A los 33 años, Vanesa González ya tiene un largo camino recorrido en el escenario. Una vida dedicada a poner el cuerpo y expresarse contando historias.

Todos los fines de semana, Vanesa González se sube al escenario para encarnar a una joven que fue violada en manada, una historia real. Es una manera de poner en contacto su arte, la vocación que desde chica nació en ella, con la necesaria discusión de temas que históricamente fueron silenciados y escondidos. Es su forma de aportar a desarmar ciertas estructuras para construir realidades diferentes.

¿Qué entendés por “responsabilidad social”?

Me parece que es algo que nace por la empatía y que corresponde a no pensar en uno mismo, sino en el bienestar general y a largo plazo. Nuestra vida no termina un paso más adelante nuestro, sino que todo lo que hacemos va a resonar en cualquier otra parte del mundo. Ni siquiera estoy hablando de nuestra familia ni de nuestros amigues, ni de nada que esté cercano a nosotres, sino como una responsabilidad de existencia. No me quiero poner romántica ni excesivamente espiritual, pero creo que va por ahí la cosa.

¿Creés que está extendido? ¿Es algo que está sucediendo?

Creo que poco a poco se va generando esa responsabilidad. La estamos construyendo. Las nuevas generaciones tienen una importante participación en esa construcción, y las nuevas crianzas también tienen una importante participación en que exista esta forma de empezar a vivir y a construir. Me parece que hay cosas que ya a les niñes les resultan inescuchables. Tiene que ver con las nuevas formas de crianza y lo que vamos incorporando, diría, hasta en la alimentación. Creo que es un trabajo y que, cuando se instalan esas cosas, lo más difícil es sostener. Pongo un ejemplo: se luchó un montón para que se logre la ley del aborto. Lo más difícil, ahora, es que se cumpla. Esta conciencia se está generando, se está estableciendo, pero es necesario que estemos muy presentes, alertas y concentrades en que esto se convierta en una acción y que tome a todas las generaciones. También hay una conciencia de tratar de no ser soberbio con lo que uno piensa, saber que cada uno tiene su tiempo y que todes estamos generando esa conciencia, que todes tenemos que estar atentos a eso. No porque lo pensemos, lo sintamos y creamos que es lo mejor para un futuro lo estamos generando minuto a minuto. Es una cuestión de estar atento.

¿Creés que tu rol y la visibilidad que implica tu trabajo te agregan responsabilidad?

No sé si me agrega. Creo que soy consciente de que en algunos momentos estoy un poco más expuesta. Si tengo un espacio como esta conversación, que va a leer otra persona, eso sí me hace sentir una responsabilidad. Por lo menos, de ser coherente con lo que siento, pienso y digo.

¿Sos de participar en campañas?

Me cuesta mucho, porque, por lo general, siento que todo se transforma un poco en la forma o el nombre de la campaña, y las luchas o por lo que se está trabajando quedan un poco detrás de ese nombre o de la marca de la campaña. De hecho, me pasa a veces que se me llama para hablar de un determinado tema porque soy actriz, y me da miedo que quede eso por delante, que quede como que estoy figurando porque hablo del tema. No sé si es un prejuicio, sino una opinión que siento que a veces puede perjudicar algún tipo de exposición.

Sos de apoyar causas más de una forma individual o con tu núcleo cercano, pero no en colectivos…

Sí, con la gente que quiero o que me siento afín en la intimidad. Puedo ir a marchas y luchar por causas, y siempre lo hago con mis amigues, con familia, con gente con la que me sienta cómoda para hacerlo, porque son momentos y lugares que llevan mucha energía y una se moviliza porque realmente tiene ese ideal, cree en eso que piensa y dice. Me siento siempre mejor con gente que quiero.

Jauría, la obra que protagoniza Vanesa, se inscribe dentro del teatro documental y trata sobre “La manada”, un difundido caso de violación grupal ocurrido en España en 2016. “El planteo de Nelson Valente, el director, hace que para nosotros no sea una tortura hablar de esto, que sea muy dinámico y que le encontremos el goce de lo teatral. Lo que no quiere decir que no se te produzca una trenza cosida adentro. Es muy difícil huir de lo que se está diciendo, porque es tremendo. Pero me parece muy inteligente de parte de él que plantee objetivizar lo que decimos, que no vaya a un lugar de tragedia, sino a una forma teatral”, explica.

La opción fácil era que vos estuvieras llorando mucho, muy sufriente, pero estás plantada, contando una tragedia de forma tranquila.

Claro, y de hecho a la protagonista real se la juzga mucho por no haberse quedado en su casa llorando, por haber empezado terapia y por irse a la playa con la madre de una amiga, por sentarse como se sienta. Es muy loco cómo se sigue revictimizando a una víctima como si hubiera un manual de personas abusadas con pasos a seguir: llorás, te deprimís, no posteás una foto, no ponés que sos falopera. Es terrible que pase a un segundo plano la acción de un abuso y que en un primer plano esté la reacción de la víctima. Eso también es parte de lo que plantea Nelson como director: que podamos estar vitales contando algo espantoso. Eso es lo que sucedió y se la juzga también por eso. Por sentarse así, por hablar así. Para mí, sigue siendo algo para observar.

Hace 19 años se presentó ante Lito Cruz y mintió sobre su edad para poder estudiar teatro con él. Desde mucho antes había en ella una fuerte pulsión por actuar que no se saciaba con clases aisladas en pequeñas salas cercanas a su casa. Quería actuar mucho, hablar mucho del tema, aprender más, permanentemente. Esa voracidad por aprender e interpretar resiste el paso del tiempo y las experiencias. En su profesión siempre hay más para hacer, terrenos por explorar, sensaciones por descubrir y, al mismo tiempo, otras que repetir: a veces, cuando todo se alinea, en momentos mágicos, se siente igual que esa niña que se paraba al lado de la tele y copiaba los gestos y movimientos de la película que se estuviera emitiendo: “Es estupendo cuando pasa eso. Es hermoso. Me olvido de que estoy trabajando, es algo muy lúdico, como cuando era chica y no me sentía observada por nadie. Sucede algo que no sé explicar: el cuerpo está en temperatura, tiene que ver con una cosa de endorfinas, no sé, es un momento muy raro. Es algo que hacés todos los días, pero de repente entraste en una”.

¿De dónde viene todo este impulso que te llevó a mentir de chica para poder estudiar teatro?

No sé, en mi familia nadie hace arte, entonces nunca me habían inculcado muchas cosas artísticas. Tuve que ir buscando a medida que fui creciendo. Desde los cuatro, cinco años, cuando me paraba a copiar lo que pasaba en las películas, tenía una necesidad de poner el cuerpo. Me pasaba de ir a ver algo al teatro y me quería parar y hacer eso. Era algo físico. Empecé a decirles a mis padres que quería actuar, pero no me daban mucha bola. Me llevaron a un par de lugares, pero yo me quedaba manija. Quería conocer gente que deseara vivir de esto, porque mis compañeros lo hacían más como hobby y yo estaba caliente con el fenómeno. Pasó el tiempo, mis papás se separaron a mis quince años y ahí hubo como una oportunidad de escucha diferente, porque lo volví a pedir y se dio esto de Lito. Y encontré un lugar donde todos querían hablar de eso, descubrí cosas que me gustaba leer. Me sentía en mi mundo.

¿Y sucedió todo lo que querías que pasara?

Sí, pasó todo eso que quería y que sentía que iba a pasar. De chica siempre supe que iba a vivir de esto, costara lo que costara. A veces puede ser superhostil este trabajo, a veces lo tenés y otras no, a veces te gustan cosas que te dan poca plata, y a veces las que te dan plata por ahí no te dejan muy contenta. Me tocó de ambas. Y también viví épocas de no trabajar y preocuparme mucho, an- gustiarme un montón y sentirme una porquería.

¿Cuál fue el período máximo sin trabajar?

Creo que un año y medio. No llegaba nada y yo estaba acostumbrada a un proceso en el que parecía que las cosas tenían que llegar, no buscarlas o promoverlas. Tuve que aprender que eso no es así y que uno debe gestionarse sus propias cosas, que si no hay trabajo hay que ir a buscarlo, generarlo. Eso no tiene por qué generar desconfianza en mí misma, que fue lo que me pasó en ese momento. Empecé a pensar cosas feas de mí, me costó mucho, estuve muy vulnerable todo ese tiempo, pero aprendí un montón. En ese momento, sobre todo, aprendí cómo quería ser y qué cosas me hacían feliz.

La primera obra que hiciste, Así de perras, la escribiste vos a los quince, junto a dos amigas. ¿Seguís escribiendo?

Sí. Hace unos meses, por primera vez, leí en un espacio cultural un texto mío. Nunca me había animado a leer, me daba mucha vergüenza. No es un espacio donde me sienta segura, todavía estoy aprendiendo. Decidí romper el hielo, me invitaron ahí a leer y decidí que fuera algo propio. Podía leer lo que quisiera, busqué, pensé en algo de Samantha Schwebling, que me encanta, pero después me pareció que era un buen momento.

¿Y qué pasó?

Leí, y cuando terminé fui muy feliz de haber roto esa pared que me estaba poniendo yo a mí misma. No importa el resultado. Estaba nerviosa, fui reaparata, pero me hizo superfeliz. En definitiva, ¿qué es tan importante? Si es una basura, es una basura y siempre se puede mejorar. No me lo propongo, pero empiezo a escribir y me sale teatro, es el formato que me aparece. También me juzgaba por eso: “¿Me voy a poner a leer escenas de teatro en un evento en el que hay música? Es un plomo”.

Esos reparos antes no estaban, a los 16 te mandaste a hacer una obra…

Con dos amigas, pero sí, me mandé igual. Pero viste que cuando vas creciendo te ponés más cons- ciente de lo horrible de todo y aparece más crítica, más miedo.

¿El síndrome del impostor?

Sí, me aparece la impostora. Soy muy insoportable conmigo, lo estoy tratando mucho en terapia. Me doy, pero estoy tratando de bajar.

¿Sos tímida?

Bastante. Pero me sale medio fea la timidez. A veces me cruzo con personas que me dicen “Pensé que eras muy mala onda”. Yo no siento que sea mala onda, pero me pongo un tanto distante. Es una cosa física o un modo de expresarme, me sale la timidez desde ese lugar. En vez de mostrar que me vulnera la timidez, muestro cierto nivel de fortaleza, como si estuviera por delante de la timidez. No es tan positivo.

¿En qué momento se produce esa transformación de la persona tímida a la actriz que se sube al escenario, frente al público?

No sé si hay una transformación, pero sí siento que el escenario me protege de esa timidez, porque estoy haciendo algo que no haría yo. Actúo yo, pero no es mi historia ni son mis reacciones. Es como algo construido para contar una historia y no me involucro con esa timidez. No significa que no esté o que no tenga miedo ni inseguridades, pero siento que estoy en otra parte.

Decías que te sale escribir teatro. Al momento de actuar, ¿es el lugar que más te gusta?

Sí, me encanta, es el espacio que más me gusta, que me hace feliz. De hecho, entro a un teatro y, aunque no vaya a actuar, ya estoy contenta. Voy a ver a alguien y estoy sentada, o en el teatro vacío, y me hace feliz. Es un lugar que me da dos sensaciones: me siento contenida, es un espacio parecido a una cueva; y después, siento mucha libertad, mucha menos bajada de línea que cuan- do hago tele o una película, donde hay toda una estructura armada y hay que responder a ciertos re- quisitos para que le guste a todo el mundo. Son cosas que ya fueron planeadas. De repente, el teatro tiene una cosa más de casa del actor, para probar, equivocarse, hacer algo que quizá no es tan para todos. También la energía es distinta físicamente. Terminás una obra y es como si hubieses hecho una clase de gimnasia. La tele y el cine son espacios que me encantan, pude aprender otras cosas distintas, pero sí, el que más me hace feliz es el teatro.

A las funciones de Jauría, en diciembre Vanesa agregará el estreno de Tito Andrónico, una obra de Shakespeare. También trabaja, junto a Sara Gallardo y Analía Fedra, en la versión teatral de la novela Enero, de Gallardo. Como desde los cuatro años, responde a ese llamado a poner el cuerpo, a la necesidad física de actuar.