Conductor de tele, radio y eventos, y ahora también empresario, en cada escenario donde se mueve Julián Weich ve una oportunidad para transmitir un modo de pensar y de vivir.

En los primeros días de diciembre, desde hace siete años, luego del balance anual se procede a la donación de la mitad de lo ganado. La acción, poco habitual, es la razón de ser de Conciencia, la marca fundada por Julián Weich, el nuevo canal que encontró para hacer un aporte a la sociedad. El actor y conductor, por sobre todas las cosas, es un hombre que se siente llamado a la acción, con una misión que cumplir, con un mensaje
que enviar, y aprovecha todo espacio y oportunidad para hacerlo. “Mi trabajo es uno solo y ocupa todo lo que hago. No lo tengo dividido. Mi trabajo soy yo comunicando y tratando de comunicar de la mejor manera, con las mejores intenciones y dando los mejores mensajes. Después, si lo hago en un programa de televisión, en un sorteo de una empresa, vendiendo agua con mi marca o conduciendo un evento empresarial, cambia la forma, pero no el mensaje. Cada vez que estoy frente a una cámara o un micrófono, siento la responsabilidad de decir algo que ayude. En la temática que sea y de la manera que sea, pero lo siento como una responsabilidad, algo que tiene que ver con mi propósito y con mi misión. Por eso no discrimino en qué momento estoy trabajando y en qué momento no. Por ahí la diferencia puede ser que algunas cosas me las pagan y otras no, pero para mí es todo lo mismo. Es mi ocupación”.

Conciencia es una extensión de esa idea…

Sí, mi propuesta es hablar de un capitalismo consciente. El capitalismo no es malo. O sea, es malo si el que gana mucha plata no la comparte, no la distribuye, no la sabe utilizar. Pero si vos sabés utilizar la plata, es maravillosa, se logran un montón de cosas. Yo considero que no está mal ganar plata, sino que hay que aprender a usarla bien, por eso
esta empresa dona la mitad de lo que gana. Empezamos siendo un agua y ahora somos agua, tomate, arroz, pastas, cepillos de dientes, estamos sacando pinturas, bicicletas eléctricas… Estamos creciendo muchísimo. Y, sobre todo, le estamos mostrando a
la gente que hay muchas maneras de ayudar, infinitas tas formas de ser solidario, que no es ninguna otra cosa que estar atento al otro. No hace falta ser Sai Baba ni el Papa Francisco, ni Jesús ni un iluminado, sino un ser humano que pasa por este mundo con
la idea de dejarlo un poquito mejor o igual a como lo encontró. Pero no peor. No concibo la idea de dejar el mundo peor de lo que lo encontré, no me cabe en la cabeza.

¿Qué entendés por “responsabilidad social”?

Para mí es que todo lo que hagamos en forma privada o particular tenga impacto en la sociedad de forma positiva. Uno no puede hacer las cosas pensando en que no molesta a nadie, que no se entera nadie o que no importa. Todo importa y todo tiene que ser tomado en cuenta.

¿Crées que el concepto está extendido en la sociedad argentina?

No, creo que en general no, porque todo el mundo en la Argentina se quiere salvar y piensa en forma individual. Pero me parece que las empresas son las que más impacto pueden causar con el tema de la responsabilidad social. Si yo no reciclo mi basura, está mal, pero si las grandes fábricas, las grandes productoras de alimentos o de lo que sea no tienen
responsabilidad social, el impacto negativo es peor, más rápido y causa más daño.

¿Hay una mayor conciencia de parte de las empresas?

Sí, en general las empresas tratan, pero porque se lo reclama el particular, el consumidor. Ya no es que no le importa a la gente, pero todavía falta que todos estemos comprometidos.

Participás de muchas campañas solidarias, ¿qué debe tener una iniciativa para convocarte?

Voy un poco en contra del asistencialismo, aunque entiendo que hace falta, pero generalmente las ideas tienen que ser sustentables y, sobre todo, estar llevadas a cabo por gente que piensa bien, que tiene realmente el deseo de ayudar y que no lo está haciendo por otro motivo más que ese. Cuando me dicen “Un tipo va a correr de acá a Ushuaia para
juntar plata”, me parece que eso es satisfacer su ego personal, es sacrificarse, mostrar que es Superman. Esas cosas a mí no me cierran tanto. Entiendo el deseo personal, individual, de hacerlo, pero prefiero cuando son organizaciones, porque son las que se sustentan en el tiempo. En una organización son muchos, y si un día no está uno, está el resto. En cambio, en esas actividades unipersonales, el día que no estás se acabó la ayuda. Entonces me fijo
que detrás de una iniciativa haya una organización que ya lleve tiempo haciendo lo que está haciendo, porque generalmente son los que más saben hacer las cosas. Es muy importante acercarse a las fundaciones… Hay 150 mil en nuestro país, y necesitan
que la gente se sume, no que abran otras nuevas.

Solés repetir esto último, que muchos no comprenden que ya están los lugares que ayudan y piensan en crear nuevos.

Ya existen todos. Lo que pasa es que cada uno se despierta un día pensando que su fundación va ser mejor que la del vecino y que tiene mejores ideas y que los demás no entienden nada. Otras veces, por cuestiones personales: se te muere un familiar de
leucemia y armás la organización de la leucemia, ¿cuántas hay? Lo que pasa es que cada uno no tiene que esperar a que le pase algo para darse cuenta de que alguien lo necesita. Es como donar sangre: vos no podés esperar a tener un familiar internado para darte cuenta de que alguien necesita sangre. La sangre la necesitan hoy, ya, miles de personas, ¿por qué tenés que esperar a que un familiar tuyo caiga en desgracia para darte cuenta de que hacen falta donantes de sangre?

¿Cuáles son las temáticas que más te interesa apoyar?

Todas las que tengan un bien común como objetivo. Y un sentido común a la hora de hacerlas. Te pongo un ejemplo bobo: “Vamos a inflar globos para reclamar por la sustentabilidad del planeta”… Es el elemento más contaminante que hay, es contradictorio.
Es solo un ejemplo, porque a veces las campañas que hacen algunos son contradictorias. O darle de comer a una persona en un lugar y después no verla nunca más… ¿Por qué la abandonás? Para mí el verdadero efecto positivo se logra cuando vos sos consecuente con una causa, con un lugar, con una familia, con un barrio, con una institución. Algo. Lo que hay que hacer es mantener los vínculos entre quien da y quien recibe, porque es más importante el vínculo que lo que vos das.

Hace más de 25 años que sos embajador de Unicef. ¿El acercamiento de ellos te abrió inquietudes? ¿O esas inquietudes ya estaban desde antes?

Las potenciaron. Yo hace 28 años que soy embajador de Unicef, hace casi siete que tengo mi propia marca, Conciencia, hace 35 años que trabajo en televisión y siempre tratando de tener impacto social en lo que hago, conduciendo eventos, juntando plata, promoviendo campañas de bien común. Para mí todo lo que me fue pasando en la vida me fue potenciando, me fue enseñando. Pero no es que se me activó la solidaridad un día porque me llamó Unicef o porque fui a donar sangre. A mí todo se me fue potenciando. De hecho, ser conductor de televisión me fue potenciando para que mi palabra o mi voz en un medio tenga un sentido un poco más amplio que solo ganar rating, plata o prestigio. Siempre tenía que tratar de lograr un fin más allá del propósito que tenga que ver con mi misión.

¿Cómo fue el descubrimiento de tu misión?

Es un proceso. Te das cuenta de que llegás a un lugar en tu vida en el que te sentís cómodo y entendés que estás haciendo lo que tenés que hacer. Cada uno tiene la suya. Es muy importante cuando uno encuentra su misión en la vida, porque es el lugar más cómodo donde uno puede estar, en donde el dinero empieza a tener otra importancia, en donde todo tiene un mismo sentido. O sea, no hay nada más importante que otra cosa, todo se nivela para bien en un mismo plano, porque uno siente que está haciendo lo que corresponde. Por ejemplo, vos durante tu infancia o adolescencia probablemente fuiste a
miles de fiestas a las que no querías ir; de pronto, a los 40 o 50, solamente vas a las fiestas que te gustan. Ahí decís “Está buenísimo, la verdad que estoy mucho más cómodo”. La misión es más o menos lo mismo: uno cuando es joven hace de todo, prueba de todo, no sabe dónde ir, pero va; y, de pronto, encontrás un lugar donde decís “Quiero hacer esto,
de esta manera”, y todo se va encauzando para que te pase. Y la verdad que es un lugar divino, de mucho placer, de mucha satisfacción.

Una cosa es descubrir la misión y otra es hacerse cargo de esa misión…

No, es que una cosa es el propósito y otra es la misión. Vos podés descubrir tu propósito, pero recién cuando acciona es que se transforma en misión. Porque tu propósito puede ser mental: “Tengo ganas de…”, y se queda en tu cabeza. Pero cuando vos actuás sobre la base de esas ganas, el propósito se vuelve misión y es el paraíso.

En todo este tiempo que llevás trabajando con lo social, ¿creés que el mundo está mejorando, sigue igual o empeora?

Todos los días de mi vida siento que estoy cambiando el mundo, pero nadie lo va a comprobar jamás. Yo vivo así, sintiendo que hago cosas buenas. Una persona me puso por Instagram que donó sangre porque me escuchó en una charla. Cuando leo eso, digo “Ya está, cumplí mi misión”. Mi misión no es que los 44 millones de argentinos donen sangre,
porque sería una utopía, una locura, una cosa irreal. Si yo logro que uno done sangre, ya está. Obviamente que ese uno es por un momento, en un día, y al día siguiente será otro. Cuando uno está encauzado en su misión, por lo menos a mí me pasa, no te alcanza, nunca llegás a completarla. Siempre te falta, siempre hay más desafíos y siempre hay
mucho por hacer. El bien común nunca se llega a satisfacer, y si bien cada vez hay más gente pensando en el otro, todavía somos minoría. O por ahí hay muchos que piensan, pero pocos que hacen. Yo soy de los que manda a hacer a todo el mundo algo, no
me importa cuánto, el tema está en hacer.

En marzo, cuando llegó la pandemia, había una especie de consenso en que esto nos invitaba a reflexionar y que íbamos a salir mejores, pero se fue diluyendo y la gente volvió a sus viejos vicios una vez que se amoldó…

Sí, yo creo que de todos los que se despertaron algunos se volvieron a dormir, pero otros quedaron despiertos en cuanto a lo social. A mí en lo personal no me pasó nada con la pandemia, más allá de quedarme en mi casa y hacer todo lo que tenía que hacer, porque ese concepto de estar pensando en el otro lo vengo sosteniendo hace un montón. Entonces
no era una novedad para mí. Sí me pasó que mucha gente, que se despertó con esa novedad, me llamó para pedirme ayuda o para consultarme, o para contarme proyectos. La verdad que fueron muchos los que estaban despertándose. No sé cómo va a seguir el grado de conciencia de la gente, pero que el mundo ya cambió, cambió. No va a ser el
mismo de antes.

Sos muy crítico respecto de la televisión, ¿cómo la ves actualmente?

No me gusta con respecto a lo que era antes, creo que se degradó mucho. Así como la sociedad está degradándose y la crisis que estamos viviendo es una crisis moral, fomentada, apoyada o desatada por la económica, me parece que en la televisión hay bastante degradación. Antes, para estar en televisión, debías tener algún valor, algún talento, tenías que ser distinto, pero por lo bueno que eras en algo. Hoy no, hoy en la televisión está el que hace rating. Después, puede ser bueno, malo o más o menos, pero lo que más les preocupa a los canales es hacer rating. Como son empresas, quieren no perder plata, y eso está bien, no digo que tengan que perder, pero hay cosas con las que yo no transo. A mí no me sirve un periodista que diga malas palabras, la agresividad de algunos conductores, meterse en la vida privada de la gente simplemente por hacer rating. No le encuentro un fin social, un sentido. Hace muchos años que la televisión está un poco más
pobre –y me incluyo porque soy parte de ella–.

Muchas veces se dice “Es lo que la gente ve”…

Esa es la manera más berreta de esquivar el bulto, es como estacionar mal porque todos estacionan mal o tirar un papel fuera del tacho porque todos lo tiran fuera del tacho. ¿Cómo van a decir que es lo que la gente quiere ver? Es una burrada eso. Si yo pongo una película porno a las nueve de la noche, va a hacer 20 puntos. ¿Es lo que la gente quiere
ver? No, es lo que vos le das. Las personas no apagan la televisión diciendo “No hay nada para ver”, la miran igual, sobre todo si están lejos de las capitales. Es muy fácil decir “Es lo que la gente quiere ver”, porque eso te saca la culpa de lo que estás haciendo.