Esta es la historia de Gastón Greco, el chaqueño que vino a Buenos Aires a estudiar Arquitectura; el que desarmó una alpargata para crear Posco, una marca-conceptual con valores sólidos; el infante terrible que le envió a Mauricio Macri unas “zapas” con su firma y terminó en la tapa de los diarios.

Gastón Greco nació en el Chaco y vivió allí hasta los 17 años. Es hijo único de padres divorciados. A los 11 ya había hecho cursos de Diseño Gráfico e imprimía dibujitos de Dragon Ball Z, y, con una carpetita que usaba de muestrario, les vendía aquellas tarjetas a sus compañeros del colegio. Cuando vino con su madre a vivir a Buenos Aires, se apuntó en Arquitectura con la intención de buscar una carrera que le fuese difícil, que le costara, con procesos largos que le calmaran su personalidad ansiosa. Conoció gente, depuró el ojo y hasta ahí llegó la influencia. A los 19 años se le dio por desarmar una zapatilla y lanzarse a producirla sin contar con experiencia alguna. Así, de puro inconformista, porque buscaba alcanzar el calzado perfecto, cómodo y práctico. A los golpazos, de puro emprendedor, logró confeccionar el zapato soñado, ponerle un concepto a la marca Posco y finalmente, como quien no quiere la cosa, meter un par en una caja y enviárselo de regalo al Presidente de la Nación Argentina, el Ing. Mauricio Macri. Una mañana se despertó y vio la foto en el diario. El Presidente se había calzado las Posco para trabajar.

No se cree la cosa. Conoce el esfuerzo que implica la creación, el llevar a cabo la producción, un sacrificio mucho más grande que el diseño en sí mismo, aunque los aplausos para el emprendedor en ocasiones vienen erradamente por lo artístico, lo cool, la imagen. Él está convencido de que llevará a Posco a todos los aeropuertos del mundo, como una marca-concepto, con valores, respetando y evidenciando el trabajo de la gente que hace posible el proyecto. Sueña con eso: que el viajero entre en una tienda de aeropuerto y compre una botella de agua, un candado para la maleta y unas Posco. ¿Si Gastón Greco es emprendedor? Bueno, él prefiere presentarse como alguien que tiene una marca, que está ligado a la industria del calzado sin ser zapatero (oficio al que valora demasiado, sabiendo que es algo hereditario), aunque es arquitecto, pero tampoco se siente tan arquitecto. En realidad, Gastón Greco es chaqueño. Del Chaco para el mundo. Él está acá, las Posco también, pero apuntan hacia el mundo.

¿Cómo surgió la idea de Posco?

Arranqué en 2011, estaba estudiando Arquitectura y un día se me ocurrió desarmar un zapato que tenía y que me resultaba muy cómodo. Era una zapatilla que me parecía práctica, no me gustaba, pero me resolvía un tema a la mañana porque era cómoda y funcional. Me parecían lineamientos muy importantes para una persona que debía usarla todos los días. Recuerdo que estaba en la cocina de mi casa, la corté y la descosí con una tijera… empecé a “operar”. Fue un aprendizaje muy largo, durante dos años estuve dentro de las fábricas tratando de entender cómo se hacía un calzado. Me parecía que había una veta comercial y un canal por desarrollar en ese sentido, así que me sumergí en la industria, con capital cero y conocimiento cero.

¿Cuál era tu idea cuando te pusiste a desarmar la zapatilla?

En realidad, era una especie de alpargata, pero era un calzado, que implica un conocimiento de la industria: desarrollo de hormas, sacabocados, etc. Antes de empezar me parecía que todo era más simple, pensaba que era como hacer una remera, pero nada que ver, eso es otra industria. La confección de calzado tiene procesos más largos y complejos, es una técnica hereditaria, muy del oficio, por eso mi ingreso fue bastante largo. Me preguntabas cuál era mi idea al momento de desarmarla, bueno, no tenía una idea muy clara. Fui a hablar con un vecino que era fabricante de indumentaria y me dijo: “¿Por qué no la fabricás vos mismo?”. Hasta ese momento, jamás se me había cruzado por la cabeza que yo podía fabricar algo. Pensá que yo tenía 19 años. Para mí eso era un tema de grandes industriales y grandes inversiones.

¿Y qué fue lo que te hizo aniquilar esa idea fantasmagórica de los grandes industriales y empezar a creértela?

Bueno, hubo algo que prendió la chispa y empecé a buscar proveedores. Fui a los negocios de barrio que arreglaban zapatos, esos que tienen el cartelito de “Compostura de calzado”, a buscar la suela que necesitaba. Y me sugirieron comprarla en la avenida Boedo, la zona de los zapateros. Busqué las suelas, los cueros, pero no encontraba lo que quería, vendían productos para fabricantes de alto estilo. También compré en el barrio de Once unas lonas estampadas, pero no era el material adecuado, el zapato terminado se me caía todo.

¿Cómo mejoraste tus procesos de producción?

Después de aquella experiencia, descubrí que el proceso de construcción del zapato tiene tres partes: el corte; el aparado, que es cuando se unen las partes; y el armado, que es el momento final cuando se ensambla la capellada con la suela, se mete en la horma y se toma la forma del pie. Empecé así a desarrollar las hormas y los sacabocados, pero sin máquinas y nadie que me asesorara, tan solo con unos pocos conocimientos. Busqué proveedores, aunque pocos fueron los que me abrieron las puertas. Sin dinero. Yo solo quería hacer la zapatilla ideal, un producto, no sabía bien cómo hacerlo ni a quién vendérselo. Me cortaban mal las cosas, mi living era un caos. Después de todos esos golpes durante el proceso, llegué a un alpargatero con quien pude terminar mi producto y logré tener un stock mínimo, el cual no sabía cómo ni a quién vendérselo.

Pero ya tenías el producto. ¿Había pasado lo más difícil?

[Se ríe] Noooo. Todavía tenía otro problema. La curva de talles. Yo era un pichi. Me agarró un primer cliente y me modificó toda la curva de talles que yo había planteado en mi producto. Pero bueno, finalmente salí a vender con mi lista de precios en una mano y un par de zapatillas en la otra. Caminaba por los negocios multimarca de Palermo. En ese momento, tenía unas zapatillas con una tela diseñada por Milo Lockett; yo lo conocía del Chaco, me dio un dibujo y me dijo: “Hacé con esto lo que quieras”. Mandé a estampar las lonas con su dibujo. Esa era mi carta de presentación, aunque a Milo aún no lo conocían tanto aquí en Palermo.

¿A quién le vendiste las primeras Posco?

Después de caminar por Palermo, tomé un mapa de la Argentina y me fijé cuáles eran los seis mejores puntos de venta multimarcas. Y así marqué mi primer objetivo, apuntar a ese canal comercial. Comenzar con los más importantes y “traccionar” desde ahí hacia los otros más chicos. Le vendí a la Tienda Firzrovia, una casa muy conocida en Buenos Aires, también a Dionisio, en Rosario, y a otras de ese tipo. El objetivo era entrar ahí, posicionarme.

¿Y después?

Mi primer punto fue desarrollar el “por mayor”, con una fabricación tercerizada pero muy cuidada, metiéndome en el proceso de fabricación. Hoy estoy en la etapa de reestructuración porque tengo otros volúmenes.

¿Los diseños son tuyos?

Sí. Para mí el diseño es una palabra que ya debe estar metida, para mí es un trabajo de producción. El diseño es valor agregado, pero es lo más fácil, lo más difícil es cómo materializarlo. Posco es un calzado simple, muy cuidado, con buenos materiales y terminaciones. El diseño ya lo tengo depurado.

¿El aplauso te lo tendrían que dar entonces no por el diseño, sino por todo lo otro?

Es así, me costó más lo otro, todo el proceso de producción, de posicionamiento y de comercialización. No me considero un diseñador.

El ADN de Posco quizás se pueda emparentar con el manifiesto del diseño sueco, aquello de básicos atemporales de alta calidad.

Posco es un concepto, dentro de esa familia puede entrar un jean, una mesa, siempre bajo un aspecto que esté alineado a un proyecto que genere algún tipo de impacto sustentable, social o económico. Acá hay un trabajo de cadena de desarrollo de toda la línea de producción. Para poder mostrar quiénes son las personas que hacen el producto y generar un impacto social, hay que poner mucha energía puertas adentro. Entender quién hace el producto. Es un proceso en el que me gustaría sumergirme profundamente, pero hasta ahora tuve que aprender, poder vivir. Esto lleva tiempo y ganas.

¿Los nuevos consumidores millennials pagan por ese valor agregado, por el concepto de marca?

A nivel global sí, porque tienen una cabeza más responsable y mayor conciencia. En Sudamérica, nos encontramos un poco atrasados en este sentido, pero estamos creciendo. Posco es una marca que busca una expansión global. Tiene que estar preparada para poder funcionar en los Estados Unidos y en Europa.

Los líderes a nivel global están allá. Es muy difícil exportar moda desde la Argentina. En el hemisferio norte desarrollan la moda, exponen e imponen tendencia. Posco no toma tendencia, es slow fashion. El camino de Posco es exportar concepto de la mano de un excelente producto.

¿Qué podemos exportar nosotros?

Para mí el diseño va más allá, porque nosotros podemos exportar concepto e identidad. Nuestras raíces. Posco tomaría el rol de marca-conciencia, me gustaría que se ubique dentro de la línea de productos funcionales y prácticos para el uso cotidiano y para un segmento universal de personas. Estamos trabajando para que Posco levante la bandera sudamericana en el mundo, mostrar quiénes son los que fabrican. Y si todos se van a Nueva York a sacar las fotos de campaña, nosotros las haremos en el Chaco, pero por una verdadera convicción y no para ahorrarnos los pasajes aéreos.

¿Podés ahondar sobre los tres impactos de los que hablaste anteriormente?

Creo que hoy un emprendedor no puede dejar de tener en mente estos tres impactos: económico, social y sustentable. Económico, en el sentido que es un proyecto rentable; social, que sea un proyecto que genere incorporar gente que no trabaje, o personas de la tercera edad, reactivar las fábricas del norte argentino. Actualmente, estamos en contacto con una cooperativa que tomó una fábrica del norte del país para que haga las Posco. En las cajas expondremos las caras de todos los que trabajan allí. También estamos pendientes del tema sustentable, cuidando toda la cadena. Ser diferente conceptualmente es una de las virtudes que te abre la posibilidad de exportar. Tenemos mucha potencia, garra y energía.

¿Vos no tenés socios, cómo hacés para remarla solo?

Soy un loco, un fanático y apasionado, si no, esto lo hubiese dejado hace tres años. Lo de Mauricio Macri tuvo una repercusión muy grande y fue un gran incentivo. A pesar de no haber sido lo único, le fabriqué zapatos a Martín Churba para que Tramando los presentara en Dubái. Pero lo del Presidente tuvo una repercusión muy grande.

En las gigantografías del frente de la tienda Posco está tu abuelo y hay fotos de tu abuela adentro. ¿Tuviste la suerte de que tus viejos y abuelos vieran tu sueño cumplido?

Mi abuela no lo puede creer, le activé el espíritu. Mi abuelo lamentablemente falleció el pasado octubre. Justo un mes antes de que muriera vino al local y le saqué estas fotos. Hace mucho tiempo que quería fotografiarlos. Pero yo quería hacerlas en el Chaco. Fuimos allí. El día de la producción, mi abuelo se descompuso. Tenía una relación muy fuerte con mis abuelos. Ese día, lo llevé al hospital, no llegué a fotografiarlo. Hice la foto con mi abuela sentada en el banquito, pero la de mi abuelo no la llegué a hacer. Por eso hay una foto del banquito solitario, ya sin su presencia. Fue repentino. Estuvo internado. Él fue el primero en usar las Posco. Tenía unas Bonus marrón con la suela alta, de las primeras que hicimos. Las usaba siempre porque le resultaban cómodas. Cuando falleció, sus Posco quedaron debajo de la cama del hospital. Ahora las atesoré yo.

¿Cómo se dio lo de Macri?

Un día lo vi en una entrevista televisiva hablando sobre sus zapatos. Observé que usaba este tipo de zapatos. Se las mandé junto con una carta que básicamente decía mi intención de que Posco lo acompañara. Le sugería que sería fantástico que el Presidente usara productos diseñados y fabricados en la Argentina, que eso representaría un gran apoyo a los emprendedores. Bueno, parece que le llegó la caja con mi carta y se las puso. El impacto fue terrible, mucho más de lo que yo esperaba. Me empezaron a llamar de todos los medios, salí en el diario, en la radio, en la tele.

Ya viste las Posco en los pies del Presidente de la República Argentina. ¿Dónde te gustaría ahora ver un par de Posco?

Si te referís a una vitrina, en el Museum of Modern Art (MoMA), con los guantes de mi abuelo al lado y los tejidos de mi abuela. Pero ese es un proceso que lleva mucha energía y necesito focalizarme en otra cosa. Nuestro objetivo es la expansión en Sudamérica. Quiero que sea un producto universal.

Me gustaría que Posco esté presente en los aeropuertos, que sea un producto que le resuelva el calzado al tipo que viaja y que se cargue en la valija un par de Posco, que le sirvan para hacer turismo y, al mismo tiempo, para acompañar un traje en una reunión. Que su kit de viaje sea un impermeable, dos candados, sus documentos y un par de Posco.

¿Qué es Posco para vos?

POSCO es para los emprendedores, para los que se ensucian las manos.

POSCO es un amuleto que te acompaña.

POSCO es para los que salen a comerse la cancha todos los días, para los que generan impacto.

POSCO es nobleza, ganas, espíritu y garra.

POSCO es mi abuelo, mi abuela.

Eso es lo que tratamos de transmitir.