Pese a los obstáculos que ha tenido que sortear en la vida, la actual senadora de la Nación Gabriela Michetti ha podido desarrollar con éxito su carrera política y erigirse como una de las principales líderes del PRO.

“No hay barreras, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a mi mente”. Una frase inspiradora de la escritora británica Virginia Wolf, que probablemente ha motivado a lo largo de los años a miles de mujeres. Ella, al igual que nuestra entrevistada, la actual senadora de la Nación Gabriela Michetti, tuvo que abrirse paso en un mundo dominado por hombres. Y aunque los obstáculos por momentos fueron difíciles para ambas, cuando los principios y las convicciones son más fuertes que el propio espíritu, todo se puede lograr.

Gabriela Michetti siempre se ha identificado con el servicio público. Desde que vivía en la localidad de Laprida, ubicada a 500 kilómetros al sur de la ciudad Buenos Aires, sentía la inquietud por ayudar a los más desposeídos. En los últimos diez años, ha sido una de las principales figuras femeninas del espectro político en la Argentina: de 2007 a 2009, fue vicejefa de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires; en 2009 fue elegida diputada; y en diciembre de 2013 fue electa como senadora. En este momento, nos encontramos ad portas del remodelado Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, ubicado en el corazón del barrio de San Telmo, atentos para iniciar nuestra entrevista con una de las líderes del PRO. La primera pregunta que se nos viene a la mente: ¿por dónde podemos empezar? Por supuesto que por el principio, por su querida y entrañable Laprida.

 ¿Qué recuerda de esos años viviendo en Laprida, un lugar tranquilo y totalmente opuesto a una ciudad tan grande como Buenos Aires?

Tengo recuerdos muy bellos. Los mejores. Crecí en una familia muy linda y muy bien constituida. Mi papá es médico, hoy está jubilado ya que tiene 74 años, y mi mamá es maestra, pero después de casarse no volvió a ejercer. Yo soy la mayor de tres hermanos. Hicimos la primaria y la secundaria en escuelas públicas, ya que al ser un pueblo tan chiquito no había colegios privados. La verdad es que fue una infancia muy feliz y muy activa. Mucha gente piensa que en los pueblos pequeños todo es demasiado tranquilo y que no hay mucho para hacer. Pero es todo lo contrario. A diferencia de las grandes ciudades, tenés todo a mano, por lo que no perdés el tiempo trasladándote en colectivo o en tren de un lugar a otro. En mi caso, por ejemplo, iba a clases de francés, de piano, hacía gimnasia, tenía un club para estudiar historia y política, trabajaba en el grupo parroquial de la iglesia, fui presidenta de la juventud del Rotary… Iba de un lado para otro, además de asistir a la escuela. También tuve mucha vida familiar. A mi padre le encanta viajar, es su pasión número uno. Así que viajábamos muchísimo, por el país, en coche, o al exterior. Todos los veranos y todos los inviernos nos tomábamos nuestros 15 días de vacaciones para viajar juntos, los cinco. Los fines de semana íbamos al campo a visitar a mi abuelo, que vivía en Benito Juárez, una localidad cercana a Laprida. Por eso, siempre digo que tanto mi infancia como mi adolescencia fueron muy lindas, muy familiares y con muchos amigos. La vida en un pueblo es muy afectiva, muy democrática, no hay tantas diferencias sociales como sí las hay en una gran ciudad como Buenos Aires.

Y hoy, cada vez que vuelve, ¿qué siente?

Primero, me encanta reencontrarme con mis amigos del secundario. Es una sensación muy especial, es como volver un poco a esa edad. Volvés a hablar de los mismos temas y recordás anécdotas. También es muy lindo encontrarme con mi padre, ya que lo veo poco. Laprida está a 500 kilómetros de Buenos Aires, por lo que viajar por un fin de semana a veces se hace muy difícil. Más todavía si me toca trabajar. Pero se siente mucho la diferencia: el silencio, la paz y el ritmo de vida no tienen nada que ver con lo que vivimos acá. A veces me pregunto por qué habré tomado la decisión de instalarme en una urbe. Y en realidad la explicación tiene que ver con mi vocación política. La decisión la tomé a los 17 años, cuando me vine a Capital para estudiar Relaciones Internacionales en la Universidad del Salvador.

¿Siempre tuvo claro que quería estudiar esa profesión?

Desde muy chica siempre hice cosas ligadas a lo que es el servicio público. Lo hacía a través del colegio, de la iglesia, del Rotary, lo que fuera. Siempre me ibas a encontrar ligada a alguna acción que fuera trabajar por la gente más humilde del pueblo. Cuando me vine a vivir a Buenos Aires, lo primero que hice fue encontrar una parroquia que tuviera trabajo en las villas del conourbano de la ciudad de Buenos Aires, específicamente para poder participar en proyectos de alfabetización para los chicos. Entonces, cuando comenzamos a charlar en la escuela sobre profesiones y carreras universitarias, yo decía que quería ser diplomática o que me quería dedicar a la política internacional. Por un lado, me gustaba mucho la acción social y trabajar por demás, pero por otro también me gustaba mucho viajar. Finalmente, uní ambas pasiones y decidí estudiar Relaciones Internacionales. Con el tiempo me di cuenta de que la carrera no era mi vocación. Al terminarla, empecé a trabajar con un profesor en una especie de prueba piloto que se hizo en la Argentina en el año 89 sobre las relaciones internacionales de las provincias. El mundo venía teniendo una voz en política exterior, que era una voz de los estados. A fines de la década de los 80, las localidades o provincias de los países comienzan a tener relaciones separadas con estados de otros países. Fue así como armamos la primera Oficina de Relaciones Internacionales de la Provincia de Buenos Aires. Tuvimos relaciones con provincias de Francia, Alemania y España. Tuve mucha suerte de participar en ese proyecto. Contaba con 22 años y había terminado recién la universidad. Sin embargo, cada vez tenía más claro que lo mío estaba relacionado con la política y el servicio a la comunidad.

Cuando finalmente se decidió por hacer una carrera política, ¿contó con el apoyo de sus padres?

Sí, siempre. Mi padre estuvo superpresente. Soy una persona muy agradecida de la familia que me tocó. Si bien tenemos problemas y dramas como cualquier otra, siempre conté con el apoyo de ellos. Me siento privilegiada.

Sin duda, un momento que marcó para siempre su vida fue el accidente automovilístico que tuvo en 1994, ¿cómo logró salir adelante y reponerse de una situación tan difícil?

En mi caso, estuvo la posibilidad de acceder a muchos recursos. Sobre todo en una situación límite como la que viví. Hay personas que viven una situación similar y están sumamente desprotegidas. He pensado mucho en eso. Gracias a Dios, tuve la posibilidad de contar con una familia presente, recursos económicos, un padre y un hermano médicos, así que había bastante conocimiento y cercanía con los temas difíciles que me tocaban vivir. Mi fe, que siempre ha sido muy potente, bien vivida, con alegría, también fue fundamental para mí. Por supuesto que no fue fácil. Lloré. Me embronqué. Tuve momentos de mucha tristeza e impotencia. Pero acepté mi realidad. La encaré. Decidí no pelearme con los problemas de la vida y salir adelante. El apoyo de mi exmarido también fue vital. En esa época, mi hijo tenía dos años. El día del accidente no iba conmigo en el coche, por lo que también lo considero un regalo del cielo. Lo que quiero decir es que, a pesar de que la situación fue difícil, yo tuve las mejores herramientas a mano para poder encararla.

 POLÍTICA Y PROYECTOS SOCIALES

¿Qué opina sobre la participación de la mujer en política?

Pienso que la mujer le puede agregar mucho valor y, al mismo tiempo, cambiar y mejorar muchas de las cosas malas que tiene hoy la política, siempre y cuando ponga en juego lo femenino. No porque seas mujer vas a cambiar las cosas. Si sos mujer y tenés conciencia de que podés hacer esas transformaciones, poniendo en juego la capacidad de empatía, de dialogar y empatizar con el otro, y, por supuesto, de utilizar esa capacidad que tenemos solo nosotras de darles una mirada integral a los temas, es posible generar un gran aporte a la política actual. Debemos agradecer a las mujeres de generaciones anteriores que lucharon por un espacio en lugares que antes eran solo para hombres. Es una realidad que hoy muchas mujeres se encuentran ocupando importantes cargos públicos. Pero todavía falta. Aún no veo igualdad. Y no solo me refiero a la política. Fijate que todavía para algunos puestos de trabajo, cargos de la misma responsabilidad, se paga diferente a una mujer. O sea que, a nivel de equiparación y de igualdad, falta para equiparar la balanza 50 a 50.

¿Cuáles han sido para usted los mayores logros de su carrera en los últimos años?

Estoy muy orgullosa de ser parte de la creación de un nuevo espacio político en la Argentina que pretende renovar las prácticas y que busca mostrar que la política tiene que ser resolución real a los problemas de la gente, a través de la creación de servicios y de obras de infraestructura. También me siento muy orgullosa de haber sido la autora de algunos proyectos de ley en la Legislatura y quien transformó la política de discapacidad en la ciudad de Buenos Aires. Cuando asumí como vicejefa de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, teníamos 4000 rampas en toda la ciudad. Hoy hay más de 35.000. Había una política de asistencialismo, y hoy poseemos una política ligada a lo que son los derechos humanos, la cual está enfocada en entregarles más herramientas y oportunidades a las personas con discapacidad. Asimismo, logramos que todos los edificios públicos se adapten a las necesidades de los discapacitados y asesoramos a muchísimos consorcios privados en la construcción de los accesos de sus edificios. También me gustaría destacar un importante proyecto que desarrollamos junto a mi equipo y que tiene relación con la urbanización en las villas de la ciudad. Esta propuesta estuvo inspirada en acciones similares llevadas a cabo en otras ciudades de América Latina, y nos está dando una vinculación con la gente muy cercana y directa. Gracias a esta, hoy tenemos funcionarios trabajando dentro de las villas. Cuando yo llegué al Gobierno de la Ciudad como vicejefa, propuse implementar un sistema a través del cual el funcionario no estuviera planificando la urbanización de las villas desde un escritorio en el centro de la ciudad, sino en terreno, en vinculación con la gente. Escuchás sus problemas, sus necesidades, y se entusiasman con la presencia directa de quien los está ayudando. El objetivo es convertir esos lugares en barrios de la ciudad, humildes pero dignos para las personas que viven allí.

¿Qué ciudades toma para replicar este tipo de acciones?

Depende de los temas. Uno no tiene que casarse con una ciudad. Hay que ser muy ecléctico en eso e investigar todo lo que está pasando en el mundo, porque hay buenas prácticas en ciudades latinoamericanas, europeas, asiáticas… Siempre aparece algo, ya sea relacionado con energías renovables, recuperación del espacio público, proyectos de participación ciudadana, intervención urbana, obras hidráulicas, etcétera, hay que estar atentos e informados. Por ejemplo, en el tema social, en lo relacionado con la urbanización de los barrios más humildes, me inspiro mucho en Medellín. Es una ciudad que ha vivido una importante revolución en esta materia en los últimos diez o doce años. Pero vamos observando temas de todo el mundo, para ver qué se adapta a nosotros.

Uno de los proyectos más interesantes durante su gestión como vicejefa de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires fue el programa cultural Pasión por Buenos Aires. ¿Podría contarnos en qué consistió y cuáles fueron sus alcances?

Pasión por Buenos Aires fue un programa muy lindo que trabajó mucho en recuperar la identidad de los barrios y que la gente se volviese a sentir orgullosa del lugar en donde vive. La globalización muchas veces nos separa de nuestras raíces y de nuestras tradiciones, y la idea de esta propuesta fue recobrarlas. Lo primero que hicimos fue recuperar las banderas y los escudos de cada barrio. Luego, en las plazas más importantes, se realizó una puesta con estos emblemas históricos. También, en fechas clave para la ciudad o el país, sorprendíamos a los ciudadanos con acciones que duraban de 15 a 30 minutos. Para el Día de la Primavera, en la estación de trenes de Retiro, asombramos a los pasajeros que descendían del tren con un show con actores, coreografías y con Sergio Denis cantando. En otra ocasión, en algunos puntos de la ciudad, pusimos cantantes de ópera en bares y en restaurantes para que atendieran al público. No sé cuántos ciudadanos participaron, pero la idea era que ellos volvieran a vincularse con su raíz, su ciudad, la pensaran y se sensibilizaran. Tuvo muy buen impacto en lo emocional.

¿Qué proyecto le gustaría poder llevar adelante qué aún no ha podido concretar?

Estoy muy concentrada y con muchas ganas de llevar adelante el proyecto sobre adopción en la Argentina, porque las leyes que tenemos sobre el tema no ayudan a que los chicos vivan en familias que quieran adoptarlos. El sistema hoy en nuestro país tiene muchos vericuetos, y lo que termina pasando es que los chicos siguen estando años y años, y no son adoptados porque la norma es muy contraria al proceso de adopción. Entonces eso me importa muchísimo. Con mi equipo recorrimos muchos hogares del país y nos encontramos con chicos de hasta 17 años que están allí desde hace diez o doce años, o desde casi los tres o cuatro meses de vida, y que aún no han podido ser adoptados. Y por otro lado, hay todo un fenómeno de tráfico de compra y venta de bebes que justamente es la contracara de un sistema que es nefasto.

¿Qué opinión le merece la RSE en el país?, ¿ve a las empresas comprometidas?

Creo que hay un compromiso de las empresas con la RSE. Hay muchas compañías que se toman esto en serio. Es importante que haya un aporte integral y en conjunto. O sea, que tanto los dueños y los gerentes como el resto de los empleados participen activamente y comprometidos con estas acciones. Ahora, siempre es lindo pensar que podemos hacer mucho más. Todavía hay muchas compañías y algunos empresarios que tienen la posibilidad de profundizar aún más en esta temática y contribuir mejor. Quienes ya han asumido la RSE como un camino a seguir, deben impulsar e invitar a sus pares a que se sumen al desarrollo de este tipo de iniciativas.

¿Cuáles son sus sueños?, ¿qué cosas aún le quedan por hacer?

Mi anhelo es formar parte de la generación o del grupo de personas que pueden cambiar la realidad de la Argentina, para que la gente viva mejor. No sueño con un cargo, con llegar a ser “tal cosa…”. Quiero formar parte de un proyecto que transforme nuestro país. Creo que esto no se hace de a uno, sino que debe ser el resultado de la unión entre varias partes, ya sea entre empresarios, políticos, académicos y ciudadanos que empiezan a pensar de otra manera. Tengo la convicción de que eso ya está comenzando a pasar. Lo escucho en la gente, leo en las redes sociales. Por supuesto, tengo sueños más personales. Quiero que mi hijo sea feliz y pueda desarrollarse y cumplir sus metas. Pero también soy una persona muy agradecida de la vida, de mi familia, de mis amistades y de haber podido desarrollar mi vocación.