Para el ex Ministro de Economía Roberto Lavagna, la clave para el desarrollo y el progreso de la Argentina está en generar un cambio cultural profundo en nuestra sociedad. “Es hora de que el futuro se convierta en presente”, afirma.

Pensativo, mirando por el balcón de su oficina ubicada en la calle Carlos Pellegrini, se encuentra Roberto Lavagna, economista de profesión y ex Ministro de Economía y Producción de la Argentina. Desde allí, tiene una panorámica completa de la principal arteria de Buenos Aires, la avenida 9 de Julio. Es difícil mantener la vista fija desde ese privilegiado rincón. Los automóviles y transeúntes forman un cuadro vertiginoso, fiel a la velocidad que viven día tras día los porteños. No obstante, y de forma inesperada, sus ojos se vuelven un segundo hacia donde estamos nosotros, parados a unos metros detrás de él. Nos saluda y, con un gesto amable, nos invita a pasar a una sala de reuniones para iniciar nuestra entrevista.

Hay mucho para descubrir de Roberto Lavagna. Si bien gran parte de su carrera se ha gestado en el sector privado, es indudable que su aporte al desarrollo económico del país, en un momento tan difícil y especial como lo fue la crisis vivida en 2001, dejará su nombre marcado para siempre en la historia de la Argentina. Nacido hace 72 años en Buenos Aires y criado en el corazón de una familia de clase media, desde muy pequeño supo que el esfuerzo y la dedicación eran la clave para surgir en la vida. En 1967 recibió la licenciatura en Economía Política en la Universidad de Buenos Aires y obtuvo una beca de estudios en la Universidad de Bruselas. Allí conoció a Claudine Marechal, una estudiante belga de Psiquiatría con la cual se casó en 1970 y tuvo tres hijos: Sergio, Marco y Nicolás. Su inagotable accionar, tanto en el sector público como en el privado, no fue en vano: en 2006 recibió un Premio Konex en reconocimiento de su trayectoria durante la última década en Desarrollo Económico.

Sin duda estamos frente a una de las personalidades del mundo político y empresarial más importante de la Argentina de los últimos 15 años. Y ese momento lo quisimos aprovechar… 

Tengo entendido que su padre se dedicó a la industria gráfica, un rubro totalmente diferente al que se ha dedicado usted. ¿De dónde proviene entonces esta vocación por los números y la economía?

Mi padre fue tipógrafo y luego empresario gráfico. Como muchas personas de nuestro país de fines de la década del 40, no tenía una preparación universitaria, pero añoraba con entusiasmo que sus hijos sí la tuviesen. En ese momento, fruto de la reforma universitaria impulsada por Risieri Frondizi como Rector de la UBA, se lanza un conjunto de nuevas carreras, entre ellas, la de Economía. Fue así que decidí probar por esa opción, y acá estamos.

¿Cómo fueron sus primeros acercamientos con el mundo de la política? ¿Hubo algún hecho especial en su vida que gatillara esta inquietud?

Nunca me dediqué de lleno a la política. Al menos, no a la política partidaria. El grueso de mi vida profesional se produjo estrictamente en el sector privado, con algunas incursiones en política. Primero, siendo muy joven, en el segundo Gobierno de Perón, y luego, en el de Raúl Alfonsín. Posteriormente, a partir de la crisis de 2001, en un intento de dar una mano, trabajé para la administración de Eduardo Duhalde, y después durante la primera etapa de Néstor Kirchner. Pero como siempre digo, el grueso de mi actividad ha sido estrictamente en el campo privado.

¿Y qué fue lo que lo hizo pasar de este campo estrictamente privado al público?

Es muy interesante que la gente tenga esta doble experiencia. Hay países como los Estados Unidos donde hay una gran fluidez entre los cargos públicos y el sector privado, y eso da una perspectiva distinta. Los privados a veces no entienden las motivaciones más esenciales y las obligaciones de quien gobierna, y a su vez, quienes solo trabajan para el sector público terminan encerrados en un mundo que tiene poco que ver con lo que debe ser una economía de organización capitalista y con el funcionamiento de los mercados. Entonces, de uno y del otro lado, se pierde una gran riqueza en términos de comprender la realidad. Creo que una de las características que tuvo la gestión del año 2002, saliendo de la crisis del derrumbe de la convertibilidad, fue quizás que el equipo tenía una experiencia público/privada.

EL CASO ARGENTINO

Al igual que muchos argentinos, usted creció en el seno de una familia de clase media trabajadora. ¿Qué diferencia ve entre esa clase media y la de hoy?

Veo una enorme diferencia. A veces las cifras resumen las cosas mejor que mil palabras. En 1974, la Argentina tenía un 4% de su población debajo de la línea de la pobreza. En este momento, estamos en un 28%. Esto es un cambio social de una enorme magnitud. A partir de mediados de la década de los 70, ha habido un proceso descendente muy fuerte. No solo hay más pobres, sino que la dinámica social también se ha visto afectada. Incluso la clase media, que en muchos casos está al límite, casi sobre la línea de pobreza. Cualquier proceso recesivo o inflacionario, o ambas cosas a la vez, lo que hacen es empujar un montón de gente debajo de la clasificación de clase media y, en muchos casos, debajo de la línea de la pobreza.

¿Ese fenómeno lo ha visto solo en la Argentina o es una tendencia que ha podido apreciar en toda Sudamérica?

El caso de la Argentina es muy particular, porque históricamente siempre tuvo una ventaja respecto del resto de Latinoamérica muy marcada, en términos de las características de su sociedad. Quizás la única que se le parecía en términos de estructura y movilidad social era Uruguay. Pero sin duda ha sido un fenómeno que se ha generado con mayor fuerza en la Argentina, haciéndonos perder en relación con el resto de América Latina.

Esto que comenzó hace 40 años ¿a qué se debe: a una mala gestión administrativa, a un partido político?

No, no pasa por un partido político. Hay momentos en el que las crisis se agravan particularmente. Pero en general, los procesos han abarcado también partidos de distintas ideologías. Hay un Premio Nobel de Economía, Simon Kuznets, que decía que en el mundo hay cuatro clases de países: los desarrollados, los subdesarrollados, Japón y la Argentina. Japón, porque sin tener recursos naturales logró ser un país de alto crecimiento y desarrollo; y la Argentina, todo lo contrario, porque teniendo todo en materia de recursos naturales –incluso de recursos humanos–, entró en un proceso que es cultural (pero que también es político) de deterioro del cual nos ha costado mucho salir.

EL VALOR DE LA RSE

¿Se considera socialmente responsable?

Eso prefiero que lo digan los otros. Pero creo que sí. Estoy muy agradecido con la gente, porque en la Argentina no es muy frecuente que los Ministros de Economía, y menos aquellos a quienes les tocó cabalgar a través de una crisis heredada, reciban tantas muestras de cariño y de aliento. Han pasado varios años desde que fui Ministro, y la gente en la calle aún me sigue saludando afectuosamente. Lo que me demuestra que lo que hicimos durante ese período (2002-2006) fue muy apreciado.

¿Qué opina sobre las acciones de RSE que se llevan adelante en la Argentina?

Me parece una evolución muy positiva y que tenía que darse. Hemos entendido que debemos ser socialmente responsables, solidarios. No obstante, no hay que quedarse en las acciones de carácter micro, por así decirlo, sino que también hay que aportar desde lo macro, animándose a mostrar responsabilidad social respecto de los problemas globales del país. Hay que animarse a enfrentar flagelos de la sociedad tales como la corrupción. Hay muchas empresas que optan por seguir la corriente del Gobierno de turno. Por supuesto que también hay muchas otras que no. De todas maneras, los problemas globales del país no son solo responsabilidad de los empresarios, sino también de los sindicatos, de los partidos políticos, de las instituciones, etc. Lo que quiero decir es que ninguna acción micro, por muy buena que sea, cubre los errores cometidos en términos de haber sido excesivamente concesivo con los poderes de turno.

¿Cuál vendría a ser entonces el rol del sector privado en el desarrollo de la sociedad?

Yo creo en un capitalismo, en un capitalismo competitivo, de mercado, y, en consecuencia, el peso y el papel que tienen los empresarios es enorme. Afortunadamente, la Argentina cuenta con un enorme potencial. No solo en recursos naturales, sino también en capacidad humana. Con todas esas bondades, uno dice: “Este país posee un gran futuro”. El tema es que algún día debemos dejar de tener futuro y empezar a tener presente. Hace muchos años que venimos teniendo futuro, pero el futuro no llega nunca. Si no, no estaríamos hablando del deterioro relativo. Por eso, es hora de que el futuro se convierta en presente.

Teniendo en cuenta esta necesidad de materializar el futuro y volverlo presente, ¿cuál vendría a ser hoy la necesidad más urgente del país?

Muchas veces la economía actúa como dominante, pero no es así. No es solo la economía. Como anécdota, el día que asumí como Ministro de Economía en 2002, después de haber jurado nos reunimos en la Quinta de Olivos junto con los gobernadores y los representantes de todos los partidos políticos. Ahí dije dos cosas, la más importante pasó desapercibida. La primera fue muy importante en términos de apoyo político. Mientras que la segunda tuvo relación con cómo debíamos hacerle frente a la crisis. En esa ocasión dije: “A un Ministro de Economía, cualquiera sea, se le ofrecen muchas alternativas técnicas, entre las cuales tiene que elegir una. Nosotros vamos a elegir de la siguiente manera: ninguna alternativa técnica, por correcta que sea desde el punto de vista técnico para resolver un problema, va a pasar el filtro si socialmente implica empeorar la situación social. Todo va a pasar por un filtro técnico, económico y social”. Y ese criterio, lo social, no puede estar ajeno al filtro cuando se toman decisiones económicas.

LOGROS Y PROYECTOS

¿Cuáles considera que fueron sus principales logros como Ministro de Economía?

Cuando asumimos, todos los pronósticos locales e internacionales indicaban que la recuperación de la Argentina iba a llevar entre 10 a 15 años. Cosa que no es para nada extraña. En Grecia van por el octavo año de recuperación y todavía les falta bastante para llegar solamente a donde estaban antes de la crisis. Había que tomar la decisión de hacer las cosas de manera distinta. La Argentina es uno de los países del mundo con más programas de ajustes con el Fondo Monetario Internacional (FMI). Casi todos fracasados. Nos enfrentamos a una situación donde el FMI tenía su plan económico y creo que tuvimos la capacidad de decirles que no. No fue un camino fácil. Pero logramos que en ese período crítico, entre 2002 y 2006, la Argentina llegara a crecer hasta en un 9%. Eso no ocurría desde hacía mucho tiempo. Y se hizo con sustentabilidad, con cifras récords y superávit fiscal, con inversiones y con la creación de empleos que finalmente ayudaron a sacar a nueve millones y medio de personas de la pobreza. De tal manera que, sin discursos, logramos generar un crecimiento sostenible.

¿Se quedó con ganas de generar algún otro cambio?

En su momento, presentamos un proyecto que significaba una rebaja de impuestos muy fuerte, sobre todo impuestos al trabajo. Fue aprobado por una sola cámara y en la otra quedó trunco por la modificación del equipo. Otra cosa fue que habíamos creado un fondo anticíclico, pensando en que la economía siempre tiene algún momento de debilidad. Chile lo anunció dos semanas después que nosotros. Ellos juntaron en pocos años 22 mil millones de dólares. Acá, con el cambio de equipo no se hizo. Me hubiera gustado mayor continuidad en este tipo de proyectos.

¿Considera que la nueva generación de políticos traerá cambios en cuanto a valores y concientización por el bien común?

No. Y no porque sean peores, sino porque simplemente no son mejores. Son iguales. Cuando uno ve políticos más jóvenes que mienten descaradamente intentando conseguir una banca o que van a un programa de baile de televisión para conseguir un poco de notoriedad, digo: “Ni son peores ni son mejores”.

¿Qué situación lo desvela?

Cuando un hijo viene y te pregunta “¿cuánto más va a durar esto?”. Pero no por este Gobierno en particular, sino por “esto” que se repite durante 40 años.

Eso sería la incertidumbre…

Te diría que es más la certidumbre de que si no cambiamos, esto continuará, y entonces dentro de 20 años alguien tendrá que explicar nuevamente el “por qué” de esta constante debacle que vive la Argentina. Hay que trabajar contra un problema cultural.

EXTENSA TRAYECTORIA

La carrera de Roberto Lavagna ha estado marcada por su participación en algunos de los organismos públicos y privados más importantes del país. Entre 1973 y 1974 fue Director Nacional de Política de Precios de la Secretaría de Comercio y Director General de Política de Ingresos en el Ministerio de Economía. En el sector privado ejerció la presidencia del directorio de la siderúrgica “La Cantábrica” y del Instituto de Economía Aplicada y Sociedad (IdEAS), además de ser socio fundador de Ecolatina en 1975, en donde se mantuvo hasta el año 2000. Fue Subsecretario de Coordinación y Política de la Secretaría de Obras Públicas y Transporte en 1975, y Negociador Jefe de los Acuerdos de Integración Argentina-Brasil en 1986 y 1987. También fue Secretario de Industria y Comercio Exterior de la Nación entre 1985 y 1987 durante el Gobierno de Raúl Alfonsín. Entre 2000 y 2002 fue embajador extraordinario y plenipotenciario ante los organismos económicos internacionales (Ginebra) y ante la Unión Europea (Bruselas). En 2002 fue designado Ministro de Economía y Producción por Eduardo Duhalde. Siguió en el mismo cargo durante el Gobierno de Néstor Kirchner hasta fines de 2005.