Por su riqueza cultural e histórica, Otavalo está considerada la Capital Intercultural de Ecuador. Su comunidad, famosa por su habilidad textil y comercial, ha creado el mercado artesanal indígena más grande de Sudamérica.

Cuando el sol despierta, acaricia delicadamente el valle de Otavalo, un pueblo de aproximadamente 40 mil habitantes emplazado a 2580 metros sobre el nivel del mar, bajo las imponentes siluetas de los volcanes Cotacachi e Imbabura.

A tan solo 60 kilómetros de distancia de Quito, Otavalo es una ciudad viva para recorrer sin apuro. Con sus coloridas casas, sus edificios barrocos y su mercado de artesanías, está considerada la Capital Intercultural de Ecuador. Famoso por su habilidad textil y comercial, el pueblo quichua de los otavalos ha creado –a principios de la década del 70– el mercado artesanal indígena más grande de Sudamérica: la Plaza de Ponchos.

Todos los días, a partir de las ocho de la mañana, el mercado se instala allí, deslumbrante en colores con ponchos, suéteres de lana y alpaca, aguayos bordados, alfombras variadas, joyería en vidrio, botas de cuero, sombreros Panamá e instrumentos musicales autóctonos.
Las mejores vendedoras son las mujeres que captan la atención de los visitantes con su vestimenta tradicional: polleras largas, oscuras y sobrias, blusas bordadas con flores y adornadas con collares y pulseras de perlas doradas. Del sol interandino se protegen con
una gruesa bufanda negra o azul alrededor de su cabeza. Los hombres, de sombrero de fieltro negro de ala ancha, camisa, poncho, pantalón blanco y sandalias de cuero, lucen con orgullo su marca registrada en el mundo: la trenza azabache.

Siempre es mejor evitar ir los sábados a la Plaza de Ponchos y destinar ese día para estar lo más temprano posible en el Mercado de Otavalo, uno de los principales mercados de ganado de Ecuador, un sitio no recomendable para personas que puedan sentirse heridas por el maltrato animal.

Desde el amanecer llegan los criadores de animales en sus camionetas y camiones con vacas, caballos y cerdos desde los distintos pueblos de la provincia de Imbabura. Buscan una ubicación en el descampado –en un desorden organizado– y se mezclan con vendedores de pollos, patos, pavos, conejos y cobayos (cuyes), animales que tendrán como destino final una parrilla.

El verdadero encanto del Mercado de Otavalo radica en la gastronomía que surge de las manos de “las vecis”. Ellas son cocineras de olla y asadoras que, en el edificio de tres pisos frente al campo con los animales, preparan almuerzos que van de los tres a los siete dólares.

A los gritos desde sus puestos anuncian el menú del día, que consiste en sopas de papa, chanchos asados lentamente a la leña, mote, cevichochos (ceviche de lupines), tripas al fuego, seco de cordero, tilapias a la plancha, cuyes asados, jugos exprimidos, licuados y postres con altas cantidades de azúcar.

Pioneros en el turismo sostenible

Más allá de su mercado indígena, considerado un modelo a seguir por otras comunidades originarias de Latinoamérica, la ciudad de Otavalo dejó su huella en el turismo comunitario cuando el 14 de septiembre de 2001 se realizó allí el Encuentro Técnico Internacional sobre Gestión del Turismo Sostenible y Competitivo.

Organizado por el Ministerio de Turismo de Ecuador, la Confederación de Nacionalidades Indígenas de ese país (CONAIE) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) también participaron representantes de comunidades originarias de Bolivia y Perú.

Tras ese encuentro se firmó la Declaración de Otavalo, que se planteó como objetivo reconocer y fomentar la incorporación de las potencialidades indígenas para el desarrollo turístico integrando la identidad cultural de los pueblos originarios de Perú, Bolivia y Ecuador.

También se impulsó la creación de una red de turismo comunitario que ese mismo año fue puesta en marcha por la OIT bajo el nombre de Red de Turismo Sostenible (REDTURS) y que busca proteger las iniciativas de empresas de tipo comunitario de los países participantes, además de promocionarlas y difundirlas.

“Es necesario cuestionarse y actuar sobre otra forma de viajar. El turismo comunitario puede ser una de varias opciones para que la población anfitriona tenga algo de control sobre la actividad, decida qué mostrar, cuándo y qué parte de los beneficios económicos generados por su trabajo y participación queden en esos territorios que reciben turistas, y no solo los problemas que trae el turismo”, dice Xavier Contreras- Peñaherreras, miembro del equipo técnico de la Federación Plurinacional de Turismo Comunitario del Ecuador (FEPTCE), al sitio Travindy, especializado en turismo responsable.

La FEPTCE comenzó a finales de la década de 1980 y reúne a comunidades indígenas de todo Ecuador que ofrecen servicios de turismo, de guías y de alojamiento con más de 34 mil beneficiarios. La entidad impulsa retomar las prácticas tradicionales de manejo de la tierra para mejorar la agricultura, complementando con iniciativas de ecoturismo en las diferentes regiones.

“El turismo es una actividad depredadora; si la población local no se sensibiliza, prepara y organiza, será una víctima más de una actividad que por el momento solo piensa en el lucro de grandes inversionistas y muy poco en los anfitriones, en el entorno cultural y natural”, afirma Xavier Contreras-Peñaherreras.

En este sentido, en 2019 las autoridades de la provincia de Imbabura crearon circuitos culturales para posicionar al turismo comunitario e incentivar a los visitantes que llegan a Otavalo a recorrer los pueblos aledaños y vivir una experiencia cercana con las costumbres de las comunidades originarias que habitan la región.

Desde la FEPTCE resaltan que las mayores dificultades para las comunidades indígenas y los emprendimientos familiares son la falta de infraestructura (vías, comunicación, sanidad, energía), escaso acceso a formación técnica y profesional, nulas posibilidades de obtener líneas de crédito para construir una planta turística y necesidad de generar canales de promoción y venta adaptados a sus entornos que se inserten en sus objetivos.

La cultura desde adentro

Para aquellos viajeros que buscan algo más que comprar artesanías y recuerdos en la Plaza de Ponchos y postear en sus redes sociales la foto “pintoresca” del Mercado de Otavalo, está la posibilidad de vivir otras experiencias a pocos kilómetros.

Una de ellas es visitar la cascada de Peguche. Con entrada gratuita, es una vistosa caída de agua de 18 metros, situada en un pequeño parque a unos tres kilómetros al norte de Otavalo. Es considerado un sitio sagrado para los indígenas, y cada febrero se celebra allí el Pawkar Raymi o Fiesta del Florecimiento.

Silvana Tamayo es guía de turismo en la provincia de Imbabura y dice que “son los turistas extranjeros los que piden conocer más de la cultura nativa y ver cómo se realizan instrumentos musicales como rondadores, quenas, ampones, ocarinas, palos de lluvia, maracas y gaitas tradicionales que se utilizan para celebrar el Pawkar Raymi”.

Otro modo de conocer el pasado de las comunidades otavaleñas es visitar el Museo del Pueblo Kichwa (también conocido como Museo Viviente). Fue fundado por una de las comunidades indígenas de Otavalo, está abierto de viernes a domingo y se encuentra a 15 minutos de la Plaza de Ponchos, aunque la manera más fácil de llegar es preguntando por “la antigua fábrica San Pedro”. La fábrica fue escenario de décadas de maltratos y abusos contra los pueblos originarios. Tras el reclamo de las comunidades, hoy se ha convertido en un museo vivo y un espacio en el que los visitantes pueden aprender sobre la cultura indígena mientras ven a los artesanos tejer un poncho o trabajar el cuero. Para los que buscan algo más cercano a la aventura, la montaña Imbabura –a ocho kilómetros de Otavalo– es un excelente mirador del cordón de la sierra Norte. Con 4620 metros, es un volcán apagado y una de las montañas más altas del norte de Ecuador. Los pueblos indígenas llaman “Taita” (padre) a esta montaña a la que consideran un símbolo de dureza y virilidad.

Escalar el Imbabura puede demandar unas ocho horas, y lo ideal es hacerlo acompañado de un guía de las comunidades que conocen a la perfección el volcán y son los autorizados por el Ministerio de Turismo para realizar los ascensos.

Al pie del volcán se encuentra el lago San Pablo, uno de los más visitados y grandes de Ecuador. “Imbakucha” y “Chicapán” lo llaman los indígenas que salen a pescar con el amanecer en canoas de paja, mientras que, por las tardes, las mujeres lavan la ropa en sus aguas. Los visitantes tienen la opción de alquilar kayaks o hacer excursiones en barco.

También hay un lugar para los que van en busca de una experiencia espiritual. El poblado indígena de Ilumán es famoso por sus chamanes o yachaks, personas de avanzada edad consideradas sabias que con distintas clases de plantas medicinales y rituales ancestrales “limpian y purifican las almas”. Llegaron a ser más de 100 los yachaks, pero hoy solo quedan 25.

Aprender a tejer en telares, tallar madera o fabricar instrumentos autóctonos es otra alternativa para los que buscan involucrarse con los lugareños. El taller de instrumentos andinos Wayra Ñan ofrece clases de un día para aprender a hacer varios tipos de flautas y de 14 días para fabricar una guitarra o un charango.

“El futuro para nosotros está siempre en el pasado, y el encuentro del futuro con el pasado hace el presente; es decir, sin conocer de dónde venimos, imposible proyectarnos al futuro y, peor aún, vivir el presente, el aquí y el ahora. Son procesos de construcción, acciones que nos permiten descolonizarnos y aprender de nuestro entorno. El trabajo diario es nuestra motivación, por eso buscamos trabajar la resistencia a perder lo que somos, pero
siempre abiertos y curiosos a lo que vendrá”, dice Xavier Contreras-Peñaherreras, de FEPTCE.

Información útil

Cómo llegar

Desde Buenos Aires hay vuelos directos hasta Quito. De allí a Otavalo, el viaje es de aproximadamente dos horas rumbo al norte por la Carretera Panamericana con colectivos que salen cada 20 minutos de la Terminal Carcelen y desembarcan en una pequeña terminal de Otavalo a lo largo de la calle Atahualpa y Jacinto Collahuazo. El viaje en autobús cuesta tres dólares.

Cuándo visitarlo

Siempre teniendo en cuenta que el sábado es el día más concurrido porque se juntan las personas que van a la Plaza de Ponchos con las que asisten al Mercado de Otavalo, septiembre es el mes en el que se viven las celebraciones más importantes para las comunidades indígenas que habitan la provincia de Imbabura. La primera semana del mes es la fiesta del Yamor en Otavalo y, a partir de ahí, se desarrollan una serie de festividades, como De la Jora en Cotacachi (14 de septiembre), de la Virgen en San Antonio de Ibarra (15), la fiesta en honor a San Miguel en Urcuquí (27 y 28) hasta culminar con las fiestas de la fundación española de Ibarra (28).

MÁS INFO

www.otavalo.travel
www.otavalo.gob.ec
www.imbaburaturismo.gob.ec