Actor y cantante, Santiago Ramundo está feliz por su presente profesional. En un futuro se imagina como el protagonista de la serie Doctor House. Además, cuenta sobre su tarea solidaria y opina del papel de las empresas y el Estado en la sociedad de hoy.

“Esto es un camino individual, un crecimiento personal. No me gusta pensar en que hay suerte en la vida. Prefiero creer que uno hace y el universo contribuye para que todo se dé. Si no, me quedo en mi casa durmiendo”, dice el actor Santiago Ramundo, integrante del elenco de Dulce amor, la exitosa novela en la que interpreta a Ciro, un profesor que se enamora de su alumna.

Esta frase resume a la perfección cómo concibe la vida este porteño de 28 años, que en 2010 pegó su salto en la actuación con la telenovela Sueña conmigo. Sin embargo, su primer trabajo grande fue en 2006, con una producción que no se vio en la Argentina, Tango de a tres, novela juvenil para Rusia donde asumió el papel protagónico. “Fueron siete meses en Buenos Aires y tres meses allá, mitad en San Petersburgo y mitad en Moscú. Todo con traductora, chofer, hoteles cinco estrellas… Me cambió la vida”, asegura el actor al recordar sus primeros pasos en la profesión, que le dejaron una marca para lo que vendría después.

“Llegué a Buenos Aires y, a la semana, estaba otra vez a las cuatro de la mañana repartiendo diarios con mi viejo. Con ese toque de realidad, es muy difícil perder la cabeza. Después vino Son de Fierro, que fue una locura de gente, un éxito. Pero yo ya tenía una base, fue muy bueno haber empezado con algo que no se vio acá”, cuenta Ramundo, mientras almuerza en los estudios de Telefé en Martínez, en la zona norte del Gran Buenos Aires.

Para conocer los orígenes de este artista hay que bucear en su infancia. Ahí surge que, tal vez, pudo haber sido futbolista, ya que nació y creció en Villa del Parque, cuna de grandes jugadores. “Hay mucho fútbol infantil, es una gran cantera”, dice, y señala que en su barrio está el Club Parque, por donde pasaron cracks como Diego Maradona, Fernando Redondo, Juan Román Riquelme, Carlos Tévez y Fernando Gago, entre otros tantos. “Jugué un poco en All Boys. Pasa que me empecé a dedicar a la música de muy chico. Desde los nueve años tocaba el piano y tenía miedo de lastimarme los dedos. Por eso jugaba menos. Me divertía más armar una bandita con amigos para ir a tocar que jugar al fútbol”, afirma.

¿Por qué se te dio por la música?

Fue muy loco, siempre me gustó escuchar música. A los seis años, la maestra ya le decía a mi mamá que me gustaba cantar y que yo me fascinaba cuando veía el piano del colegio. Cuando tenía nueve años, mi tío se fue a Disney y le pedí un Family Game, pero me trajo un órgano. Increíble, porque no sabía que a mí me gustaba ni nada por el estilo. Justo la chica de enfrente de casa tocaba el piano y me empezó a enseñar. Ahí me enamoré y me puse a estudiar lenguaje musical. Tuve varias bandas de amigos con los que tocábamos.

Su pasión por la música lo acompaña hasta estos días. Tanto, que en los últimos meses, Ramundo grabó su primer disco solista, que tiene previsto presentar “en breve”, aunque sin apuro ni fecha definida. “Todo a su tiempo, de a poco. Es algo que va paralelo a la actuación. Lo quiero hacer muy bien. Lo más importante ya está, que es la música. Eso ya lo tengo. Pero hoy estoy pasando un gran momento en la actuación y estoy contento con eso”, dice el actor, que siempre se refiere con cariño a sus padres y les agradece por la educación que le dieron: “Mis viejos me apoyaron mucho, nunca me insistieron en nada. Su premisa para mí y para mis hermanos fue ‘sean felices’. Son unos genios”.

Ramundo empezó y terminó sus estudios en el colegio Santa Rita de Villa del Parque. Desde los nueve años toca el piano y a los catorce empezó a trabajar ayudando a su papá, que es diariero. Con lo que ganaba pudo estudiar comedia musical en los estudios de Valeria Lynch. “Mi verdadera vocación es la actuación, lo artístico”, dice.

¿Admirás a alguien?

Sí, a Hugh Laurie. Es un capo. No pude verlo en Buenos Aires porque estaba de viaje. Me imagino así, como él. Lo veo a ese tipo y me veo a mí. Me gusta la profundidad de su personaje en Doctor House… Hizo comedia, dramas… Hizo todo y bien. Creo que tiene que ver con la dedicación y con una cuestión de administrarse los tiempos, la energía. Por eso mi faceta musical la voy a explotar cuando vea que puede llegar a salir.

Antes tenés otras prioridades…

Claro. Por ahora, lo más importante es que suene bien la banda, que los temas estén buenos. Confío en que en la vida todo se va dando, me gusta pensar así. Yo estudio teatro desde hace más de diez años y trabajo de actor desde hace seis. Primero hay que mirar el capital, qué es lo que tenés para dar, quién sos. Si no podés responder esa pregunta, te pueden venir a buscar de Hollywood y no sirve de nada. Hay que focalizar bien qué es lo que uno quiere. Son diez años rompiéndome el lomo para ser el mejor actor del mundo, no para salir en las revistas.

Ramundo aún no tuvo su debut en el cine, pero admite que le “encantaría” participar en una película: “Igual me divierto mucho haciendo una tira. Es una adrenalina tremenda grabar veinte escenas por día. Entrás en un estado de creatividad muy lindo. Es una gran gimnasia porque tenés que salir a resolver, más que a actuar”.

El artista cree que “está buenísimo” ponerse objetivos grandes por delante, aunque no por eso hay que olvidarse del día a día. “De acá a cinco años quiero multiplicar todo lo que hago, pero no me desespero. No hay que perder de vista los pasos que uno va dando y lo que va haciendo en el medio, que es muy importante para una meta superior”, dice el actor, que el año pasado, durante el éxito de Sueña conmigo, se recibió de abogado en la Universidad de Buenos Aires.

“Duermo seis horas, con toda la furia”, cuenta Ramundo. Sin embargo, reconoce que siente la necesidad de hacer varias cosas: “Me cuesta filtrar y decir ‘esto no lo hago’. Pero la verdad es que me pongo a pensar detalladamente en mis días, y hago lo que quiero hacer. Grabo una tira, voy a una reunión, está todo bien. Por eso no estoy estresado. Hago de todo, pero estoy tranquilo. La felicidad que tengo de hacer las cosas me permite tomármelo con alegría”.

Si bien el actor se siente pleno, el año pasado atravesó una situación que lo angustió. Tenía todo previsto para ir a vivir a México por una importante posibilidad laboral, pero el proyecto “se cayó”. Así fue que redescubrió una faceta suya: “Surgió salir a ayudar en una etapa en la que yo estaba medio bajoneado. Me llegó la propuesta y la verdad que ahí empecé a renovar la energía. Me daba cuenta de que a mí me hacía bien ayudar, que hacer algo por el otro me hacía salir adelante. Aprovechando que venía de hacer Sueña conmigo, que había sido un éxito, también se me ocurrió armar un festival al que vinieron más de 450 personas”.

Así, desde hace más de un año y medio, todos los miércoles Ramundo va a la parroquia San Cayetano del barrio de Belgrano, donde participa de “La noche de la caridad”. En grupos, salen a cuatro puntos fijos a repartir comida y ropa. Para reforzar su colaboración, a fines de 2011 y en mayo pasado organizó festivales solidarios: “Ahí canto yo, tocan unos amigos que tienen bandas, armamos un buffet para vender comida, mi viejo ayuda a hacer los chorizos y los patys, mi mamá está en la caja y mis hermanos y amigos atienden a la gente. Así recaudamos fondos, ropa, alimentos no perecederos y demás para repartir en los lugares a los que vamos”.

¿Cómo llegaste ahí?

Llegué por un amigo que es muy amigo del cura de ahí. Nos invitó un miércoles y empecé a ir. Después, por cuestiones de grabación o trabajo, algunas veces no podía ir. Entonces se me ocurrió organizar los festivales y aprovechar la convocatoria que uno tiene por la televisión. Lo organicé yo, luego se lo propuse a mis amigos y a mi familia, que se sumaron a ayudar. Fue maravilloso verlos a ellos dando una mano.

¿Te dan los tiempos para estar en todo?

Sí, me voy acomodando. Lleva tiempo, pero cuando es una cuestión solidaria la gente se suma. Uno tiene la idea, pero solo no podés hacer nada en la vida. Yo manejo los fondos, entrego las cosas a la gente que necesita. Me parece fundamental esa línea directa, saber a quién va a ir, quién lo va a administrar. Por eso yo estoy detrás.

¿De dónde te nace esta necesidad de ayudar a los demás?

Desde chico, al ir a un colegio católico, fui a hogares infantiles a misionar, y siempre me interesó. Cada vez que tuve la oportunidad de ir, fui. Ahí me di cuenta de que había otras realidades, que había otros pibes que no tenían la suerte que tuve yo de tener los viejos que tengo. Fue descubrir otra parte de la sociedad. Después me empecé a dar cuenta de que yo podía hacer algo desde mi lugar.

En este sentido, lo más fuerte que le pasó a Ramundo ocurrió tres años atrás, cuando con un amigo daba clases a chicos de entre 12 y 16 años en el Instituto de Menores San Martín. “Veíamos a los pibes del paco. Nos traían a diez chicos para que les diéramos clases y había tres que se quedaban dormidos, otros que no entendían nada y otros tres que querían jugar, que buscaban otra realidad”, relata. A esos que querían jugar, los agarraba y los llevaba a otro mundo: “La actuación tiene eso de maravilloso, que es creer y crear otro mundo. A mí, ver esa situación me impactó mucho. ¿Qué va a ser de esos pibes dentro de diez años? ¿Cómo van a ser los hijos de esos chicos? Hay toda una parte de la sociedad de la que me pregunto qué es lo que va a pasar. ¿A dónde vamos a ir a parar? Ahí es donde uno asume su responsabilidad y ve qué es lo que puede hacer desde su lugar. Yo me puse a enseñar teatro”.

¿Cómo fue la experiencia?

Estuvo buenísimo. Ahí me picó el bichito de la responsabilidad y me empecé a cuestionar qué es lo que podía hacer. Es una realidad que existe en mi ciudad. No me puedo hacer el distraído y mirar para otro lado. Todo parte de ahí. No digo que toda la gente tiene que salir a hacer algo. Pero el día que te pica el bichito, no podés mirar para otro lado. Cada uno puede ayudar desde su lugar, no hace falta hacer magia. Hay gente a la que le pica y otra a la que no. Yo empecé a estudiar sociología y después me recibí de abogado. O sea, tengo una movida social adentro mío. En el colegio me gustaban las ciencias sociales, no las matemáticas.

¿Qué te gustaría lograr?

Quiero llegar a armar una ONG que enseñe oficios. Hoy tengo una acción directa, que es dar comida o ropa de forma puntual. Pero necesito algo más, a esa gente quiero darle los medios para que tenga trabajo. Mi viejo no me regaló un departamento. Me enseñó a laburar y a romperme el lomo. A la gente no hay que ayudarla asistencialmente, hay que darle trabajo. Todos tenemos que aportar. Y las empresas también pueden hacer lo suyo.

En materia de RSE, ¿cómo ves a las empresas?

En lo ambiental está claro: se puede producir lo mismo gastando un poquito más, ganando un poquito menos y cuidando el medio ambiente. La responsabilidad empresaria es dar trabajo, apostar e invertir. Las empresas necesitan las reglas del juego claras y también que les marquen el paso. El empresario quiere ganar plata. Pero si produce más tiene que emplear más personas. Pasa que decirle hoy a una persona que gane menos dinero es algo absurdo porque estamos en una sociedad capitalista. El empresario también quiere seguir creciendo en lo suyo. Pero la responsabilidad fuerte es del Estado, que tiene que decir cómo son las cosas.