Heredero de una indiscutida impronta cultural y filantrópica, Facundo Gómez Minujín lidera la delegación argentina de J.P. Morgan con una visión proyectada hacia la educación y el trabajo a través de actividades sustentables.

Tres obras de arte adornan las paredes de la oficina central de J.P. Morgan, filial Argentina. En un ambiente de unos 15 metros cuadrados, una mesa ratona es la base para un gran número de libros, en su mayoría de artistas y sobre ellos. En ese entorno de colores, témperas y literatura, y con una vista inmejorable a Puerto Madero y al río, Facundo Gómez Minujín, CEO de la empresa, dirige la dependencia nacional y el área de RSE de la compañía.

“Llegué a la empresa en el 95, luego de trabajar muchos años en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), con sede en Washington –recuerda–. Lo que más me atrajo de ella fue el prestigio que la caracterizaba, además de un interés personal en el sector financiero”.

 

Alma de filántropo

Gómez Minujín es abogado y comenzó su carrera en el estudio Cárdenas, a fines de los 80. Luego de realizar un máster en la Universidad de Illinois (Estados Unidos) y de trabajar en ese país durante algunos años, regresó a la Argentina, donde volvió a incorporarse al mismo estudio que había visto sus inicios como servidor público. Más tarde entró como consultor externo a J.P. Morgan, a la que define como “el Rolls Royce de los bancos”, y finalmente se hizo cargo de la presidencia de la empresa en 2008. Si bien toda su vida estuvo relacionada con los negocios, siempre se sintió muy cercano tanto al arte como a la ayuda de las personas o lugares que más lo necesitaran.

Está casado, tiene tres hijos y todos los fines de semana navega junto con ellos en el barco de su padre. No resulta casual que la madre de este intermitente jugador de squash sea uno de los referentes artísticos más importantes de fines del siglo XX: Marta Minujín. El CEO de J.P. Morgan, además, es presidente de ArteBA desde hace 15 años y en 2003 fue cofundador de Cruzada Argentina, una fundación que promueve el desarrollo de comunidades rurales a través de asistencia, apoyo a proyectos productivos y capacitación, que generen habilidades y actitudes para el trabajo. Pero lo más sobresaliente de su obra filantrópica es que convive de forma paralela con los lineamientos que J.P. Morgan establece para sus actividades sustentables.

 

Estilo de vida

J.P. Morgan nació como la fusión entre Chase Manhattan Corporation y J.P. Morgan & Co., y desde sus comienzos tiene actividades sustentables. “La empresa es una unión de varios bancos, y como las instituciones financieras incorporaron muchas más entidades como el Washington Mutual, Inc. (WaMu), no se puede establecer un momento justo en el que se comenzaron a llevar a cabo acciones de RSE. Ambas empresas se dedicaban a la filantropía”, explica el directivo. Así, mientras que la rama de J.P. Morgan sentía mayor interés por los libros y las antigüedades, Chase se abocaba en mayor medida al arte contemporáneo. “Eso se fue traspasando de generación en generación”, subraya Gómez Minujín. Es así como el aporte a las actividades sustentables se viralizó no solo dentro de las sucursales en los Estados Unidos, sino también al resto del mundo.

J.P. Morgan tiene una larga historia en la Argentina, donde participó de las transacciones más importantes del país desde fines del siglo XIX como consejera de clientes corporativos y ayuda financiera al Gobierno local. Además, la empresa cumplió un rol central en el financiamiento de los ferrocarriles y la extracción de minerales y oro. En 1948, luego de la Segunda Guerra Mundial, la entonces Chase National abrió una oficina local en Buenos Aires. Treinta años después, J.P. Morgan replicó esta acción, que fue seguida por la apertura de J.P. Morgan Argentina S.A. en 1985.

“Tenemos un plan formal en la Argentina; la empresa siempre donó de forma articulada a través de un comité que analiza los proyectos y compite por los fondos desde 2003”, indica Gómez Minujín. Son cuatro los empleados de diferentes áreas del banco que forman parte del Comité de Contribuciones y que rotan cada dos o tres años. “Esto requiere un seguimiento, un conocimiento de las fundaciones. Cualquiera de los 220 empleados puede participar en la medida en que le dediquen el tiempo necesario para hacerlo”, destaca.

Estos cuatro miembros identifican fundaciones y proyectos que están alineados con las áreas que apoya el banco, y acompañan a las fundaciones en el proceso de presentar sus proyectos. En este sentido, el directivo resaltó la importancia del origen de los proyectos. “Algunos llegan como propuestas independientes, y otros tenemos que salir a buscarlos de forma más activa”, explica. Luego de que el proyecto ingresa, la empresa analiza si la fundación que hace la propuesta cumple con los lineamientos de J.P. Morgan. “No colaboramos con cualquier fundación; deben tener propuestas relacionadas con la educación o el trabajo”, reconoce.

Es así como desde la empresa se controla el destino de los fondos que se donan. La manera de trabajo es simple, las fundaciones presentan un proyecto y J.P. Morgan lo financia. Pero ese proyecto no solo debe cumplir con los lineamientos de las cuatro áreas que apoya el banco, sino que también tiene un seguimiento durante su realización y luego de finalizar. En este sentido, cada organización debe presentar un detalle donde se especifique en qué consiste, quiénes participan y cuál será el impacto. Luego de un año de ejecutarse, quienes lo llevan adelante deben entregar un resumen a la empresa que identifique que los fondos donados llegan a destino de manera efectiva.

Las proyectos de las fundaciones seleccionadas deben tener, además, un alto impacto en términos de la cantidad de personas que resultan beneficiadas. Las áreas que apoya el banco son: 1) Educación enfocada a fomentar la salida laboral mediante entrenamiento técnico y programas enfocados a la creación de trabajos; 2) Entrenamientos a maestros; 3) Iniciativas que promuevan el desarrollo de pequeños negocios; y 4) Entrepreneurship (focalizado en el desarrollo económico). A pesar del apoyo en estas cuatro aristas, el CEO de la empresa siente que queda mucho por hacer. “A veces el tema de estos cuatro puntos es un problema, ya que en la Argentina existen muchas necesidades que van más allá de la ayuda que realmente podemos brindar”.

 

Desde adentro

J.P. Morgan distribuye alrededor de dos millones y medio de dólares en toda Latinoamérica para programas de RSE. En la Argentina, además de los programas que desarrolla y las fundaciones que ayuda, también lleva a cabo acciones independientes. Además de supervisar la participación de los empleados de la empresa en varias ediciones de Un Techo para mi País, Gómez Minujín también brinda charlas en diferentes organizaciones. A fines de junio se presentó en la Misión de la Obra Don Orione, donde dio una charla en nombre de Enseñá x Argentina sobre aspiración personal y educación a chicos de la fundación, colaboración que para él representa “una gota en el océano”. Así, para el directivo, es mayor la ayuda que puede brindar a través de negociaciones en el banco para generar más fondos que colaboren con las necesidades del país. “Debido a que el Estado trabaja de forma desorganizada, van a aparecer más necesidades en la Argentina. Por eso todo lo que tiene que ver con la educación y el entrenamiento es esencial para los educadores”, reconoce.

Y agrega: “Todas estas actividades las llevamos a cabo con un perfil muy bajo; ni siquiera hacemos publicidades al respecto o participamos de premios. Cuando se organizan comidas en las fundaciones, nunca damos nuestro nombre. No esperamos nada a cambio ni la publicidad que está ligada al beneficio de dar”, resalta Gómez Minujín.

Finalmente, la entidad también colabora con proyectos de políticas ambientales, pero en otros países. “En la Argentina solo nos enfocamos en las cuatro áreas de interés de la empresa”.

 

Fundaciones

Algunos de los proyectos que la empresa apoyó en los últimos años son:

  1. Tzedaka: En su programa de inclusión laboral para jóvenes en situación de vulnerabilidad económica. Consistía en una serie de cursos relacionados con nichos de mercado que la fundación había detectado con mayor demanda laboral.
  2. Fundación Cruzada Argentina: En el armado de un laboratorio de computación en una comunidad de Corrientes; y también, en la misma provincia, desarrollaron un taller de costura. Además, instalaron una imprenta en un colegio de Salta para que los graduados pudieran tener una salida laboral. Se los entrenó en encuadernación, impresión y diseño. “La relación entre J.P. Morgan y la fundación comenzó con el jefe de mozos de la empresa, que llevaba donaciones al norte del país pero de forma informal”. Con la debacle económica de 2001, esa colaboración se transformó en asistencialismo, y esto hoy se identifica con proyectos de sustentabilidad que se apoyan en escuelas técnicas. “Es importante combinar la vida sustentable y el trabajo”, sentencia Gómez Minujín.
  3. Educere: En conferencias de entrenamiento para maestros y directores con el fin de desarrollar sus capacidades y brindar a los estudiantes un mejor nivel educativo.
  4. Fundación Leer: En el armado de rincones de lectura en jardines de infantes a través del entrenamiento de los maestros y la provisión de libros para escuelas y casas.
  5. Cimientos: En un programa de red para graduados en el que se les brindan herramientas y oportunidades para acceder al mercado laboral.

 

* Entrevista publicada en la edición 22 de PRESENTE (enero/febrero).