Desde su rol en los medios, Débora Plager participa en campañas solidarias cuando se siente interpelada por la causa. Aunque valora las iniciativas privadas, sostiene que es el Estado el principal responsable ante la sociedad.

Vuelan acusaciones de un lado a otro, el tono de voz se eleva cada vez más, el foco de la discusión por momentos se torna confuso, pero ella permanece imperturbable. Débora Plager sortea el rol de columnista en el que es uno de los programas políticos del momento: Intratables, un escenario donde se sabe dónde comienzan los debates, pero no
dónde terminan. En medio del caos aparente, ella no se inmuta y se las arregla para imponerse y dar su opinión sobre el tema en cuestión.

Es la experiencia la que le permite esa calma, que se extiende a las expectativas que pone en su carrera actualmente: “Aprendí con los años a disfrutar lo que tengo hoy, el momento que estoy pasando, sin tener siempre la zanahoria por delante, persiguiendo algo que, a lo mejor, no alcanzás nunca. Eso no significa que no cuente con ambiciones personales, que no trate de hacer mi trabajo cada vez mejor, pero no tengo una asignatura pendiente”, confiesa.

Hija de la escritora Silvia Plager, siempre se sintió atraída por el periodismo, aunque nunca quiso invadir el que consideraba como terreno materno: la palabra escrita. Por eso, lo suyo siempre se desarrolló en radio y televisión. Recién ahora se animó a incursionar en la gráfica, con una columna en el diario El cronista. “Había algo ahí que hacía que, sin querer queriendo, yo me fuese metiendo en el mundo de la comunicación desde lo oral, en televisión y radio. Es una tontería que fue quedando ahí, no sé por qué. Pero este año rompí un poco ese tabú, ese conjuro. Ahí dije ‘Ya está, no hay límites‘. Esto es una tontería que fue quedando ahí, no sé por qué, y ahora también escribo. Mucha gente que conoce mi trabajo en los medios me decía ‘Parece que escribieras, por tu modo de expresarte‘. Yo no escribía, pero ahora puedo decir que también lo hago. Me gusta mucho”, cuenta.

¿Qué entendés por “responsabilidad social”?

No soy una experta en la materia, pero, por lo que me tocó ver del mundo corporativo, es un modo que tienen hoy las empresas de estar en contacto con la sociedad, de buscar todos de ayuda, de colaboración, de intercambio, entre la sociedad civil, el mundo
privado y lo público. Y me parece que está bueno.

En cuanto a la gente, ¿creés que es responsable socialmente?

Lo que sí sé es que somos una sociedad solidaria. De todos modos, si bien creo que es importante que las empresas tengan un vínculo de colaboración, considero que es el Estado el que debe tener la principal responsabilidad. Yo soy muy crítica de que cuando hay una situación de emergencia climática, una inundación, suponte, tengamos que salir por los medios nosotros a pedir colchones, lavandina, ropa seca. Creo que el Estado debe tener listos, ante cualquier contingencia, los medios necesarios para proveerles a aquellos que necesitan todo lo imprescindible para socorrerlos. Obviamente, bienvenida sea la ayuda
del sector privado, pero soy muy vehemente respecto de que es el Estado, el sector público, el que tiene la responsabilidad social principal. Sobre todo por los altísimos impuestos que pagamos en la Argentina.

Por lo que me decías, creés que cuando existe este tipo de convocatorias la gente responde…

Yo creo que sí, a mí me pasó: desde los medios, cada vez que hemos convocado, la gente ha respondido de una manera increíble. Muy participativa, muy solidaria, muy consciente del contacto con el otro.

Desde tu rol, ¿tenés una responsabilidad mayor?

Sí, en un punto, porque lo que nosotros decimos o hacemos tiene una réplica muy grande, hay mucha gente que lo escucha y lo ve. Somos un vehículo amplificador. Cualquier campaña, cualquier situación que una empresa, el Estado o quien fuere decida hacer,
vehiculizada a través de los líderes de opinión, de los medios de comunicación, se amplifica.

¿Sos de apoyar campañas?

Sí, siempre que me lo piden, si estoy de acuerdo con aquello que la convocatoria implica. Si es una causa que a mí me conmueve por algo o que me parece interesante de hacer, sí, por supuesto.

SU PROFESIÓN

Trabajaba como secretaria en una compañía agropecuaria y, haciendo llamados para su jefe, descubrió que uno de sus amigos era el dueño de Radio Rivadavia. Vio la oportunidad para dar el salto a su profesión y no la desaprovechó: una entrevista fue el paso previo a comenzar a trabajar junto a un plantel estelar, en el que se destacaban Santo Biasatti, Enrique Llamas de Madariaga, Héctor Larrea y Antonio Carrizo.

¿Cuánto cambió lo que imaginabas de la profesión respecto de lo que encontraste en el ejercicio?

Supongo que siempre hay alguna expectativa no cumplida o una idea romántica de la profesión. Pero también me pasó al revés, con muchas cosas que me sorprendieron para bien, que tienen que ver con la adrenalina del oficio. Con trabajos que me tocó hacer y que nunca me hubiera imaginado. Me quedo más con todo esto: la posibilidad de estar en hechos trascendentes de la historia, cubriéndolos, tener la posibilidad de contarlos, viajar por el mundo… Todo eso me resultó super enriquecedor, superó ampliamente
mis expectativas.

Y ahora que lo tuyo es más de estudio, ¿se extraña eso?

Digamos que sí, lo extraño, es una adrenalina que me gusta. A pesar de que hace unos años que estoy más en estudio, cuando hubo posibilidad de hacer alguna cobertura, la hice, y durante un tiempo compatibilicé ambas cosas. Alguna que otra vez, si puedo, me escapo. Todas esas coberturas para radio y, fundamentalmente, para televisión, fueron de lo más variadas: la asunción de un papa, un huracán, un mundial de rugby, exequias de presidentes, golpes de estado, entre otras. Hoy, además de ser una de las figuras periodísticas de América, escribe una columna en el diario El cronista.

Hace ya un tiempo que estás enfocada en la política, ¿es lo que te atrae más?

Claramente, sí. Ese mundo es el que más me fascina, me motiva, me interesa. A pesar de que estoy adentro de un estudio, para nutrirme de información visito funcionarios, ministros, diputados de la oposición o del oficialismo, jueces, abogados. El periodismo político es el que elegí, el que me gusta, el que me contiene, en el que me desarrollo mejor.

Cuando uno le empieza a ver los hilos al país, ¿cómo se sigue en la vida cotidiana?

Es muy decepcionante. Porque yo, al menos hasta ahora, no encontré en la dirigencia política algún dirigente que me represente, que haya colmado expectativas, que haya cumplido con lo que prometió. Lo de los hilos, ni hablar, porque habla de acuerdos espurios, de defensa de intereses corporativos y no de los intereses de la sociedad o del pueblo que votó a esos dirigentes. Yo diría que es más decepcionante que otra cosa. No obstante, me gusta moverme en ese barro.

En una de tus columnas hablaste de “la medianía intelectual de aquellos que aspiran a gobernarnos”.

Creo que hace muchos años que en la Argentina no hay un estadista. No es solo un fenómeno propio de nuestro país, igual. Creo que en el mundo es así, si mirás los liderazgos de Trump, de Bolsonaro, ni hablar de líderes europeos neonazis, de lo que ha pasado en Italia con Salvini. Me parece que hay una carencia de liderazgos con otra profundidad, esos estadistas que dejaban todos los valores puestos en su modo de gobernar. No hay un líder con esa estatura, que esté más allá de la encuesta de turno o del voto que puede conseguir mañana, de la especulación.

En ese sentido, por lo que decís, el mundo estaría empeorando. ¿Es un reflejo de que las sociedades también lo están? ¿O no necesariamente?

Es relativo, porque fijate lo que pasa en Chile, por ejemplo, con las manifestaciones populares, o en Medio Oriente, en Francia, en Colombia. Si bien hay corresponsabilidad en esos líderes que llegan al poder, porque una sociedad los vota, también es una sociedad que está harta de lo que tuvo hasta el momento. A veces ese hartazgo es peligroso,
porque da lugar a liderazgos de estos personajes mesiánicos, poco apegados a los derechos humanos, discriminatorios, xenófobos. Al mismo tiempo, esas sociedades se expresan y van a las plazas, a los lugares públicos a decir “No queremos más esto”. Creo que estamos en un proceso de transformación. Lo que está en juego es el concepto mismo
de democracia. Yo considero que la gente necesita otro tipo de participación. Eso de delegarle cuatro años el poder a alguien y que maneje tu vida, tu economía, tu futuro como quiera, me parece que ya las personas no se lo bancan con tanta facilidad. Nosotros estamos girando con esa rueda que cambia, no tenemos la distancia suficiente para verla.

Dentro de esos hartazgos, hay muchas opresiones que están puestas en duda. El feminismo está muy presente.

Sí, la lucha de las mujeres, los ambientalistas, los defensores de los derechos de los animales… Son las nuevas generaciones las que tienen estas nuevas demandas.

¿Te considerás feminista?

Sí, aunque no de las más combativas. Tengo una mirada crítica respecto de esa posición. Creo que el feminismo se ejerce desde la labor cotidiana, desde la manera en que educamos a nuestros hijos, desde la solidaridad de género: siendo solidarias con otras mujeres en nuestros trabajos, sin descalificaciones, cuidando las palabras. Me parece que, primero, debemos cambiar toda la violencia machista simbólica que tenemos en el lenguaje y no es desde la confrontación ni desde la violencia. Siempre desde el respeto. Como todo proceso de cambio, es como un barco que se va escorando: hay posiciones extremas y después se acomoda. Vamos a encontrar un justo término para reivindicar nuestros derechos como mujeres, que sea entendido por toda la sociedad, sin confrontación.

En una nota de 2014 decías que a las mujeres siempre les dan la nota del oso panda…

Sí, creo que un poco mejoramos. Yo hice muchos años noticiero, y en esa época éramos un poco la acompañante decorativa del conductor varón. Él lideraba las noticias, presentaba las más duras, de alta política, de actualidad, y la mujer quedaba para presentar la nota de color: un nacimiento, una cosa tierna. Hoy afortunadamente pasa menos, pero todavía hay muchos más espacios para varones en los medios que para mujeres, sobre todo en los roles de actualidad política. Por lo menos por corrección política, aunque sea para quedar
bien, por demagogia, los medios debieran darles más roles de liderazgo en periodismo político a las mujeres.

La gente está muy encima de los contenidos, se expresa a través de las redes. En tu caso, también está permanentemente diciendo algo acerca de tu trabajo, ¿cómo vivís eso?

No le doy tanta bolilla, porque también hay mucha agresión. Detrás del anonimato de Twitter o Facebook decís cualquier cosa. No estoy muy pendiente. Sí las uso como medio de comunicación. Es otro lenguaje, hay que estar y trato de moverlas y demás. Escucho,
leo a la gente, tomo algunas cosas que veo, si hay algo que la gente rechaza, si una idea no gusta. Pero siempre entendiendo que atrás no sabés quién está. Y después en Instagram, que es más superficial, si se quiere, comunico cosas vinculadas con la estética, con la ropa. Yo trabajo en la tele y la imagen es parte de eso, entonces la gente por ahí me pregunta quién me corta el pelo o de dónde es tal vestido. Me divierte, lo uso, y cuando pongo una foto mía en traje de baño, también me causa gracia. Si viene algún comentario
subido de tono, no me importa nada, me río.

¿Qué relación tenés con mostrarte de vez en cuando?

No me afecta. Al contrario, considero que es una especie de superación del feminismo. Porque algunas hablan de la mujer cosificada, y yo también soy crítica de que cosifiquen a la mujer. Pero me parece fantástico mostrar mi cuerpo por una decisión personal e individual. No me parece que tenga ninguna incompatibilidad con mi desarrollo profesional, no me hace mejor ni peor periodista, ni más inteligente ni más tonta. Me parece que es
un prejuicio viejo ese.

¿Te produce algo particular cumplir 50?

Y, sí, son etapas que van pasando, y digo “¡Cómo pasa el tiempo!”. Me encuentro en un momento lindo, me siento bien conmigo, físicamente, estoy contenta con mi pareja, mis hijos crecen. El paso del tiempo en mí es el crecimiento de mis hijos y su desarrollo y su madurez. Eso me pone feliz. Siento que voy dejando atrás también una etapa de mucho
trabajo, muy gratificante, pero trabajosa, que es criar a los hijos. Tengo esa sensación de libertad que te da el cumplir años y saber que dejaste una tarea hecha respecto de la maternidad.