Una simple herramienta de teléfono celular permite la comunicación de personas discapacitadas en todo el mundo. La creó Mateo Salvatto, un joven que quería ayudar a un amigo sordo. La historia de Háblalo y su viralización solidaria.

Mateo Salvatto siempre quiso hacer cosas diferentes o “ser una persona fuera de la caja”, según las palabras que utiliza. En la adolescencia aprendió robótica y se destacó en ella. Tanto que consiguió ganar competencias nacionales e internacionales. En el último tramo de la secundaria, descubrió el desarrollo de aplicaciones, y en el verano posterior a terminar los estudios comenzó a trabajar en una herramienta para ayudar a personas sordas. En poco tiempo logró la comunicación de más de 67 mil personas en todo el mundo que padecen distintas discapacidades y creó una empresa de proyección internacional. Lo más sorprendente es que Salvatto cumplió 20 años en enero.

¿La aplicación Háblalo surgió cuando terminaste la secundaria?

Exacto. Tenía una materia en el último año que era Programación de Aplicaciones, y me llamó mucho la atención la idea de poder hacer una app, pero no sabía para qué. Me di cuenta de que toda la tecnología que habíamos aprendido en la escuela se podía aplicar de alguna manera para ayudar a alguien. Me crie con personas sordas, porque mi mamá es profesora de sordos e intérprete de lengua de señas. Terminé la secundaria y en ese verano, antes de empezar Ingeniería, con las herramientas que aprendí en la escuela, pensé en hacer una app, simplemente para probar…

¿Cómo la desarrollaste?

La primera versión era muy básica. Yo digo siempre: no soy del palo del software, sino del hardware y la electrónica. Programé una versión muy básica para probar qué pasaba y empezó a ser usada por muchos. Le puse “Háblalo” por un amigo sordo, Fernando. Un día le digo: “Che, si yo te doy en el teléfono una interfaz fácil de usar: vas a una farmacia y escribís lo que querés, el teléfono lo dice en voz alta y el farmacéutico lo escucha, y cuando responde lo que cuesta, vos lo leés automáticamente subtitulado en tu pantalla, sin que necesites 4G, ¿te sirve?”. “Sí, está buenísimo”, me respondió. La programé y se la di. Era un proyecto para amigos, nunca se pensó como emprendimiento. Era reconocimiento y transformación de voz a texto y adaptada a personas con discapacidad y sin Internet –que es el diferencial, porque la mayoría de los servicios precisa conexión–. Fernando la empezó a usar, la compartió con amigos y en la comunidad sorda se empezó a ser bastante viral. Y así nació el proyecto. A los ocho meses me entrevistaron en vivo por Todo Noticias, y eso nos trajo como 5000 descargas en 20 minutos (estaba alojada en Play Store). Ahí hice el clic y dije “Tengo que poner más esfuerzos; cambiar de carrera (de Ingeniería Biomédica a Analista de Sistemas) para dedicarle más tiempo a este proyecto”, y ahí empezó a crecer.

¿El concepto de RSE sería ayudar a las personas con discapacidad?

A cualquier persona en una situación vulnerable, no solo de discapacidad. Si vos agarrás a un pibe en situación vulnerable y lográs educarlo en robótica, no es ciento por ciento seguro, pero es probable que lo puedas sacar de un contexto malísimo que es muy perjudicial para él a través de una educación repiola, jugando con un robot, aprendiendo cosas para el futuro. El pibe puede terminar siendo programador en una compañía. Eso también es inclusión social, que tenemos que empezar a fortalecer, y son distintos focos y puntos de vista para lo mismo, que es generar diferentes tipos de oportunidades para las personas vulnerables.

¿Con la edad que tenés, cómo viviste todo este crecimiento vertiginoso?

Es difícil, raro, porque venís con toda la inercia y es muy difícil frenar. Es como una maratón que no podés parar de correr. El año pasado, ganamos en Beijing el Mejor Proyecto Social del Mundo por la Universidad de Pekín, y el MIT nos reconoció como la Aplicación Humanitaria del Año para Latinoamérica. Fui a dar un pitch a una universidad de China donde nunca me imaginé estar, y nos reconocieron entre 1700 proyectos. Es mucho, pero uno ni se frena a pensarlo. Obviamente festejé y estuve contento, pero llegás a Buenos Aires y a laburar de vuelta. Como que nunca te conformás. Nosotros asistimos a 67 mil personas con discapacidad, pero nuestro potencial son 400 millones. Estoy muy contento de lo que hemos logrado y me voy a dormir feliz todos los días, pero siempre pienso que está buenísimo lo que hacemos y hay que seguir haciéndolo. No te podés detener en ningún momento. Hay 67 mil afortunados que lo tienen, pero existen otros 300 y pico de millones que también lo quieren.

¿Qué repercusión fue la que más te conmovió?

Probablemente la de Andy de dar una clase en la universidad y sacarse un diez. Para todos es fuertísimo, pero siempre menciono a Juan Galera, un chico con parálisis cerebral de Mar del Plata de 14 años que a los 13 pudo por primera vez ir a comprar un sanguchito a la panadería y fue el primer usuario con parálisis cerebral que conocimos. Lo muestro en todas las charlas. Ese tipo de testimonios matan a nivel positivo y demuestran que lo que hacemos es importantísimo. O Maitena, que tiene Cornelia de Lange y se comunica con la familia. O Juan en San Pedro de Jujuy, que se comunica con la abuela gracias a la aplicación. Pero hay 67 mil historias. Y por todas ellas, cuando te vas a dormir, pensás: “Vos podés ofrecerme un cheque de un millón de dólares, pero este proyecto no me lo vas a sacar de las manos”.