Locutor y presentador de programas emblemáticos, a través del deporte, los programas de cultura general o los viajes, Pancho Ibáñez llevó siempre en lo alto la bandera del buen gusto. Inquieto, curioso y apasionado, se califica como un “diletante renacentista”.

Último año del secundario. Juan Francisco Ibáñez Echeverría es sometido a un test vocacional. El resultado es frustrante. Un gran abanico de posibilidades de futuro se abre ante sus ojos: arquitectura, ciencias políticas, arte escénico, abogacía, ingeniería naval, medicina, ciencias sociales, diplomacia… Juan FranciscoIbáñez Echeverría está desorientado. Lo considera un examen de desorientación vocacional. Pero el estudio estaba perfectamente hecho, algo que él mismo comprobó y sigue comprobando con su propia piel, cada día de estos 66 años de vida. En realidad, todo aquel abanico de opciones estaba compuesto por inquietudes que el tiempo terminó demostrando que le interesaban. “Estaba muy bien hecho; todas esas cosas me encantan: la historia del arte, los barcos, actuar… No salió música porque, a pesar de que me encanta oírla y soy gran admirador de la música, no puedo componerla. Tampoco salió Química ni Matemáticas, que fueron un gran tormento para mí.”

Juan Francisco Ibáñez Echeverría, nacido el 2 de julio de 1944, es una voz a la que no le haría falta ningún cuerpo que la contenga. Es la voz que cualquiera que haya vivido los últimos 30 años en la Argentina puede reconocer sin pensarlo más de 10 segundos. Esa voz es Pancho Ibáñez, porteño, hijo de argentino, nieto de argentino, bisnieto de argentino y tataranieto de argentino, el mayor de siete hermanos (5 varones y dos mujeres). “Mi padre, mi abuelo y mi bisabuelo nacieron en Ranchos, provincia de Buenos Aires”, dice la voz Ibáñez, inflando el pecho de orgullo. Hasta Ranchos llegó desde el Tucumán Celestino Ibáñez, cazador de tigres (así llamaban a los pumas por entonces), que trabajaba para los estancieros ingleses (“los que trajeron el polo”). Por el otro lado, el que completa su nombre, aparecen los Echeverría, en la otra orilla del Mar Dulce, en el Uruguay. Su madre, Violeta Blanca, nació en Uruguay, nieta de vascos. Violeta Blanca, dice, llamada así por razones estrictamente políticas: los Echeverría eran fieles al Partido Blanco, seguidores del caudillo Luis Alberto de Herrera y Quevedo.

“Termino la secundaria y mi padre, Adolfo Marcial Ibáñez, diplomático, es destinado a Vigo, España. Él estaba feliz porque amaba España. Su primer destino había sido Barcelona, donde viví de los 5 a los 9”, cuenta Ibáñez, y abre el primero de los innumerables paréntesis de la charla. “Puedo describir con pelos y señales esos años. Agradezco la memoria de hechos y lugares que tengo”, acota. Ante tan abrumador panorama de inquietudes, Pancho Ibáñez simplificó todo: decidió seguir los pasos de su padre en la diplomacia. “Yo no estudié Derecho para ejercer como abogado. Lo hice para ejercer la diplomacia. Estudié en la Universidad de Santiago de Compostela; cuando volví a Buenos Aires me convalidaban sólo una: Derecho romano. Entonces, cuando destinaron a mi padre en Budapest, salí disparado a España para terminar la carrera. Fue un año y medio en el que me dediqué a hacer teatro: trabajé como actor –que es otra de mis facetas, con buena crítica–. Además en España estaba Sofía, por entonces mi novia, que hoy es la madre de mis hijos”.

Su departamento mira hacia Palermo y le da la espalda a Recoleta. Es un imponente piso 24, con ventanales que abren paso a un largo balcón. “Es muy gratificante la vista”, invita Pancho. El enorme living mantiene un orden y una pulcritud tal que da la sensación de que allí no hubo ni habrá más actividad que esta entrevista. La decoración tiene muy buen gusto, sobria y clásica. Por varios lugares se ven cantidades de tomos enciclopédicos que van justificando la erudición que mostraba en sus programas televisivos.

En la Navidad de 1967, viaja a Budapest a reencontrarse con sus padres y le admite a su padre que, si bien piensa terminar la carrera, no va a seguir Diplomacia. En ese momento, el teatro era lo que más le gustaba. Su padre le dio el visto bueno. El 9 de julio de 1968, una llamada desde Hungría le informa que su padre había fallecido súbitamente, a los 48 años, mientras preparaba la fiesta patria. Recibido de abogado, viajó a Madrid a golpear puertas para actuar. Hizo algunos papeles en teatro y en la televisión española, hasta que recaló en la radio. Al tiempo, le ofrecen ir a Amsterdam a trabajar en los servicios en español de la radio internacional holandesa (Servicio Audivisual Internacional), donde estuvo seis años. Allí en Holanda nacieron sus dos primeros hijos: Ximena y Thiago (Macarena, la tercera, es argentina). Cuando se terminó el contrato y decidió volver a la Argentina a trabajar, la admiración que tenían los holandeses por su trabajo derivó en un privilegio: fue nombrado representante en Sudamérica de la emisora de Holanda, con sede en… ¡Buenos Aires! Ideal: estaba en su lugar, haciendo lo que le gustaba y cobrando un sueldo de primer mundo, puesto en el que estuvo hasta 1982. Se acabó un ciclo muy fructífero para su vida (de hecho, le ofrecían volver a Holanda), pero arrancaba una carrera rica en otro terreno.

DEPORTE CON SUSTANCIA

La carrera de Pancho Ibáñez ha marchado siempre a caballo de su garganta, de su voz, pero su espíritu inquieto, su voracidad por diferentes aspectos, disciplinas y materias de la vida, han construido un personaje fascinante. Su costado más conocido es el de los medios. Pancho Ibáñez marcó un hito en la televisión de la década del 80 al frente de “El deporte y el hombre”, un programa que abordaba el universo deportivo desde un ángulo educativo, didáctico y alejado de lo popular sin pecar de elitista. Era el deporte por el deporte mismo.

Ya desde la música era apasionante…

 La canción del programa se llama “Boda en Londres”, del grupo español Mecano. La gente sigue recordando la música del programa. Era oír el tema y asociarlo. Yo pensaba en hacer un programa sólo de una hora, en el que pudiera decir lo que quisiera y que tuviera lo mejor del deporte, no todo el deporte; donde lo importante no fuera el resultado. Así nació la idea de “El deporte y el hombre”. Hoy es impensado un programa de deportes en un canal de aire, habiendo cuatro canales de deportes. Pero entonces el programa duró 10 años, del 83 al 92.

La relación de Ibáñez (como a él le gusta nombrarse; se refiere muchas veces a sí mismo en tercera persona) con la televisión venía de comienzos de los años 80, cuando realizaba una microparticipación en Auto Moto Show, un micro del universo de los motores, en el que él hablaba de Fórmula 1. En 1982, participa en “Mach 11”, un programa ómnibus de deportes, conducido por el periodista Pepe Peña. Cuando éste dejó la conducción, lo nombró su sucesor. “De repente me vi solo conduciendo un programa de cinco horas de duración. Grabábamos en ATC, en color, y salíamos en blanco y negro. En el 82 ya empezó el color y pasó a llamarse «Estadio Visión»”, rememora.

Después de su década de oro con “El deporte y el hombre”, el propio Ibáñez decidió terminarlo. “Me preguntan por qué lo levantaron. Nadie lo levantó; yodecidí que no iba más”. A esto se suma una anécdota: Roberto Cenderelli lo convoca a conducir un ciclo de recitales de rock y pop (Tina Turner, Queen, Phil Collins, Sting, Rod Stewart). El programa fue un éxito y un placer. Pero un día, caminando por la calle Florida, se cruza con un hombre mayor que le dice: “Ibáñez, déjese de embromar, presentando a estos melenudos. Dedíquese a lo suyo, Ibáñez”. ¿Qué es lo mío?, le pregunta Pancho, descolocado. “Usted es el deporte, Ibáñez”, le dispara el transeúnte. “Si yo soy el deporte, no puedo opinar sobre nada. Y como a mí me encantan tantas cosas y soy una especie de diletante renacentista (me gustan mil mundos), pensé que eso me estaba condenando. Listo: terminó «El deporte y el hombre»”, sintetiza, lacónicamente, y profundiza en su motivo: “Quería demostrar también que podía hacer otras cosas, no sólo deporte. Así fue como al año siguiente estuve viajando por el mundo, haciendo notas para «3.60 Todo para ver» [programa de interés general que se emitía los mediodías por Canal 13] desde la Selva Negra, hasta Hong Kong, pasando por un viaje a bordo de la Fragata Libertad… Eso fue en el 94/95, y después empecé «Tiempo de Siembra», que duró 6 años”.

Fue el único programa de cultura general en serio de los últimos años, pese a que hubo varios que intentaron ser de ese estilo.

 Sin dar nombres, nos lleva a pensar en el costado negativo de la televisión. Desde la época de “Odol pregunta” no había habido un programa serio de preguntas y respuestas, insospechado, transparente a tal punto que no me dejaban ver las preguntas que tenía que leer. Las leía sólo al aire, al momento de darlas a conocer al participante. Porque el programa era en vivo (pone énfasis). Fue un programa que la gente respetó porque estaba hecho en serio. Ibáñez puede estar un rato bien largo hablando y yéndose por las ramas de anécdota en anécdota antes de que alguien pueda interrumpirlo o su hilo discursivo se corte. Es un hombre de una curiosidad voraz, cuya excentricidad mayor (e impensada si no lo cuenta) pasa por coleccionar comics.

En el derrotero televisivo de Pancho Ibáñez siempre hay roles serios, incuestionables y que parecieron siempre confeccionados a su medida; como si solamente hubiese aceptado realizar trabajos que lo apasionaran. “Es que yo no podría hacer un programa que no me gustara. Jamás hice un programa con algo que estaba de moda o porque me ofrecían muchísimo dinero… En el fondo agradezco actuado así, porque la gente se da cuenta de eso. Creo que la televisión tiene una misión fundamental, didáctica. Es un arma maravillosa para elevar a un pueblo. La radio es algo totalmente distinto, es un ejercicio de voluntad.”

A CONCIENCIA

Mientras sigue con las publicidades y también pone su voz al servicio de algunos eventos y celebraciones, sigue vinculado con la televisión: hace poco, Tristán Bauer lo convocó para que presentara unos documentales sobre el universo, de History Channel, en Canal 7. Pero uno de los puntos más característicos de la carrera de Ibáñez es la publicidad. Pero no cualquier publicidad. Desde hace 21años, Pancho Ibáñez es la voz de La Serenísima. Y a estas alturas es imposible no asociar un producto de la empresa láctea con su voz, aunque su trabajo publicitario puede verse reflejado en muchas otras compañías. “Debe de ser un caso único que un locutor se mantenga tanto tiempo con una empresa; yo estoy desde 1989. Todas las publicidades que he hecho, las hice porque creía en esos productos. Soy locutor, pero no puedo decir cualquier cosa. En publicidad, yo no puedo decir use tal cosa si yo no la uso. Vos abrís la heladera y está llena de Actimel, de leche La Serenísima. Y no porque me lo manden: lo compro en el supermercado como cualquiera. Y esto creo que la gente de algún modo lo ve, lo intuye a través de la pantalla.”

Justamente La Serenísima tiene un gran programa de responsabilidad social…

Siempre recuerdo la anécdota de un célebre publicista, que cuando le preguntaron sobre el capital de su empresa, comentó que el capital se iba todas las tardes por la escalera o por el ascensor. El capital de la empresa eran los empleados. Veo a las empresas como personas, no como edificios, maquinas o grandes salones. Una empresa debe tener en cuenta que trabaja con personas y para personas (la sociedad, el país, el mundo), y me parece lógico que la empresa tenga responsabilidad social. No le permito a una empresa que no tenga esa actitud. Hace años no se hablaba; hoy es políticamente correcto. Toda empresa tiene que mostrar que tiene responsabilidad social. Yo no podría trabajar, por más independiente que sea, para una empresa que no tuviera responsabilidad social.

Esa credibilidad está siempre presente en la voz de Juan Francisco Ibáñez Echeverría. Esa voz que siempre ha sido garantía de calidad. Esa voz que uno escucha e inevitablemente asociará con su figura. La del Pancho Ibáñez del deporte, de los viajes, de los concursos de cultura general en serio; sin solemnidades pero con pasión y seriedad. Esa voz inconfundible.