Elisa García tuvo que hacerse cargo de la empresa El Puntal, a los veinticinco años de edad, cuando murió su padre, siendo la mayor de la familia. Desde su organización, intenta colaborar con la recuperación de adolescentes y jóvenes de contexto social crítico, dándoles trabajo y el apoyo que necesitan. Cuando creía haber perdido todo en un incendio, el valor intangible que habían construido a todo nivel, les permitió volver a levantar la empresa.

¿Cuándo y cómo comenzaste en ACDE?
Una amiga, Silvana Sanguiovanni, cuyo padre había estado en la directiva de la asociación, me invitó porque veía que hacíamos muchas cosas desde la perspectiva de la RSE. En realidad le tengo que agradecer que me invitara también a los Grupos de Reflexión Empresarial. Me enviaron los formularios de los Indicadores de Responsabilidad Social Empresaria. Pensé que no tendría nada con ellos pero me di cuenta que tenía muchas cosas aplicables a esta herramienta y que estaban en la empresa desde que la manejaba papá. Por ejemplo, la inserción social de gente que salía de la cárcel que estaba a tres cuadras de la empresa. Papá decía “si no le damos trabajo van a salir a robar de
nuevo, tenemos que ver la forma de sacarlos adelante con trabajo”. Y todas teníamos incorporado eso. Hoy cambió y ya no podemos incorporar del sistema carcelario porque son casos complejos y al ser todas mujeres las que mandamos consideré que era más difícil. Aquí hubo personas salidas de la cárcel que ya estaban con papá, muy agradecidas por haberles dado la oportunidad de salir adelante, pero eran otros códigos. En la actualidad, la imagen de un hombre en la dirección es fundamental, según la experiencia que tengo.

¿Y hoy a quiénes intentan rehabilitar?
Tendemos más a hacerlo con los jóvenes porque trabajamos muchos años con el Movimiento Tacurú y porque personalmente los adolescentes me pueden. Considero que todos nos podemos equivocar y tenemos que tener formas de resarcirnos. Un joven se equivoca y hay que darle la posibilidad de comenzar de nuevo. Y la droga es una enfermedad. Decidimos hacer rehabilitación de contexto social crítico y es más difícil, porque es un mano a mano, un día a día. Ves que siguen con el consumo, les dejás llegar tarde, le hablás y eso es muy difícil de hacer en una empresa grande, excepto que se lo
proponga como meta y tenga un asistente social.
Yo creo que al ser una directiva de mujeres en esta empresa, tenemos una actitud maternal, que es la carencia que en muchos casos tienen. Y creo que es por ahí que entramos. Este nicho de contexto tan crítico son chiqulines abandonados por las madres o que les han hecho traficar. Y para sacar a uno de estos chicos adelante tenés que tener un referente en la familia que esté dispuesto a dar una mano. Hubo uno que estaba consumiendo que tenía pareja y cuando tuvo su primer bebé, cambió totalmente. La esposa cayó en adicción, él se encargó del bebé con un mes (o sea que cada tres horas le daba la mamadera de noche) y venía a trabajar.

¿A cuántos incorporás?
Somos una empresa chica. Si hay una vacante veo a través de los Salesianos (congregación católica dedicada a la educación de los jóvenes, creadora del movimiento Tacurú), y después, a través de una persona que está en la parte de inserción del Ministerio de Desarrollo Social (MIDES). Por ejemplo, un chico estaba en consumo, había violencia
doméstica, su pareja estaba desnutrida y cuatro niños sin estar en la escuela. Allí se separó al padre de la madre, a la madre la llevaron a un hogar con sus hijos para sacarla adelante y del vínculo tóxico. A los niños se los insertó en la escuela donde tuvieron vacunas, pediatra, odontología y se insertaron en la educación. Y al padre se le dijo si quería seguir
con la familia o con el consumo.
Cuando se logra saber por qué el padre había actuado así, resulta que su miedo era que violaran a sus hijos cuando iban a la escuela. Vemos entonces que hay cosas que vienen de muy atrás y que tal vez haya vivido, que lo llevan a esas conductas. El padre decidió no consumir más y se pudo unir a la familia y hoy funcionan en familia y es uno de los pocos que cobra presentismo siempre, trabajando acá en la empresa.

¿Cuántos casos tenés en la empresa?
En este momento, de este tipo de inserción, tenemos tres de un total de quince colaboradores. Y uno de ellos está trabajando y estudiando, salvando todos los exámenes. Hacemos concesiones también. Quieren salir en las Llamadas y nos piden faltar tres días, y se los damos.

¿De qué “te sirve” ACDE? ¿Por qué ACDE?
En ACDE encontré un grupo humano de empresarios con quienes tenemos las reuniones de reflexión que son sumamente enriquecedoras desde todo punto de vista. Porque compartimos escalas de valores similares, aunque con puntos de vista totalmente disímiles hasta en lo político. El pilar que encuentro es el respeto al pensamiento del otro que, en el mundo dividido en que vivimos, es difícil de encontrar. Pero por sobre todas las cosas ACDE
me ha dado poder plantear yo u otro compañero un problema que tengamos dentro de la empresa y ver muchos puntos de vista que jamás se me hubiesen pasado por la cabeza para resolverlo, aprender a razonar las cosas desde otros lados, con otras cabezas que son impresionantes. Entonces se aprende mucho. Inclusive cuando analizamos problemas de otros y ver cómo lo resolvieron. En el mundo empresarial, si te movés medio centímetro caés en lo no ético. Se te presentan permanentemente esos temas y si te ponés de un lado tal vez estás dejando una familia sin trabajo y si pasás para el otro tal vez sea ilegal
o injusto con otros compañeros….
Hay muchísimos dilemas que se presentan cotidianamente en los que ACDE y mi grupo me
ayuda a poder tener más criterio, elementos, sentido común y aprender de otras cabezas.

¿Por qué cuesta tanto que las empresas reflexionen sobre RSE?
Si bien en los últimos dos años no nos pudimos presentar por desborde en la empresa, no entiendo por qué cuesta tanto que las empresas lo hagan. A los tres meses del incendio que sufrimos en 2010, me levanté y armé una carta para presentar en el momento en que ACDE y la Universidad Católica procesan los Indicadores de Responsabilidad Social (IRSE), diciendo que no tenía nada para evaluarme como empresa, pero que sí podía aportar lo vivido por haber sido una empresa socialmente responsable.
Allí contaba cómo mis colegas nos habían prestado maderas y máquinas; la competencia directa nos hizo trabajos de máquina por cuatro meses, sin cobrar para que pudiéramos cumplir con los clientes; nuestros proveedores nos financiaron a dos años las cuentas pendientes y ampliaron los créditos; nos dieron madera a consignación, nos prestaron un elevador, un camión y máquinas. Los empleados querían trabajar en negro para cobrar menos y no tuviéramos el costo. Dos chicos del Movimiento Tacurú que estaban haciendo
inserción laboral, a los que llamamos nieri, no me olvido más, nos dijeron “nosotros no tenemos con qué ayudarlas, pero están nuestras manos”. Un vecino nos ofreció una casa que tenía vacía para que la usáramos como oficina.
Y tampoco quedó por fuera el entorno del barrio. Teníamos
una señora que nos hacía los dobladillos de los pantalones y nos cambiaba los cierres quien
nos dijo: “chiquilinas, yo tengo guardados en una caja de ahorro mil quinientos dólares,
son de ustedes”. Cuando me puse a pensar en todos eso y lo plasmo en la carta, fue la confirmación de lo que implica ser una empresa socialmente responsable. Si no lo hubiéramos sido, ninguna de esas cosas se hubieran dado. Ni mis colegas nos habrían financiado o hecho los trabajos, o regalado o prestado máquinas, ni el barrio nos hubiera ayudado, cuando sufrimos el incendio…
Pero antes de usar los IRSE, eso fue lo más fehaciente que tuvimos por ser una empresa socialmente responsable y eso es el capital intangible que algunos empresarios no podemos ver. Aplicar el IRSE, no solamente es una forma de organizar y gestionar la empresa, sino que nos permite evaluar un capital intangible.

 

Fuente: Revista Empresarial: ACDE.