Con el tango como arma y refugio, Mora Godoy creció artística y personalmente. Es esa también la herramienta que propone para ayudar a los demás, a partir de un plan federal que creó y espera ser aprobado.

Su nombre está indisolublemente ligado al tango. El ritmo que abrazó desde chica, que la conecta también con el ser nacional y, al mismo tiempo, le per[1]mite pensar en sus raíces y proyectarse al mundo. Es también el terreno desde el que imagina proyectos que contribuyan a darles mayor visibilidad y oportunidades a diferentes localidades del país. Mora Godoy es bailarina, productora de sí misma, gestora por naturaleza y una mujer con conciencia social.

¿Qué entendés por “responsabilidad social”?

Es tener conciencia de la situación social en la que vivimos. A partir de ello, actuar en consecuencia. Es decir: ejercer conductas que vayan con respon[1]sabilidad de todos nuestros actos, profesionales y privados.

¿Creés que la nuestra es una sociedad responsable?

En parte, pienso que falta mucha más solidaridad y entender los procesos de cambio. En especial, tener presente que hay más de un 40 por ciento de pobreza. Creo que, en general, la sociedad solo actúa en parte para colaborar en la salida hacia una situación equitativa.

¿Sos de participar en campañas?

Siempre me incliné a participar en ayuda social. Y presenté proyectos. El tango es federal. A veces se piensa que es porteño, pero es argentino e, incluso, patrimonio de la humanidad. Debería ser más federal, y para eso todos los que estamos en el tango deberíamos trabajar para federalizarlo mucho más, como sucede con el folklore. Yo ideé el Plan Federal del Tango, que consiste en ir provincia por provincia, desembarcar dos o tres días, capacitar, hacer workshops intensivos, dividirlos por edades, para luego sacar una pareja que quede seleccionada de cada provincia. Después, con los elegidos de las seis regiones, hacer un espectáculo que recorra el país y luego el mundo. Para que eso sea posible, se necesita un apoyo de lo privado y también estatal, gubernamental. Como esta, hay miles de ideas para hacer. Están presentadas las carpetas, también los planes, pero a veces la toma de decisiones de parte de los funcionarios se hace muy difícil o se retrasa.

¿Pensás que tu rol y la visibilidad que implica te da más responsabilidad?

Eso es algo que cada uno siente o no más allá del rol que ocupa. Yo sí siento que tengo esa responsabilidad. Para mí, tener la visibilidad que tengo ge[1]nera casi una obligación de hacer algo por el otro.

La autogestión es parte de su vida. Entendió desde chica que lo que no pusiera ella misma en movimiento se quedaría quieto por siempre. Y tomó cartas en el asunto. Tenía cinco años cuando supo que sería bailarina: no era un deseo, ni siquiera una intuición, sino convicción plena. Obligó a sus padres a que la llevaran a estudiar danza y, aunque al comienzo subestimaron su pasión y no acompañaron sus primeros pasos, siguió adelante. Años más tarde, egresó del Colón como bailarina y, en ese mismo momento, también surgió como productora y manager de sí misma.

¿La autogestión fue una decisión? ¿O se dio así?

Se dio. Si no autogestionaba, no pasaba. No hubiese ni siquiera bailado en un escenario. Fueron las reglas del juego, y las aceptás o te dedicás a otra cosa. Le encontré el gusto a toda esa parte extra: siempre estoy ocupada, dirigiendo o creando una coreografía o un vestuario, alineando luces, arreglando fechas. Paso de un área a la otra, sin escalas.

¿No te desgasta lo administrativo?

No, lo que me desgasta es que de repente hay puertas que se cierran, tanto en lo privado como en lo estatal. Eso te frustra e implica volver a empezar. Es lo que hice desde que comencé en esta carrera. La injusticia me frustra, y nosotros estamos acostumbra[1]dos a mucha injusticia. A veces me siento cansada, hace muchos años que peleo, pero sigo y siempre estoy haciendo.

Tenés un cuadro que dice “Ningún mar en calma hizo experto a un marinero”…

Sí, me lo regaló una amiga en una etapa difícil. Siempre hay momentos difíciles y otros lindos. Los tomo todos como parte de la vida, de la profesión. Mi papá suele decir que el éxito está hecho de mil fracasos, y en mi caso es así. Hay fracasos permanentes. No solamente en el pasado: en el presente y, seguramente, en el futuro. Nacha Guevara me dijo algo parecido: “Si no hubiese podido soportar tanto fracaso, si no nadase en los fracasos, no sería quien soy”. Es justamente eso. Muchas veces, el que llega es el que puede soportar tanto fracaso, el que no tiene miedo a seguir adelante “a pesar de”. Es muy contradictorio.

¿Qué sentiste al repasar toda tu carrera?

Me emocionó bastante ver el recorrido. Vi videos de mis 20 años, cuando recién empecé a bailar tango, videos de jazz, del Colón, de todo. Vi a una bailarina que a pesar de todo llegó y sigue llegándole a la gente. Y también vi el tremendo abuso de los productores, desmedido, por muchas veces no haber tenido abogados ni managers que vieran contratos. Muchos se favorecieron a través de mis obras más que yo. Sentí que eso se repitió muchas veces en distintos años.

Si bien sigue siendo difícil, con los años y con ciertos avances, ¿se volvió menos complicado emprender para una mujer?

Persiste el “machirulaje”, la violencia hacia una mujer, que no es solo física: es verbal, es por bronca y envidia. Y, a veces, no se trata solo de algo contra una mujer, sino contra alguien que llega a pelear con un escarbadientes cuando los otros tienen armas nuclea[1]res. Al crecer hay cosas que se vuelven más fáciles. Hoy puedo decir todo esto, porque antes no me animaba, tenía miedo de quedarme sin trabajo. Ahora sé que me elige la gente y, mientras sea así, estás, permanecés. Ya estoy hecha, ya hice mi carrera y me puedo plantar en un lugar distinto, hablar todo esto sin miedo.

EL TANGO

Su mamá, como periodista de espectáculos, solía cubrir asuntos relacionados con el tango eventualmente, aunque el folklore era su principal área de acción. Su papá cantaba tangos en casa, como aficionado, y su abuela era fiel seguidora de Grandes valores del tango. Sin embargo, ninguna de esas vías la condujo al género que, según dicta un dicho popular, “en algún momento te llega”.

Ese momento fue mientras estudiaba en el Colón: en 1983, a sus once años, escuchó a la orquesta de Astor Piazzolla ensayando y se escapó de clases por primera y única vez. Escondida en un palco, disfrutó del ensayo completo y se enamoró del tango para siempre. Unos años más tarde, comenzó a estudiarlo y lo abrazó como punto de partida para expresarse.

¿Sentís que esa conquista del mundo de la que hablabas tuvo que ver con haberte dedicado al tango?

Sí, porque el tango es nuestra insignia, nuestra marca de identidad, nuestro patrimonio. Fue declarado por la Unesco Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad en 2009. Es nuestra cultura. ¿Quién no llora cuando escucha Adiós Nonino, al Polaco Goyeneche o a Gardel? Un insensible solamente. El tango me abrió una gran puerta, y cuando la abrió, salí a matar, con las ganas y el hambre de quien viene de abajo

MADRE

Mora Godoy bailó profesionalmente por primera vez en el Teatro Colón, haciendo Aída, a los doce años. Su hija Bianca hoy es mayor de lo que ella era en ese momento.

¿Te genera algo eso? ¿La ves más chiquita de lo que vos eras?

No, la siento enorme. Yo era chiquita, muy frágil, pero tenía muy claro dónde iba. La veo completamente distinta, y eso me encanta. Escribe muy bien, pinta muy bien, es muy sensible. Llora. Yo no lloraba. Claro que hago un paralelismo, porque mi carrera fue muy sacrificada y mi vida a la edad de ella era una vida que yo elegía, pero que no sé si era tan feliz, porque no sabía dónde iba ni si iba a llegar. Tenés eso de felicidad porque vas y de angustia porque no sabés si llegás.

¿Cómo viene ese ecualizador entre angustia y felicidad?

Igual. Sigue así, porque tengo la felicidad de bailar y la angustia de no saber dónde, de seguir peleando por producir mis propios shows. Lo ecualizo bien, igual.

Hace poco contaste que la pandemia te permitió acercarte de otra forma a tu hija…

Sí, tuvimos muchas más charlas, pude entenderla y conocerla un poco más, acompañarla. La llevo y la traigo del cole, estoy, vamos juntas al gimnasio. En 2019 hice 419 shows. ¿Cómo podía tener una vida además de eso? Para mí era feliz esa vida, pero la verdad es que no llegás a conectar con los seres queridos, y sobre todo con una hija, que es lo más lindo del mundo.

¿No lo notabas en ese momento?

Es que no entendía qué estaba haciendo. Porque yo ya tenía una carrera, entonces no era ni es necesario hacer 419 shows… Puedo hacer menos y puedo disfrutar mi carrera muchísimo, pero seleccionar más. Lo entendí ahora. Igual, esto es algo que también compartimos con Bianca. Ella viene y trabaja en la compañía. Es muy piola, sabe hacer muchas cosas, se organiza muy bien. Es muy buena productora.

BAILAR

A los cinco años avisó en su casa cuál era su destino. A los ocho, comenzó a ir al estudio de Olga Ferri, donde el primer año su maestra jamás la vio llegar ni irse acompañada. “¿Tenés papás? Entonces deciles que tengo que hablar con ellos”, indagó Ferri en el segundo año, y les planteó que pensaba presentarla en el Colón. Tan fuerte es su vocación que no solo supo siempre que conduciría su vida, sino que la imagina en la siguiente: “Si vuelvo a nacer, elegiría otra vez ser bailarina”, confirma.

¿Cómo te llevaste de chica con la disciplina que implica esta actividad?

Yo era muy sumisa, así que me llevé bárbaro. Creo que la disciplina que me dio la escuela del Colón es la que tengo todos los días para llegar primera al teatro, para estar temprano en todos lados y ensayada, para preocuparme de que estén la música y el maquillaje, o calentar muy bien las piernas antes de cada show para no lesionarme. Tengo incorporada la disciplina en toda mi rutina de vida.

¿Te cuesta cuando alguien no va a tu ritmo?

Sí. Me cuesta mucho que no entiendan la pasión, que no lleguen temprano, que se lo tomen con liviandad. No es casual que yo haya llegado tan lejos. Soy distinta en muchas cosas. Tengo la misma pasión que hace muchos años y eso es difícil de mantener, tenés que realmente haber nacido para esto.

¿Creés que podrías no hacer lo que hacés?

No. Podría desde el punto de vista económico, porque por suerte he subsistido a la pandemia gracias a que he sido bastante conservadora en la administración personal de todo lo que he ganado. Pero interna[1]mente yo me vuelvo loca. De vacaciones, me vuelvo loca. En la pandemia caminaba por las paredes.

¿Qué te faltaba?

Todo. Si te ponés a pensar, no era solamente bai[1]lar. Uno, cuando baila, descarga y además expresa emociones distintas. Yo me subo a un escenario y tal vez bailo mucho mejor el día que estoy triste que el día que estoy contenta, necesito expresar, necesito el público, el aplauso. Antes pensaba que el aplauso no era para tanto, pero sí, es importante, porque es tu forma de vida. Yo no encuentro otra. El día que deje de bailar, cada vez estoy más segura de que no voy a parar de enseñar y de formar.

¿Pensás en que va a llegar ese día?

Sí, lo pensé en la pandemia, porque todos pensamos que se terminaba todo. Te hace reflexionar sobre la finitud, sobre que no somos inmortales. Uno se cree inmortal y ese es un error tremendo. Me pasó de pensar que quiero bailar, pero que tal vez se puede terminar.

¿Te ves bailando muchos años más?

No sé, lo que hago yo tiene mucha destreza, y la destreza se me va a ir yendo. Ya se me fue yendo con los años, pero todavía mantengo bastante. Aunque creo que voy a seguir bailando hasta que el cuerpo me dé y, tal vez, hasta el día que me muera, porque no tengo por qué hacer trucos y cosas más riesgosas. El tango es para toda edad.

¿Qué se produce en vos cuando bailás?

Tengo la cabeza en varios lados. Me puedo concentrar en lo mío y expresar, pero también puedo ver todo: si abrieron una puerta, si aparece una luz, si voy más adelante o más atrás en una coreografía grupal, quién se equivocó… Los sentidos están muy permeables. Además, el teatro entero es mi casa: el escenario, las butacas, los palcos, el paraíso, las patas del escenario. Todo. Es un lugar donde me siento cómoda y donde puedo expresar todo. No es que voy a la casa de otro y entonces estoy en una pose. En el escenario puedo hacer todo porque es mi casa. La gente ve la naturalidad con la que me manejo ahí arriba. Y no cualquiera puede manejarse con esa desfachatez.