En el nordeste brasilero, Porto de Galinhas acompaña el flamante crecimiento del estado de Pernambuco y saca a relucir los encantos que la lanzaron al podio como la mejor playa de la región y una de las diez mejores del país.

La dilatada costa de Brasil es sinónimo de playas paradisíacas de arena blanca y agua turquesa, palmeras por doquier, arrecifes de coral y una naturaleza opulenta y bien preservada. En el nordeste, el municipio de Ipojuca, dentro del estado de Pernambuco, contiene una gema que aunque ya descubierta por visitantes de diversas partes del mundo sigue reluciendo con todo su fulgor. Se trata de Porto de Galinhas, uno de los centros turísticos por excelencia del nordeste de Brasil, muy cerca (unos 40 minutos en auto) de la imponente ciudad de Recife, capital del estado de Pernambuco.

Más allá del puro placer y descanso, la agenda de un viaje por estos pagos brasileños incluye desde caminatas y cabalgatas para explorar este edén donde es verano todo el año –ya que la temperatura promedio anual es de 28 grados y casi no llueve– hasta paseos embarcados para descubrir los maravillosos y multicolores habitantes del mar, y nadar en piletas naturales alejadas de la costa. Las playas más concurridas alternan con otras más desoladas a las que solo se accede a pie o, en algunos casos, únicamente en buggy (una especie de karting sofisticado para manejar en la arena y atravesar médanos). Por su parte, las jornadas de buceo en aguas calmas y el surf en un mar más crispado aportan una dosis de adrenalina para sacudirse la modorra de las mañanas soleadas.

Los vaivenes de la historia

Por el siglo XVIII, la colonia portuguesa daba sus frutos al Viejo Mundo y los multiplicaba raudamente. El secreto del éxito residía en la mano de obra esclava procedente del vapuleado continente africano, que trabajaba en las plantaciones de azúcar, y también en las condiciones naturales del otrora Puerto Rico: las barreras de arrecifes frente a las costas formaban un puerto natural que permitía amarrar los barcos para cargarlos y transportar la producción a Europa.

Con la prohibición del tráfico de esclavos, especialmente a partir de 1850, Puerto Rico insistía desembarcando esclavos contrabandeados que llegaban escondidos entre jaulas de gallinas. La “mercancía” era arteramente anunciada por la seña “hay gallinas nuevas en el puerto”, consolidándose así, con el correr del tiempo, su nombre actual: Porto de Galinhas (Puerto de Gallinas, en castellano).

El viajero que llega hoy a Porto de Galinhas encuentra el área urbanizada con una extensa red de hoteles, posadas, bares y restaurantes. Sin embargo, y aunque a primera vista parece imposible, hace apenas 40 años la región yacía completamente virgen. Por entonces, los largos dedos de la urbanidad y la industria no llegaban a estos lares ni arañando. Las pulcras rutas de asfalto que acceden al pueblo y a algunas playas eran ceñidos caminos de tierra que surcaban las haciendas rebosantes de palmeras y con algún que otro ganado.

Las playas, una por una

Más de 18 kilómetros de playas alejadas del ruido urbano ofrecen la diversidad necesaria para tentar incluso a los visitantes más inquietos. De norte a sur, las seis playas se suceden con improntas personales que las hacen únicas y distintas a sus vecinas: desde la playa de Camboa, pasando por las playas de Muro Alto, Cupe y Porto de Galinhas, hasta llegar a Maracaípe y Pontal de Maracaípe.

En la playa de Camboa –que en lengua tupi significa “aguas tranquilas”–, se puede alquilar un buggy y conducir hasta una de las puntas de la extensa costa (1500 metros), donde se forman piletas naturales de aguas poco profundas que invitan a un baño largo y tendido. El día en esta playa semidesierta rodeada de cocoteros –con vistas a tupidos manglares, al Puerto de Suape y a la desembocadura del río Ipojuca– transcurre a puro relax. Se accede en buggy o caminando desde la playa de Muro Alto, la playa que le sigue en dirección sur.

Muro Alto es una de las más preservadas de la región, y su nombre se debe a un paredón de arena de unos tres metros de alto que delinea la playa casi en toda su extensión. Está formada por piletones naturales entre arrecifes, uno de los cuales es el más profundo de la región de Porto de Galinhas (diez metros), ideal para nadar y para la práctica de jet ski.

En la playa de Cupe la tranquilidad manda, pero también las grandes olas. Está ubicada al norte de la villa de Porto de Galinhas. Son 4,5 mil metros de playa alrededor del Pontal de Cupe, donde existen arrecifes que forman piletas naturales buenas para el baño. En los trechos sin arrecifes, suelen formarse olas potentes donde los surfistas prueban su habilidad.

El corazón de la línea costera

La playa de Porto de Galinhas está ubicada en el corazón de la línea costera, entre las playas de Cupe –al norte– y Maracaípe –al sur–. Elegida repetidas veces la mejor playa de Brasil por la revista Viagem e Turismo, su fama se extiende más allá de los límites nacionales. Por ello, esta villa veraniega, además de posadas próximas a la playa, reúne la mayor cantidad de actividades y servicios al visitante, tanto de día como de noche. Cuenta con un abanico de propuestas entre bares y cafeterías, restaurantes y supermercados, y tiendas comerciales y de artesanías. Al fin, es la playa de moda, pero consigue convivir en paz con la fama y el crecimiento urbano.

Su costa se extiende a lo largo de cuatro kilómetros de arena blanca y palmeras, y descuella por la accesibilidad de sus piscinas naturales de aguas claras y tibias, donde grandes y chicos nadan entre peces multicolores. En cinco minutos se accede a las mencionadas piletas a bordo de una jangada (pequeña embarcación a vela que usan los pescadores) que se alquila en la playa. Y como hay para todos los gustos, también se alquilan equipos de buceo y buggies para recorrer los kilómetros de arena y llegar a otras playas.

Maracaípe

La playa de Maracaípe es conocida como el paraíso de los surfistas aficionados o profesionales. Todos los años, se transforma en sede del Circuito Brasilero de Surf y del Campeonato Mundial de Surf por sus aguas claras y sus cotizadas olas. La ruta de acceso a Maracaípe está pavimentada, y al final de la playa, la Vila de Todos os Santos (Villa de Todos los Santos) merece una incursión en su notable gastronomía en alguno de los bares y restaurantes emplazados casi en la orilla del mar.

Más allá, en la desembocadura del río homónimo, se forma el Pontal Maracaípe, la última playa de la saga, donde proliferan los bancos de arena y de coral. Vale también un paseo por el río Maracaípe para apreciar sus riberas coronadas por preciosos manglares. En la playa de Maracaípe, no se permite circular en buggy ya que son los sitios elegidos por las tortugas marinas para enterrar sus huevos.


Postales del recuerdo

Antes de llegar a la cúspide del éxito, la región de Porto de Galinhas era consabida como un lugar de playas remotas, de clima benigno, cuyos habitantes eran maestros en el arte de la pesca y complementaban su dieta con los frutos que sobrepoblaban los quintales y coronaban las calles de la villa frente al mar.

Los más ancianos recuerdan con una sonrisa soñadora cuando alrededor de la balanza –donde pesaban el pescado para su posterior venta y para el deleite de los vecinos– se juntaban remolinos de niños que observaban boquiabiertos el pescado fresco brillando bajo un chorro de luz dorada en el final de la tarde: abundaban el pez aguja, la caballa y la tañía, pero también salían con frecuencia cazones y manta rayas para regocijo de los más pequeños.

Hoy, el aire salitroso evoca la imagen de los lugareños buceando como tiburones mansos entre peces de colores que en la plenitud de su poesía nadaban al garete, todavía vivos y felices, en las tranquilas aguas transparentes. 


Caballitos de mar

El recorrido más especial e interesante que se puede hacer en la playa Pontal Maracaípe es una travesía en balsa o en kayac para adentrarse por el curso del río homónimo, bordeado por hermosos manglares, para conocer el lugar donde habitan los míticos y bellísimos caballitos de mar, preservados en el marco del Proyecto Hippocampus. Normalmente, el avistamiento de estos animales –expertos en el arte del camuflaje– sería imposible porque, en un refinado mecanismo de defensa, los colores del caballo marino varían según el color del agua con el objetivo de pasar desapercibido a los ojos de posibles predadores. Sin embargo, el balsero, diestro a la hora de encontrarlos por debajo del agua, los agarra con una botella transparente para que los pasajeros los puedan admirar y luego los devuelve a su hogar.

Para culminar la hermosa aventura, nada mejor que almorzar en alguno de los restaurantes y bares que se encuentran emplazados a la orilla del río.


Sabores locales

La propuesta gastronómica de Porto de Galinhas es un capítulo aparte. Su profusión va acompañada de variedad y está coronada por la calidad. En los hoteles es posible gozar de un servicio de pensión completa más que abundante, pero es muy recomendable visitar los pintorescos restaurantes del pueblo y otros tantos emplazados frente al mar en las distintas playas de la zona. Los sabores típicos del noreste brasilero son los frutos de mar, pero hay platos tradicionales locales que no habría que dejar de probar, como moqueca de pescado, macaxeira com charque, carne al sol, bacalao o camarones, y también otras delicias preparadas con salsas de frutas y raíces de la región. Sin embargo, y como se trata de una cuestión de gustos, la propuesta gastronómica se expande al sushi japonés, a las pastas italianas y a una variedad de platos internacionales.