Una visita al Parque Nacional Torres del Paine, en la Patagonia chilena, que se ha convertido en la actualidad en un nuevo paradigma que redefine el confort y la aventura, con un riguroso espíritu sustentable.

Al sur de Chile, en la provincia de Última Esperanza, de la Región de Magallanes, la cordillera de los Andes se tuerce hacia el oeste y se sumerge en las frías costas del Pacífico sur. Alrededor de las montañas hay una enredadera de fiordos, canales, valles, lagos y glaciares. Y en medio de esa geografía enmarañada está el macizo del Paine, “azul” en la lengua de los tehuelches, los primeros habitantes. Un lugar imprescindible para los amantes de la Patagonia más recóndita.

Desde el Hotel Remota, ubicado a orillas del fiordo Última Esperanza, frente a las montañas y a 1,5 kilómetros del pueblo de Puerto Natales, visitamos el Parque Nacional Torres del Paine, distante unos 100 kilómetros. Este gigante, que mide 227.298 hectáreas, fue creado el 13 de mayo de 1959; es uno de los parques nacionales más grandes e importantes del país y el tercero más visitado. De hecho, el 28 de abril de 1978, la Unesco lo declaró Reserva de la Biosfera, ya que el Parque Nacional Torres del Paine protege un importante ecosistema para el mundo, para la conservación y la protección de la biodiversidad, para el desarrollo económico y humano, y para la investigación científica por su geología variopinta.

Encuentro Natural

Luego de recorrer unos 100 kilómetros por paisajes de estepa y montaña, se llega al Parque Nacional Torres del Paine. La última escala antes de ingresar a él es a orillas de la laguna Amarga, desde donde la vista del macizo del Paine es imponente: a la derecha está el Nido de Cóndores; le siguen las tres torres –la Norte, la Central y la Sur– y el monte nevado Almirante Nieto. Por detrás, donde debería asomar la cumbre de Su Majestad, el Paine Grande –con 2050 metros de altura–, hay una corona de nubes. Aun incompleta, la cordillera del Paine es de una belleza lacerante.

Dentro del parque, en cada parada, las postales se suceden desde miradores y orillas de lagos y ríos de colores estridentes –verde, turquesa, azul– hasta valles y montañas con glaciares colgantes. Y el majestuoso macizo del Paine se aprecia durante casi todo el recorrido. En cualquier punto del trayecto, los encuentros con la fauna estimulan a detener la camioneta al borde del camino. Es que los variopintos ambientes naturales del parque nacional propician la vida de gran cantidad de animales. La escenografía va mutando entre matorrales preandinos en la ribera de ríos y lagos; bosques magallánicos de lengas, ñires y coihues; tundras de arbustos y pastizales; y la rala vegetación de altura que crece donde terminan los bosques que trepan las laderas de las montañas. Entre los mamíferos se pueden contar pumas, huemules, guanacos, zorros grises y liebres patagónicas. Y una lista con más de 100 especies de aves que incluye cóndores, águilas, cisnes de cuello negro, flamencos, patos anteojillo, carpinteros negros, martines pescadores, cometocinos patagónicos, diucas y chincoles.

La última estación de un recorrido manso por el área protegida es la ventosa playa del lago Grey, a la cual se llega a pie, a través de un bosque añoso. En medio del agua cenicienta sobresalen témpanos inmensos y las olas arrastran diáfanos cascotes de hielo hasta la orilla. Visto en un mapa, el lago es una lengua gris (de 16,5 kilómetros de largo) que zigzaguea hacia el noroeste y termina –o mejor dicho, empieza– en el glaciar Grey, que apenas se vislumbra. A la base del glaciar se puede llegar embarcado. Su “frontis” mide 30 metros de alto y 6 kilómetros de ancho. Alrededor, las montañas muestran estrías de nieve en sus laderas y cumbres filosas.

Cuando el viento para la marcha, el silencio es absoluto. Y efímero. El guía aprovecha y brinda explicaciones de esta geografía con ínfulas de infierno y paraíso a la vez. Pero al final, la sensación es una sola: el hombre no es más que una partícula de polvo frente a aquella inmensidad.

Experiencia remota

Marisa Pugliese, la On-site Manager del Hotel Remota, es argentina pero hace siete años que vive en el sur chileno. “Yo estoy feliz acá, pero cuando pienso en Buenos Aires se me pianta un lagrimón”. En Buenos Aires, esta señorita del barrio porteño de Boedo se especializaba en el Patrimonio Histórico y Arquitectónico de la ciudad; ahora vive en Puerto Natales, que apenas cuenta con 15 mil habitantes y donde no hay cines ni teatros. Sin embargo, la naturaleza en la Patagonia chilena es tan poderosa que gana la pulseada frente a los entretenimientos propios de las grandes ciudades.

El Hotel Remota es obra y arte del arquitecto Germán del Sol (1949, Santiago de Chile), el iniciador, en estos destinos remotos, de un tipo de arquitectura denominada “climática” o “eco friendly”. Es decir: según su filosofía, un edificio se diseña adaptándose al terreno y no a la inversa; el entorno y el clima se aprovechan para que el edificio no genere gastos energéticos innecesarios. “Hace 20 años, cuando Germán construyó el Lodge Explora Patagonia dentro del Parque Nacional Torres del Paine, el concepto de sustentabilidad era una idea innovadora”, dice Marisa. Y con el Hotel Remota este arquitecto respetuoso del medio ambiente ganó el Premio Nacional de Arquitectura en el año 2006. Entre otros, el mayor portento del hotel premiado es el hecho de que casi no consume energía artificial para la calefacción, la luz y la ventilación, ya que aprovecha la propia energía de la naturaleza.

Para empezar, el Remota es un búnker natural contra el frío gracias a que las paredes están construidas con dos termo-paneles de madera que tienen en el medio un material que se llama termosip; el exterior está recubierto con malla asfáltica; y el techo, con tierra y coirones, ese pasto típico de la Patagonia empleado desde antaño para retener el calor dentro del edificio y aislarlo del frío del exterior. El concepto romántico que pensó el arquitecto es que “Remota nació de las entrañas mismas de la Patagonia y, cuando lo hizo, se llevó la tierra y el césped sobre los techos”, explica la On-site Manager y agrega que “en verano, recién se prenden las calefacciones a las nueve de la noche”.

Alrededor de todo el edificio, los amplios y omnipresentes ventanales que permiten preciosas vistas de las montañas, el fiordo y el pueblo, tienen un sentido práctico: dejar pasar la luz del día para evitar la iluminación artificial. Por último, para la ventilación de los ambientes, el edificio aprovecha el prolífico viento patagónico: el aire fresco ingresa por unos agujeros escondidos en las paredes y empuja el aire viciado hacia arriba, hasta unas chimeneas por donde escapa hacia el exterior. No hay –no se necesitan– ventiladores ni aires acondicionados en todo el edificio.

El viento, gélido y racheado, es el alma que insufla vida al paisaje épico de la Patagonia sur; todo lo que hay aquí se mueve con el viento. Y este edificio no es la excepción. En las partes comunes, las paredes están armadas para que crujan: esto se logra aflojando las varillas metálicas que unen los dos termo-paneles que hay dentro de la pared. Entonces, el impacto del viento hace que los paneles de madera se muevan emulando el crujido de un barco en altamar. Marisa describe la sensación de los huéspedes a la perfección: “Estoy en casa, me siento calentito y cuidado, y, sin embargo, escucho lo que está pasando afuera”. Y es cierto, uno se siente parte de la naturaleza que lo hospeda.

Los días y las ovejas

En la costanera del pueblo de Puerto Natales, el esqueleto del muelle Gafo ingresa unos 100 metros en el fiordo. En frente está la Bodega Braun y Blanchard, cerrada e impenetrable. Hay algo desolador en el conjunto, pero las tres hileras de pilotes desvencijados y la casona abandonada dan fe, trasmiten, cuentan cosas: el auge y la caída de un imperio que giraba en torno a la lana y la carne de oveja. La bodega funcionó como depósito, y del muelle partían los barcos cargados hacia Europa.

Desde un mirador, en el bulevar de la avenida Santiago Bueras, la vista se ciñe a un mosaico de techos de colores vibrantes. Durante el siglo pasado, cuando la oveja era el “oro blanco” de la Patagonia, los trabajadores levantaban sus casas a la vera de esta misma calle, por entonces de tierra. Desde el umbral, sus dueños podían ver el ancho piño de ovinos –se habla de rebaños de hasta 20 mil cabezas– campeando hacia el matadero, ubicado al final de la vía. Más allá, están el seno Última Esperanza y la ondulante silueta de las montañas.

Arquitectura natalina

Cuando uno camina por las apacibles calles de Puerto Natales, la secuencia de casas parece una exposición de dibujos de niños de preescolar. Sin ambición estética, la arquitectura es básica y funcional: puerta al medio y una ventana a cada lado; techo a dos aguas de chapa acanalada y una chimenea flaca por toda decoración. Las más antiguas mantienen su interior de madera de lenga y están revestidas en chapa con la técnica de traslapo –paneles superpuestos– para que el viento helado no se cuele por las hendijas. Por supuesto que las hay también remozadas, con grandes ventanales y fachadas de madera, ladrillo o material, y hasta de dos plantas.

Más allá de la lana

Tal vez la lana haya perdido el primer lugar en la economía natalina, pero Consuelo Cerda, al frente de un telar, teje y teje con un arcoíris de hilos. “Pura merino, lo mejor que hay”, dice y acaricia la urdimbre como si fuera un cachorro. De las paredes de su local cuelgan preciosos vestidos de lana, y las repisas están repletas de trabajos en madera, cuero, cerámica y piezas de cestería y orfebrería. El de Consuelo es uno de los 20 locales del Pueblo Artesanal Etherh Aike, un centro comercial ubicado a dos cuadras de la plaza principal, la iglesia parroquial y el edificio de la antigua Municipalidad, una trilogía que amerita una visita.

Asimismo, cuando la industria ovejera perdió el lustre en 1980, la caleta de pescadores se llenó de vida con las coloridas barcazas de pesca artesanal: las profundas aguas del fiordo son un vergel de peces, mariscos y crustáceos. La estrella de la gastronomía natalina es el chupe (o pastel) de centolla; no se puede partir del pueblo sin haber probado esta delicia.

DATOS ÚTILES

Para llegar al Parque Nacional Torres del Paine hay que tomar un vuelo de Lan que parte de Santiago de Chile y aterriza bien al sur, en la ciudad de Punta Arenas (toda la información sobre los vuelos en www.lan.com.ar).

En el aeropuerto de Punta Arenas lo recogerá una camioneta del Hotel Remota para recorrer 249 kilómetros por la Ruta 9 hasta el pueblo de Puerto Natales, la antesala del majestuoso parque nacional. El Hotel Remota está ubicado a 1,5 kilómetros del pueblo.

El Hotel Remota es la estrella de la región. Esta confortable “casa” ecológica, con una arquitectura que remite a los galpones de esquila magallánicos, incluye majestuosas vistas y un comedor donde se cierra cada jornada con platos regionales muy gourmet. Más allá de la clásica visita al Parque Nacional Torres del Paine, la “experiencia Remota” incluye un sinfín de excursiones de acuerdo a los intereses y aptitudes físicas de cada huésped. Desde una travesía de dos horas en bicicleta por el lago Balmaceda, rodeado de un hermoso bosque patagónico, cabalgatas por los cerros aledaños y salidas de pesca con mosca hasta una visita al pueblo de Puerto Natales y una gran variedad de trekkings por el parque nacional, siempre con guías expertos. Uno de los paseos más interesantes es a la famosa Cueva del Milodón, ubicada 25 minutos al norte del hotel, en el cerro Benítez. Allí, a fines del siglo XIX, el explorador alemán Hermann Eberhard descubrió los restos de un inmenso animal que se extinguió hace 10 mil años, hacia el final de la última era de hielo: se trata del milodón (Mylodon darwini); y su réplica a escala real, situada en la entrada, demuestra su gran porte, de dos veces el tamaño de un hombre.

El hotel ofrece paquetes que incluyen traslados desde el aeropuerto y hacia él, tres noches de alojamiento y pensión completa. Además, Remota es uno de los pocos hoteles que está abierto durante todo el año. (www.remota.cl)

 

Más información

Clima

El viento en la Patagonia austral es una presencia casi ineludible. Los veranos son frescos, con una temperatura promedio de 16 °C durante enero. A su vez, el frío del invierno –con una mínima media de -2,5 °C en julio– compensa con días sin una ráfaga.

Temporada

Hay que tener en cuenta que la temporada alta va de noviembre a marzo, la media de septiembre a octubre y la baja es entre abril y agosto. Muchos de los establecimientos turísticos cierran durante la baja. El Hotel Remota está abierto todo el año.