Desde joven, Mónica Cahen D´Anvers tuvo inquietudes sociales y ambientales. Hoy las pone en práctica desde su rol de conductora radial, y como dueña de La Campiña de San Pedro.

“¿Hola, gorda? Hoy vamos, ¡yessss!” quien habla es Mónica Cahen D´Anvers. Quien escucha al otro lado de la línea es Sandra Mihanovich, que esta noche toca en un teatro de la zona del Abasto y quiere saber si su mamá la va air a ver. Al hablar, Mónica puede mezclar palabras en francés e inglés. Ambos idiomas los aprendió de muy pequeña, por tradición familiar, el primero; producto de la crianza de una nanny británica, el otro. “Yo cuento los números en español, bromeo en inglés y rezo en francés”, dice ella, y ríe. Lo hace todo el tiempo. Pero además, al hablar, gesticula, susurra, se exalta… Si, sentada en el bar de Radio del Plata –donde tiene un programa matinal– pide un jugo de naranja exprimido y no hay, no se ofusca, pide una gaseosa de pomelo, y si de eso tampoco hay, se contenta con un agua saborizada. Con su entusiasmo y simpleza, cuesta creer que ya haya alcanzado los 75 años. Tanto es así, que si no la hubieran visto en
la pantalla de canal 13 por casi treinta años, ninguno de los presentes imaginaría que esa mujer es una estrella de la radio y la televisión argentinas.

En la última década, el nombre de Mónica, y el de su marido César Massetti, empezó a asociarse cada vez más con la vida verde. Un poco por La Campiña que tienen en San Pedro, otro poco porque ambos –sobre todo ella– tienen preocupaciones ambientales y se esmeran en hacer lo que esté a su alcance por el planeta. Así fue, por ejemplo, que hace dos años, la compañía Procter & Gamble convocó a Mónica para el programa “Nuestro mundo, nuestra casa”, una iniciativa que lanzaron cinco marcas –Ariel, Pampers, Ace, Magistral y Oral-B– para la concientización ambiental de los chicos de jardín de infantes y preescolar. “Cuando me enteré de que me eligieron a mí, me alegré mucho”, rememora Mónica, “Entonces, les dije a la gente de P&G que había que cambiar el discurso que giraba en torno a la ecología. Había que modificar la manera de hacerles llegar estas ideas a los chicos. Así fue que ellos encontraron un leit motiv que resume algo que no nos enseñaron a nosotros, y es que el mundo es nuestra casa. Cuando yo era chica había una despreocupación total y absoluta por el planeta. El mundo se veía como una fuente de recursos. Nadie imaginaba que las cosas se gastaban, o que con tus acciones podías hacer daño…”

Mónica recuerda ahora que nació y creció en un entorno muy ligado y adepto a la vida de campo. Todas sus vacaciones, desde que tenía apenas meses, las pasaba en la casona familiar de San Miguel del Monte. Eran en total catorce primos hermanos que pasaban días enteros colgados de los árboles, recogiendo frutas ya maduras y contemplando los cálidos atardeceres en el horizonte. “Esa vida era fascinante, pero nadie nos decía ‘Cuídenlo, chicos, que es parte de su vida’. Por eso, lo que intento transmitirles a los chiquitos es que si miran un globo terráqueo, van a encontrar una millonésima parte que es suya, que les pertenece”, dice ella. Las respuestas de los pequeños no dejan de sorprenderla. “Mis nietos son ya grandes y no tengo bisnietitos –ya me avisó Sol, la mayor, que espere sentada porque no está apurada para nada– pero ves que los chicos se preocupan por el medio ambiente. Sacás una pila y te preguntan ‘¿Dónde la vas a tirar?’… ¡Te controlan, los enanos! A mí, que fui al colegio hace muchos, pero muuuuuchos años, esto me parece maravilloso”.

En su afán de ayudar al cuidado del medio ambiente, Mónica fue además una de las primeras figuras en prestar su voz, y su rostro, para una campaña de Greenpeace Argentina. ¿Por qué será que la eligen a ella? “Soy una mujer grande y de campo; tengo una manera de ser de fácil comunicación; me relaciono muy fácilmente con la gente, los viejos y los chicos”, asegura. “Además, con César, si bien somos de perfil muy bajo –y absolutamente ‘anti’ eventos sociales–, siempre nos hemos mostrado muy ligados a la naturaleza, sobre todo a raíz de La Campiña”.

Se refiere a ese universo verde de 500 hectáreas que tienen en San Pedro que arrancaron hace treinta años, cuando acababan de terminar el programa “Mónica presenta” y, como tenían una buena cantidad de dinero en el banco, se preguntaron si meterla en un plazo fijo (“para que nos diera un horrible porcentaje anual”, dice ella), o si usarla para producir algo. Se decidieron por esto último, y comenzaron con un pedazo de tierra de 12 hectáreas. Lo bautizaron “El independiente”, como el diario de los Masetti, que se publicaba en la zona y donde César dio sus primero pasos en el periodismo. “Apenas llegamos plantamos naranjas… cantidades industriales de naranjas”, recuerda Mónica, “A los días de haber comprado la tierra, César me dijo: ‘Moniquita, no te olvides de una cosa: esto es productivo– placentero y no al revés’. Lo decía porque teníamos muchos amigos que se compraban una chacra, ponían un caserón, con piscina y cancha de tenis y a los pocos años las terminaban vendiendo porque se quedaban sin un peso. Puro gasto. A nosotros el placer casi nos llegó como consecuencia de la producción”.

Al principio se quedaron con un galpón que tenía el dueño anterior. Mónica le puso cortinas y jugó “a que era una casa”. En plena década del ‘80, y durante diez años, habitaron ese puñado de metros cuadrados sin electricidad ni teléfono. Sólo con una heladera con barras de hielo, un sol de noche, y velas como toda iluminación. “Nos resultaba natural”, asegura ella. “Lo maravilloso, y creo que por eso seguimos juntos, es que yo soy el motor, y César es el ancla. Si los dos fuéramos motores, nos hubiéramos matado contra la primera pared en el camino. Si los dos fuésemos ancla, estaríamos en casa tomando mate. En esa época nos sentíamos como Los Ingalls, es ridículo pero era así, y nos encantaba. Teníamos gallinas, chanchos y perros. Cuando nuestro casero, Don Jaime, manejaba el tractor, nosotros nos sentábamos arriba de esas ruedas grandotas y desde ahí fumigábamos. Trabajamos la tierra como locos”.

Sin duda, Mónica vive a la tierra –y a la Tierra, con mayúscula– como parte de su vida, en una relación natural, sin imposiciones. Por eso es que hoy, en La Campiña, pueden producir frutas y granos para exportar, y servir comidas para los comensales que se acercan en busca de sabores caseros. Pero sabe que esa relación fluida con la naturaleza no se logra por la fuerza, y desde la imposición, sino todo lo contrario. “No es lo mismo decir ‘dame la mano y hagamos algo juntos’, que ‘sos un desastre, mirá lo que hiciste, arreglalo’, porque eso genera rechazo”, asegura. “Es la diferencia entre el vaso medio lleno y el vaso medio vacío. Yo –agradezco al Tata Dios– lo tengo medio lleno siempre. Y eso te hace vivir de una manera mucho más positiva. Por supuesto que somos responsables por el medio ambiente, pero hay que llegar a la conciencia de otra manera. En la conciencia social los argentinos somos básicamente un desastre. No nos responsabilizamos; es como si en vez de un país tuviéramos un territorio. Es un siglo en el cual cada uno se ocupa de hacer plata, de sacar lo que pueda de donde pueda y, en lo posible, con el menor esfuerzo. Creo que nada va a cambiar hasta que no nos responsabilicemos los 40 millones de habitantes de que hay algo, quizá muy chiquito, por hacer”.

Mónica habla enérgicamente de estos temas, y se enoja un poco, pero dice que ella va a seguir apostando por su país, al que –después de viajar por cada rincón del planeta– considera como al más lindo del mundo: “No hay nada que no tengamos, pero somos malcriados”, opina, y asegura que como comunicadora le interesa generar responsabilidad, y sentimiento de pertenencia con nuestra nación: “Los nuestros no fueron colonizadores, sino depredadores. Vinieron a llevarse cosas, y no sé si eso no nos marcó para toda la vida. Más que dar, queremos, para nosotros. No es que me crea la Madre Teresa de Calcuta, pero está claro que si no nos damos la mano, y si no somos muchos y hacemos fuerza, no vamos a ir hacia ningún lado. Hay cosas que para mí son verdades tan transparentes que no puedo creer que no las entiendan, o no lo quieran entender, lo cual sería peor”.

No siempre pudo vivir de acuerdo con estos ideales. Mónica recuerda su juventud, cuando aún había una carrera profesional por afianzar, y todos estos pensamientos no eran más que eso, pensamientos, y no cosas que pudiera llevar a la práctica. “Me casé con Iván Mihanovich cuando tenía 20 años. Tuve a Sandra y a Vane y empecé Telenoche a los 25 años. Creo que al haberme separado y haberme enganchado con César, más el laburo y los viajes, hacían que todo esto fuera más de la boca para afuera que una realidad. Era

totalmente conciente de muchas cosas, pero no las podía practicar. ¡Por suerte mis hijos salieron muy buena gente!” Pudo vivir más coherentemente con sus ideas, desde que sus hijos dejaron de ser chicos. Entonces, con la tranquilidad del trabajo hecho, empezó a darse a sí misma más libertades de sentir y pensar a su modo. “Yo soy muy exagerada”, dice, como si nadie lo hubiera notado. “Al hacer algo, lo llevo hasta el final, con tutti. En La Campiña, por ejemplo, como las mozas del restaurante no entendían que había que limpiar un poco los platos antes de meterlos en la bacha, lo hice yo misma. Me quedé toda una tarde lavando, y ellas me miraban azoradas. Soy de hacer esas cosas, porque creo que con el ejemplo se logran las mejores cosas”.

En La Campiña, tanto ella como César están encima de cada detalle. “Al convertirnos en nuestros propios motores, cambió totalmente mi panorama. Nos hacemos cargo de todo… Creo que si a uno no le gusta cómo hace alguien algo, tiene que ser capaz de hacerlo por sí mismo. Alguna vez –cuando exportábamos con otros intermediarios– me preguntaron si quería armar las cajas de frutas con las más lindas arriba y las otras abajo. Yo abrí los ojos así de enormes: ‘Están locos, porque desde ya, las nuestras, son todas iguales’, les dije. ‘Y si no, no se exportan’. Pensábamos que no debíamos dejar que nadie hiciera cosas que no nos gustaban bajo nuestro nombre, y que, así fuera a menor escala, preferíamos hacerlas nosotros mismos”.

Entre risas, Mónica confiesa que ella y su marido no son “cancheros” y que como periodistas devenidos empresarios son candidatos a que los estafen, pero que ahora está feliz porque por fin encontraron personas confiables en las cuales delegar algunas de sus obligaciones. Tienen fruta y granos distribuidos a lo largo y ancho de 500 hectáreas. Y aunque los modos de producción no son del todo orgánicos, sí están muy pendientes de que las cosas se hagan del modo más amigable posible con el medio ambiente. “Este año, por ejemplo, sembramos soja, y aunque sea un cultivo sumamente rentable, decidimos no volver a hacerlo porque la tierra se agota. Somos de cumplir con esos mandatos de la naturaleza”, asegura ella. “Los cultivos orgánicos son dificilísimos. Ahí no podés usar nada contra nada. Siempre tenés que encontrar una manera orgánica de solucionar los estragos que producen los insectos, roedores y pájaros. Tenés que mirar fijo a la calandria, por ejemplo, y decirle ‘¡no me piques los duraznos!’… ¡No funciona!”, ríe. “Hemos implementado algunos mecanismos, como sembrar plantas que atraen a los bichos, así no te comen la rúcula u otro cultivo . Es un trabajo non stop que requiere mucha mano de obra y confianza”.

¿Entonces ser empresario y socialmente responsable es factible? Mónica asegura que sí, pero que, sobre todo, uno debe ser socialmente responsable en todos los aspectos de su vida. “Quizá sea ingenuo de mi parte pensar así, porque yo vengo fabricada de forma ética; es algo que me sale, y lo agradezco, pero no todo el mundo es de la misma manera. Las cosas materiales están avanzando cada vez más sobre las espirituales. Hoy es más importante tener que ser y hasta hay quienes creen que teniendo son. Son los que se compran el Mercedes Benz para mostrarle a la vecina que no lo tiene. A mí me encantan las cosas lindas que, por lo general, son caras, pero creo que si no volvemos un poco al altritempi, el materialismo nos va a ahogar; y eso me preocupa bastante”. En la adolescencia, ese despojo, y sus inquietudes sociales, le valieron entre sus primos el mote de “la comunista de la familia”. En aquellos fines de semana de campo, Mónica sostenía que todos los seres humanos eran iguales. “Hoy ya no pienso así, pero sí me queda una cosa de todo eso, y es el anhelo de que todos tengamos las mismas posibilidades. Las utopías pueden dejar de serlo si uno actúa en coherencia con eso que cree”.

Hoy, que agregó la faceta empresaria a su rol de periodista, afi rma que su metier no va tanto por el lado de los números –eso es terreno de César y los contadores– sino con una idea social y responsable del negocio. “Entendí que se puede ser empresario de una manera distinta a la que yo concebía, como alguien que se aprovechaba del que tenía al lado. No cabe duda de que a mí, como periodista, me resultó difícil aprender a ser empresaria, sobre todo por esa necesidad permanente de resolver y ejecutar. Pero creo que combinar valores y buenas ideas, así sea con un fi n de lucro, es algo positivo”.

Su teoría del vaso medio lleno se aplica en todos los rubros. “Hace unos años a una amiga mía le diagnosticaron cáncer de mama a la par que a mí. El mío era maligno, y el de ella era benigno. A las dos nos operaron, a las dos nos sacaron el tumor, y yo dije ‘Bueno, ahora a trabajar, a cuidarse y seguir para adelante’. Ella, en cambio, quedó medio postrada, negativa. En mi vida tuve miles de nanas. Me operaron siete veces, por fi bromas y por el tumor, pero a los 75 años vivo de forma plena y creo que eso tiene mucho que ver con mi estilo de vida en contacto con lo natural. La Naturaleza funciona mejor, si la ayudás y peor, si la castigás. Pero si no hacés nada, funciona, por sí sola. La persona que vive con su vaso medio lleno, vive bien. Y si encima puede agregarle cosas buenas, ¡viva la pepa!”, dice Mónica, y vuelve a reír.