este último tiene una población tres veces más grande.

¿Cómo se fija el precio de un libro?

A partir del costo de producción unitario. Entonces, una cosa es hacer un libro de Eduardo Galeano, del cual tal vez imprimís 20 mil ejemplares en la primera tirada, y otra cosa es un libro más académico, del que hacés una tirada de 2000. Ahí el costo unitario es muy caro y el precio de venta al público, por ende, termina siendo más elevado.

¿Cuál considerás que es el aporte social de Siglo XXI?

Me parece que la primera función o aporte social de una buena editorial es acercar buenos libros a todos lados. Dar a conocer la obra de buenos autores, sobre todo jóvenes, no solo a Beatriz Sarlo, que entre comillas es lo fácil, lo obvio, nosotros también publicamos a muchos autores jóvenes. Después, asimismo hay algo de responsabilidad social empresarial puertas adentro, que creo que es válido como concepto, que tiene que ver con una cultura de trabajo, y eso lo ves en la permanencia de la gente. Cuando vos tenés gente muy preparada, muy profesional, que sigue trabajando con vos, significa que estás haciendo bien las cosas.

¿Y de cara a la comunidad?

Contamos con una política de donación de libros muy fuerte. Nos llegan pedidos todo el tiempo. Siempre mandamos libros a los penales, con las cárceles tenemos una muy buena relación. A institutos de menores, a cárceles de adultos y de mujeres. De hecho, nos han mandado regalos de vuelta, cosas que hacen en diversos talleres.


Carlos Díaz (1974)

Colegio: ILSE – Instituto Libre de Segunda Enseñanza de la UBA.

Universidad: Sociología en la UBA.

Posgrado: Hice un curso de Sociología de la Cultura en el Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES), pero no lo terminé. Luego, realicé diversos cursos de especialización para editores en países como Francia, Estados Unidos, Israel y Reino Unido.

Idiomas: Inglés e italiano.

Hobbies: Leer, ir al cine y nadar.

Tu mayor logro en la vida: Dedicarme a lo que realmente me gusta y venir todos los días contento al trabajo.

Rasgo principal de tu carácter: Optimista e irrompible.

Un lugar en el mundo: Mi casa. Vivo lleno de líos, pero cuando llego a mi casa soy el tipo más feliz.

Personaje histórico preferido: ¿Vale decir paso? Es muy difícil.

Un libro: Papá Goriot, de Balzac; Rojo y negro, de Stendhal; y todo lo de Salinger.

Un momento para leer: A la noche en la cama, es un momento hiperplacentero.

E-book o libro impreso: Libro impreso.


Hito editorial

“Más allá de lo que a mí me guste, el hito de la editorial es haber publicado el best seller más grande en años en la Argentina. De un tema que nadie se lo esperaba, un autor que nadie había publicado, un libro magnífico. Y esta pequeña editorial publicó el libro de no ficción más vendido en el año 2006, cuando Siglo XXI tenía cinco años en la Argentina; estábamos en un departamento de 80 metros cuadrados y éramos seis personas. El hito es ese, después te puedo decir Beatriz Sarlo y mil millones de cosas que me pasaron hermosas en la vida, pero la gran noticia objetivamente es esa”.