Licenciada en Ciencias Políticas y comprometida con la res (cosa) pública, Graciela Ocaña no se pregunta el porqué de las cosas, sino el para qué de su trabajo; y ahí es donde pone todas sus energías desde la Legislatura porteña.

El edificio de la Legislatura porteña es un espacio emblemático, delicioso en sus destellos de arquitectura, pero laberíntico y algo oscuro. Un elevador jaula con ascensorista estable te lleva y te trae ahorrándote todo tipo de esfuerzo físico. Pero para ello, primero hay que encontrarlo. En el primer piso, luego de girar a diestra y siniestra por los pasillos, bajar y subir algunos desniveles, como siguiendo el camino delineado por una hormiguita viajera y trabajadora, uno finalmente encuentra el despacho de la Licenciada Graciela Ocaña. Allí está ella, igualita a la que cualquiera intuye en la foto del diario o en la pantalla del noticiero: bajita, enérgica, sumamente cordial, con una voz aflautada que expresa con total firmeza cada una de sus ideas. Sobre una de las paredes de su oficina, una gigantografía de Evita; sobre otra, una pequeña caricatura dibujada en marcador negro que la presenta como una hormiga superpoderosa con cuatro manos, dos antenitas y un escudo del PAMI en el pecho; lejos de aparecer amenazadora, da la imagen carismática de la Hormiga Atómica. Cerquita de su escritorio hay una tele encendida sin volumen, como si le estuviese susurrando a puras imágenes lo que está pasando minuto a minuto en la sociedad. En la antesala, atentos a cualquier visita o al llamado de su líder, se aprontan tres colaboradores dispuestos a asistirla en sus cruzadas.

Graciela Ocaña parece ser una de esas personas que no se olvidaron de sus orígenes. No me pregunten por qué, pero es la sensación que da cuando comienza a hablar, cuando la acentuación, los tonos y las miradas van delineando un bagaje de melancolía por los valores que heredó de su entorno familiar. Una historia dura que nos permitirá comprender el afán con el que buscó cambiar la realidad del PAMI durante su gestión.

Su madre falleció al dar a luz a su hermano, cuando ella tan solo tenía cinco años. Su padre no pudo resistir esa durísima situación de quedarse viudo con dos hijos pequeños y confió el cuidado de ellos a sus suegros, dos inmigrantes españoles corridos por la miseria del Viejo Continente que encontraron en San Justo su lugar en el mundo. Allí, en el corazón de La Matanza, su abuelo jardinero trabajaba en una quinta y le profesaba el amor por los aromas de las frutas y las verduras de verdad, de las que ahora ya no se consiguen con facilidad. Su abuela analfabeta fue su norte, el alma de un hogar en el que los dulces se hacían caseritos y con amor. Desde temprano en su vida, Ocaña se sintió atraída por la cosa pública y se apuntó a la carrera de Derecho, la cual abandonó para cursar la Licenciatura en Ciencias Políticas en la Universidad Kennedy, en aquellos tiempos durante los cuales la Dictadura había metido la cola en las aulas de la UBA. Época en la que ya no tenía a sus abuelos y tuvo que salir a jugar las cartas que le había barajado el destino. Comenzó a trabajar en comercio exterior y a militar en política. En 1989 se graduó. Fue docente en el Instituto Nacional de la Administración Pública (INAP) y en la carrera de Formación de Dirigentes Políticos de la Escuela de Gobierno, entre 1996 y 1999, mientras asesoraba a los diputados nacionales Carlos Alberto Álvarez y Darío Dalessandro. Fue precisamente en 1999 cuando alcanzó una banca como diputada nacional, lugar en el que cargó las tintas como integrante de la Comisión Investigadora de Lavado de Dinero y de la Comisión Investigadora sobre Fuga de Capitales en la Honorable Cámara de Diputados de la Nación. Hasta allí, una Graciela Ocaña. Luego de ello, en 2004, llegó su oportunidad de recuperar parte de su historia, reencontrarse con el aura y las necesidades de aquellos abuelos que la protegieron, la educaron y le inculcaron valores. Asumía como Directora Ejecutiva del PAMI y se ponía al frente de una cruzada que tendría como objetivo acabar con las mafias internas del organismo y llevarles a los jubilados un mejor nivel de vida. Muchas batallas ganadas, otras no, pero fue una gestión valiosa en cuanto a la entrega personal que puso en ella. Tres años más tarde, la convocaron para tomar las riendas del Ministerio de Salud, y allí marchó. Su paso por el Ministerio le dejó un sabor agridulce, pues quizás no contó con el tiempo suficiente para gobernarlo. Fue nuevamente diputada nacional en el período 2011-2013 y actualmente es legisladora por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Desde hace años, forma parte de la Fundación Confianza Pública, una institución donde se impulsan proyectos para fortalecer la gobernabilidad y promover la transparencia, las buenas prácticas y la responsabilidad social de instituciones públicas y privadas.

Fue Lilita Carrió quien le puso de sobrenombre “La Hormiga”, en referencia al esfuerzo y la dedicación con la que Graciela Ocaña afrontaba cada desafío; esa pasión con la que vive la política, entendiéndola como un espacio de acción y no de posicionamiento personal. Es ella quien se cuestiona el para qué en lugar del porqué. Es interesante, pues suele ser la pregunta de cabecera de quienes han perdido en algún momento de su vida a un familiar muy querido. Es en ese para qué en el que se buscan las respuestas a los hechos acontecidos, el propulsor de las acciones más valiosas y las reflexiones más profundas. Ocaña se pregunta a diario para qué hace política, y en su propia respuesta encuentra el motor de cada una de sus acciones: mejorar la calidad de vida de las personas.

En su libro Política, Aristóteles definía al zoon politikón, ese “animal político” o “animal cívico” que ganó trascendencia como la manera más acabada e ilustrada de lo que vendría a significar la manera en que el ser humano afronta sus relaciones sociopolíticas. ¿Podría usted darme su propia descripción del “ser político” contemporáneo?

Para mí la política tiene que ver con mejorar la calidad de vida de las personas. Una persona política es aquella que trabaja en ese sentido. Cuando me nombraron Directora del PAMI, significó para mí reencontrarme con mis propios abuelos fallecidos, acercarme a un sector de nuestra sociedad muy necesitado, y en todo momento busqué, a través de mi trabajo, mejorar la vida de esas personas. El político no debe estar al servicio de su propio ego o de su enriquecimiento personal, sino de un objetivo social. Siempre pretendí ser recordada como esa chica que vino a mejorar la vida de los jubilados. Cuando asumí el cargo, yo tenía mucha insatisfacción porque creía que había muchas cosas por hacer que no se estaban realizando. No pensé en enriquecer mi patrimonio o mi ego.

Si le hiciera la misma pregunta al ciudadano de a pie, ¿considera que me daría una respuesta similar sobre lo que significa para él un “político argentino”?

Seguramente no. Creo que ven al “ser político” como una persona que solo piensa en mejorar su propia vida, un ladrón o un corrupto.

¿De cuáles valores carece la clase política en la Argentina?

Para mí los políticos no son una clase. Creo que en la Argentina hemos perdido un poco el rumbo de para qué se hace política; y es precisamente de la falta de esa pregunta que llegamos a una respuesta equivocada. Yo no hago política para estar en un lugar, sino para transformar determinada realidad que vive o padece la sociedad. En mi caso, siempre me apasionó e interesó la vida de los mayores, me movió el objetivo de intentar acrecentar su nivel de vida. Muchos políticos sabrán expresar lo que quieren ser, pero pocos te dirán para qué quieren ser eso. Quizás te dirán un cliché hecho por publicistas. Es la sociedad la que debe preguntarles o exigirles que respondan qué harán. Todos quieren ser presidentes, pero pocos dirán que les gustaría hacer tal o cual cosa, y que para lograr hacerlo, deben ser presidentes.

¿Se puede hace política por fuera del marco de un partido?

En la Argentina sí, pero no es lo mejor, porque eso habla de un sistema político fragmentado que no ayuda a generar gobernabilidad, que permite que propuestas minoritarias que no llegan al 40 por ciento puedan gobernar al resto. El partido debería generar cierta lealtad hacia la causa y no hacia el líder; ese tipo de lealtades hacia la ocupación de un lugar o espacio que muchas veces son parte de la negociación política de los partidos. Está claro que son las personas las que encarnan lo que la sociedad busca, y es por eso que se votan personas, pero ya no se leen las plataformas políticas antes de votar, menos aún se le exige al dirigente que exponga las acciones que llevará adelante desde su cargo si lo ganara. Si en un ejercicio de investigación vos compararas las diferentes plataformas electorales, descubrirías que no dicen nada o que dicen lo mismo. No me parece mal que la ciudadanía vote personas, porque en definitiva se busca un liderazgo, pero no se puede basar solo en ese liderazgo la propuesta.

¿La desaparición de una bipolaridad o antinomia clásica de partidos mejoró la política o la complicó?

En nuestro país siempre hubo dos partidos fuertes y un tercer partido minoritario que estaba presente, pero después de la crisis de diciembre de 2001, aquello estalló, y hoy tenés partidos regionales con caudillos nucleados alrededor de una sigla partidaria. Creo que la multiplicación de partidos no es buena, no fortalece el sistema político argentino porque lo fragmenta enormemente, y eso implica que no genere instancias buenas de gobernabilidad. La realidad demuestra que debemos llevar adelante una gran reforma a la Ley de Partidos Políticos que implique una desafiliación a todos los partidos y la vuelta a afiliarse, dado que más de 5 millones de personas están afiliadas a partidos que quizás ya no existen. Hacen falta partidos dinámicos donde las minorías tengan una participación real, que puedan expresarse, y que los partidos no se conviertan en meras máquinas electorales. Estoy convencida de que de esta manera se podría realinear la política argentina. Hoy no veo esa posibilidad de que existan dos partidos mayoritarios, pero sí que haya alianzas que se concreten en acuerdos de gobierno.

¿Por qué cree que es tan difícil entre los políticos alinearse bajo un fin en común?

Porque me parece que la sociedad argentina había puesto muchísima expectativa en lo que fue la alianza entre el Frente Grande y el radicalismo, y fue en ese fracaso que quedó marcada la sensación de que los acuerdos políticos no pueden subsistir. Pero cuando vos cruzás la frontera de la Argentina, podés comprobar que se puede llegar perfectamente a esos acuerdos de los que hablo, incluso en privado los políticos concordamos en muchos aspectos. Existe una generación sub 50 a la que le resulta más fácil concretar estos acuerdos sobre temas centrales como la educación, la salud, la guerra contra el narcotráfico y otras cuestiones institucionales. Lo que ocurre es que no hay un marco de partidos que puedan lograrlo, porque los que los conducen muchas veces no son de esa nueva generación de dirigentes más jóvenes. Por eso cuesta amalgamar dichos acuerdos. También hay personalidades destructivas que tienen un tema de cartel, que priman la primera persona por sobre la construcción colectiva, que interponen el insulto personal a la discusión política, la cual es totalmente lícita y lógica. El tema es claro, creen que si sos oposición, debés oponerte a todo; y si sos oficialismo, apoyar todo. Pero no ven que la gente valora los hechos y no la pelea.

¿Cuál fue su político predilecto de la historia argentina?

Muchos representantes de la generación del 80, aquellos políticos que, mal o bien, construyeron una plataforma sobre la cual se asentó nuestro país. Hoy la Argentina necesita dirigentes con aquel estilo. Mirá a Sarmiento. Con su reforma educativa sentó las bases del desarrollo y del crecimiento de nuestro país. A ese ímpetu me refiero; necesitamos una generación que esté dispuesta a llevar adelante una transformación profunda y a largo plazo, pues si no damos ese debate, la realidad no cambiará. Hay que pensar en el futuro y no en el mañana, con esto quiero decir dejar de poner el objetivo en la inauguración de una obra a corto plazo, y hacer foto en un trabajo pensado para el futuro, aunque los logros no los disfrutemos nosotros; incluso cuando no nos llenen de aplausos por ello. Estoy convencida de que hay muchos políticos jóvenes que empiezan a ver esto y que distinguen que la importancia no está en pavimentar las calles, sino en hacer obra pública de relevancia que cambie la situación del país a futuro. Pensar en una matriz de crecimiento sólida.

¿La sociedad asume un rol cívico activo en las pequeñas acciones cotidianas o nos acobardamos a la hora de advertirle a un fulano que está estacionando su auto en el espacio reservado para embarazadas u obstruyendo la rampa para discapacitados, que está dejando la leche junto a la caja del supermercado rompiendo la cadena de frío, que se está colando en el tren, que está tirando papeles en la calle, que está fumando en un espacio cerrado o que está estacionando en doble fila para dejar a sus hijos en la puerta del colegio?

Creo que no las asumimos, y es allí donde comienzan los grandes cambios. La transformación real conlleva un cambio cultural en el que debemos cumplir las normas y donde eso no sea considerado una cuestión de tontos. El ser un buen ciudadano o no serlo no debe darnos lo mismo. Hay que poner premios y castigos para eso. Por ejemplo, si pensamos que a una persona que comete una falta de tránsito por ir a alta velocidad se le aplica una pena pecuniaria, que se solventa con dinero, esa persona la paga y sigue cometiéndola probablemente. Pero si, por el contrario, se le impusiera como resarcimiento de su pena que pierda dos horas de su tiempo, comprenderá que el ir más rápido para ganar cinco minutos podría implicarle perder dos horas; sospecho que lo pensará mejor. Hace un tiempo, tuve la oportunidad de experimentar esto en Medellín (Colombia), una ciudad que era sumamente violenta debido a las cuestiones vinculadas con el narcotráfico. Allí, lograron revertir ciertas costumbres y cambiaron las conductas de los ciudadanos. Me parece que ese tipo de cuestiones se pueden propiciar, solo necesitamos la confianza y el liderazgo para llevarlas a cabo.

¿La amenazaron alguna vez?

Sí.

¿Se asustó?

Por supuesto, porque yo soy una persona de a pie, como cualquier otro ciudadano, pero no podía permitir que eso me amedrentara en mi trabajo. Cuando comencé como diputada, junto a otros colegas de mucho peso, tuve la experiencia de formar parte de la Comisión Investigadora de Hechos Ilícitos, puntualmente en temas de lavado de dinero.

¿El poder corrompe a la persona o la persona ya asume el poder corrompida?

Hay una máxima que dice: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Yo creo que el poder te ayuda a conocer a la persona, saca lo mejor y lo peor de cada uno. Y en mi caso no me corrompió, pero conozco muchas personas que cambiaron hasta su postura.

¿Esas situaciones le producen lástima o bronca?

Mucha lástima, porque creo que, en la política, al igual que en la vida, no debés creértela, porque siempre lo importante está en los vínculos básicos como la familia.

¿Qué momento de la política le hubiese gustado vivir?

Me hubiese encantado formar parte de la conformación de la constitución de 1854.