Con 50 años en teatro, cine y televisión, Susú Pecoraro dice que la educación en el seno familiar fue el eje fundamental para ser socialmente responsable y asegura que el arte puede funcionar como una buena herramienta para fomentar nuevos valores.

Es imposible pensar en ella y no acordarse de Camila, el histórico personaje que Susú Pecoraro encarnó en cine en el comienzo de los años 80 y que marcó a toda una generación con aquella mujer que se enamoraba de un cura en tiempos de unitarios y federales. “¡La cantidad de Camilas que nacieron luego de la película! Tengo mucha ternura por ese personaje, es como si fuera una hija mía”, dice con dulzura Susú a PRESENTE. A los 63 años, la actriz confiesa que lo que la ha hecho mantenerse en esta vocación es la coherencia de ser siempre ella misma. Ahora, vuelve a la televisión con La leona, la nueva tira de Telefé que cuenta la vida de una trabajadora de una fábrica que se pone al frente de sus compañeros para defender las fuentes de trabajo, y que se cruzará con un hombre que es contratado por el dueño de la fábrica para vaciarla y quebrarla. Junto a un gran elenco –Miguel Ángel Solá, Lito Cruz, Esther Goris, Nancy Dupláa, Pablo Echarri, Pepe Soriano, Peter Lanzani y Dolores Fonzi, entre otros–, Susú confiesa que se siente plena en este presente laboral que la tiene inmersa dentro de una conjunción entre varios actores de su generación, con quienes trabajó en sus comienzos, y los más jóvenes, a quienes, dice, admira profundamente.

Luego de tantos años de carrera y después de haber actuado con todos, ¿sentís que te falta hacer algo más a nivel actoral?

No, no voy a inventar nada. Lo que sí quiero, y me han dicho que debo hacer, es dirigir. Pero es como que todavía no tengo ganas. Va a pasar cuando encuentre a la persona o el libro que quiero dirigir, ahí me voy a enganchar. He tenido varias propuestas de propios compañeros, de la gente con quien trabajé.

Tuviste varios papeles donde representaste a mujeres fuertes y luchadoras en películas como Camila, Tacos altos y ¿Dónde estás amor de mi vida que no te puedo encontrar? ¿Alguna vez quisiste salir de ese estereotipo de heroína?

Siendo muy joven, yo quería hacer personajes de mujeres mayores. Porque siempre me tocaba la heroína, la linda [risas]. Sí, era un peso. Llegó un momento en que pasó eso y me mandé a hacer otro tipo de personajes. Por ejemplo, Estela de Carlotto, que tuve que interpretarla de 80 años. Es difícil hablar de uno mismo, han dicho por ahí que soy una actriz versátil y puede ser que sea cierto. Pongo las patas en el barro, tengo una adaptación muy grande a lo que sucede, a la vida. Con los personajes me pasa lo mismo.

Cuando te nombran el término “responsabilidad social”, ¿qué es lo primero que te viene a la mente?

[Piensa] Tiene que ver con cómo te criaste, supongo. Con cómo fue tu infancia, tu familia, cómo saliste al mundo y cuáles son tus valores… Me viene eso a la cabeza.

Contame sobre esos valores familiares

Yo vengo de una familia que ha sido así, responsable, muy solidaria, viendo al otro, tratando de ayudarlo. De chiquita me mudé varias veces. En cada barrio, estábamos muy conectados con mi familia y mis amigos. La infancia en Villa del Parque transcurrió mucho con mis amigas de ese lugar, por ejemplo, que siguen siendo mis amigas de hoy. Íbamos al cine, ¡vendíamos cosas de nuestros padres para ver cine a los ocho años! [Risas]. Después andábamos mucho solas por el barrio Saavedra, ahí cerca de donde ahora está Tecnópolis. Eso fue a los diez, estábamos todo el tiempo en la calle, ¡era otra época!, como si estuviéramos de vacaciones todo el tiempo. Dentro del barrio se encontraba la iglesia, la escuela, un lindo recuerdo. Allí se cruzaban historias fuertes, chicos que eran hijos de militares, otros que eran hijos de militantes, y otros que simplemente veníamos, como yo, de otros barrios… Pero ¿sabés qué? En ese mix había una cosa de solidaria.

¿A qué te referís?

Mi familia siempre fue mucho de estar presente. Yo me acuerdo de quedarme a dormir en la casa de los otros, todos juntos, luego en otro. Otras veces mamá cocinaba… ¡y venían todos a comer! Ella hacía pizzas y tortas. Las madres estaban entre ellas donde se encontraban los chicos. Sigue siendo mi casa ese lugar. Paso por ahí y toco timbre siempre.

¿Haber elegido ser actriz tuvo que ver con una cierta responsabilidad social?

Meterme en el conservatorio ya fue una decisión muy fuerte, tenía que ver con mi convicción social. En el 71 eso estaba bastante mal visto. Yo empecé a estudiar en ese año. Actor era sinónimo de subversivo, imaginate. En esos años aparecía el rock de [Luis Alberto] Spinetta y Charly [García]. Ellos estaban en la música y yo en el teatro. Pero el teatro era más grande. Los actores se encontraban prohibidos, vivíamos situaciones muy extremas.

Y supongo que cosas lindas también.

Sí, tengo recuerdos hermosos, se mezclaba todo, la verdad. Era vivir en calle Corrientes viendo las películas de Fellini, de Bergman. Nos la pasábamos de bar en bar, de cine en cine y de teatro en teatro, todo el día, o en el conservatorio también. Veíamos todo lo que podíamos. Nos metíamos en lugares donde había toque de queda, entrábamos a ver La hora de los hornos en una casa donde la premisa era que no se supiera que estábamos ahí porque en cualquier momento caía la policía.

La época no dejaba de ser difícil…

Exacto, pero nosotros hacíamos lo que podíamos para comunicarnos, para estudiar sanamente, para ver una película. Queríamos aprender. Siempre estaba esta búsqueda de querer hacer, el compromiso absoluto, ese concepto que se volcaba en cada trabajo se fue volviendo parte de mi vida. Yo estaba haciendo una obra en un piso y en el de arriba había un teatro donde estaba, por ejemplo, Nacha Guevara. Había mucho compromiso.

¿En qué actitudes o costumbres fuiste tratando de aplicar ese compromiso a lo largo de tu vida?

El otro día me lo decía Soriano cuando me lo crucé en un alto de las grabaciones: la coherencia. Él me dijo: “Vos siempre fuiste coherente”. Y es cierto, siempre fui igual. Era igual en el barrio, o cuando estudiaba teatro, o cuando tuve que elegir los trabajos. Las elecciones de los trabajos te van contando quién soy, qué película hice, en qué momento del país, si había democracia o no. En el momento en que estaba grabando Camila, por ejemplo, no había. Y nos pusimos a hablar del amor entre un sacerdote y una mujer… Hoy nos reímos porque es típico de novela, pero ¿quién hizo punta ahí?… Tranquilamente nos podían poner una bomba en la puerta del cine. Yo fui a Cuba con esa película, tuve una charla con Fidel [Castro] y él me dijo: “¿Cómo es que tres mujeres hicieron esa película?” [risas].

Existe una nueva cultura de responsabilidades que tienen que ver con comer sano y cuidar el medio ambiente entre otras cosas ¿Qué opinión te merece que se hable ahora de este tipo de cuestiones?

¡Me parece maravilloso! Pero tarde. Yo fui responsable muy joven, como a los 23 años la conocí a Indra Devi, la maestra de yoga, que había venido a la Argentina. En ese momento la madre de mi novio estaba vinculada a ella y fue una de las personas que la trajo. Así que yo la veía en su casa, donde comíamos algo y hacíamos ejercicios de yoga. ¡En los 80 éramos muchos ya! Los libros de alimentación y yoga los tenés desde los años 50, ella ya lo venía haciendo. Lo que pasa es que ahora hay más difusión. Y me parece genial. En esa época yo ya sabía cómo se comía. Vuelvo a citarte a Nacha: una vez me la crucé en la calle luego de cantar y la vi tomarse un jugo enorme, colorado, y le dije: “¿Qué tomás?”. Era un jugo de zanahoria con no sé qué [risas]. Y empecé a tomarlo. Estábamos conscientes de lo que comíamos y no entendíamos por qué había otros que comían tanta manteca.

Un tema cultural.

Sí, tanta porquería, pero no podías decirles nada, porque terminabas siendo el raro que comías sano, te tiraban por la cabeza tus cosas. El chiste del brócoli existió toda la vida. Cuando vos tenés conciencia, te van a querer tirar algo siempre. Con el agua pasaba lo mismo.

¿Has sido de no derrocharla?

¡Toda la vida cuidé el agua! Mi mamá lo hacía. Mi abuela regaba rápido la vereda y decía: “Hay que cuidar el agua”. Era así. Siempre me acordé de eso, nunca dejé ni la manguera ni la ducha abierta cuando me bañaba. Es el día de hoy que te cierro todas las canillas, porque lo tengo metido adentro. Es lo que te hablaba al comienzo: la educación. En este momento, esta generación se está avivando de que tiene hijos que se van a quedar sin nada. Me alegro mucho de que así sea, creo que es un avance, pero para mí es tardísimo, va todo muy lento y nadie tiene conciencia de nada.

¿El ser humano posee conciencia social?

A la gente le importa poco todo, no tiene conciencia. El ser humano es superegoísta, no le importa el otro.

¿Y los argentinos? ¿Considerás que somos “socialmente responsables”?

No importa si sos argentino o no. Las familias argentinas mamaron lo que mamaron de generaciones anteriores, que pueden ser de italianos, españoles, judíos o musulmanes. Lo que importa es qué familia tuviste y cómo te hicieron tomar conciencia de las cosas. Ahí reside el cambio, en la educación. O tal vez en el novio que tuviste, o un amigo, porque ese alguien te hizo reflexionar por fuera de la familia. En todos los casos, tienen más conciencia los que tuvieron educación y contacto con la naturaleza. La gente que está en el campo es un claro ejemplo. Es decir, si vivís en un lugar donde el agua se seca, tenés otra idea del agua, sabés que se puede secar, que puede no haber más. Y la cuidás. Aprendés a hacerlo. Los que viven en la ciudad piensan más en su celular que en otra cosa, creen que el agua es inagotable o que viene mágicamente de no sé dónde. Y no es así.

¿Crees compatible el arte y la cultura con la responsabilidad social?

El arte es una palabra enorme. Todo lo que hacés puede influir en alguien.

¿Pensás que puede ser una buena herramienta para promover los valores relacionados con la responsabilidad social?

Sí. Siempre te vas a acordar de algo. Viste una película, una obra donde una persona cierra canillas y ya está. Millones de personas piensan que hacer eso sirve de algo. Tita Merello era una actriz ya mayor con todo su carácter, y aparecía en televisión mirando a cámara y diciendo: “Hágase un papanicolau”. O sea, sí, sirve. Se le ocurrió a ella. Yo ni sabía qué era, ¿y qué hice?, inmediatamente fui a preguntarle a mi madre. Ella me dijo que era para prevenir tal o cual cosa. Listo. “¿Me lo puedo hacer?”, le dije. “No, todavía sos muy chiquita”, me respondió. Pero me quedó, ¿entendés? Hoy es un chiste hacerlo. Pero en ese momento, Tita Merello metió eso en la cabeza de los argentinos. Vos podés hacer cualquier cosa, una novela, una obra, una película, pero siendo actor tocás el tema y vas a llegar a la gente. Y eso es maravilloso. Hacer el bien a alguien que lo está viendo.